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Año sacerdotal/12


EL SACERDOTE Y LA ORACIÓN


En los Hechos de los Apóstoles encontramos un pasaje que describe cómo los Apóstoles, frente a las necesidades materiales cada vez más urgentes de la comunidad, toman medidas concretas, para dedicarse principalmente a la oración y al ministerio de la Palabra: "No es correcto que nosotros descuidemos la Palabra de Dios por hacernos cargo de este servicio. Por lo tanto, hermanos, elijan entre ustedes a siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu y de sabiduría; les confiaremos esta tarea mientras que nosotros nos dedicaremos de lleno a la oración y al ministerio de la Palabra" (He 6, 2-4).

En este pasaje se hallan muy claramente afirmadas dos actividades prioritarias del servicio sacerdotal: la oración y el anuncio. A la oración se le asigna el primer lugar, aunque nunca está desconectada del anuncio de la Palabra. Anuncio y oración, en efecto, se llaman y se sostienen recíprocamente.

Frecuentemente, sin embargo, la oración no constituye la prioridad en nuestra vida sacerdotal. Los compromisos y los servicios pastorales constituyen frecuentemente un obstáculo para la oración. No se experimenta la oración, como la fuente de la propia vida y del propio compromiso apostólico. Decía Benedicto XVI a este propósito: "El simple activismo puede ser incluso heroico. Pero la actividad exterior, en resumidas cuentas, queda sin fruto y pierde eficacia si no brota de una profunda e íntima comunión con Cristo. El tiempo que dedicamos a esto es realmente un tiempo de actividad pastoral, de actividad auténticamente pastoral. El sacerdote debe ser sobre todo un hombre de oración"[1].

El entonces cardenal Ratzinger escribía que nuestro mundo ya no tiene la capacidad de arrodillarse, porque "no conoce ya a aquél ante el que arrodillarse es el gesto adecuado, es más, interiormente necesario. Quien aprende a creer, aprende también a arrodillarse. Una fe o una liturgia que no conociese el acto de arrodillarse estaría enferma en un punto central"[2].

Estas son palabras que nos invitan a un profundo examen de conciencia, porque si el sacerdote no reza traiciona a Dios, a la Iglesia, a su pueblo y su vocación. Si el sacerdote no se transforma en maestro de oración y no se arrodilla rezando por su pueblo, ¿cómo podrá predicar la Palabra de Dios? ¿Cómo podrá enseñar a los fieles la oración auténtica? En la carta de convocación del Año Sacerdotal, el Papa subraya que el Cura de Ars enseñaba a sus feligreses "sobre todo con el testimonio de su vida. De su ejemplo aprendían los fieles a orar, acudiendo con gusto al sagrario para hacer una visita a Jesús Eucaristía"[3]. Esta dimensión de la oración es una urgencia para nuestro servicio al Evangelio.

La oración es relación

Muchos sacerdotes rezan poco y algunos rezan mal: muy a menudo, no se conoce y no se vive el estatuto de la oración cristiana[4].

La oración es ante todo respuesta del hombre a la decisión, gratuita y prioritaria, de Dios de entrar en relación con el hombre. Es Dios el que, según las Escrituras, busca, interroga, llama al hombre, el cual es llevado de la escucha a la fe, y en la fe reacciona a través de la oración.

Si la oración, por un lado, es respuesta a Dios que nos ha hablado primero, por otro lado, es también, de parte del hombre, invocación y búsqueda de Dios que se esconde. La dialéctica amorosa presente en el Cantar de los Cantares, el juego de deseo y búsqueda entre amante y amada se puede aplicar también a la oración. El diálogo amoroso presente en el Cántico, en el fondo, es la realidad a la que la Escritura quiere conducir al hombre en su relación con Dios. "Es, tal vez, esta dimensión relacional lo que mejor expresa el proprium de la oración cristiana; oración que desemboca y vive en el interior de la relación de alianza establecida por Dios con el hombre"[5].

La oración es escucha

La escucha constituye la conditio sine qua non de la oración. Esto vale de manera del todo particular para el sacerdote, porque lo que él anuncia y testimonia depende de lo que escucha. Por esto, el sacerdote, en cuanto llamado a presidir a la comunidad del Señor, tiene que pedir a Dios el don de "un corazón dócil" (1Re 3, 9), capaz de escuchar. Como centinela del pueblo de Dios, tiene que tender siempre a la escucha de la Palabra que sale de la boca de Dios, para luego transmitirla a su comunidad. La escucha es, entonces, el primer ejercicio de la oración. Si se ruega solo para hablar con Dios, la oración acaba en una frustración y se termina por inculpar a Dios por su silencio. Mientras que, más bien, deberíamos reconocer que nosotros somos sordos e incapaces de escuchar Su voz.

La escucha es fundamental, además, para el discernimiento. En hebreo, el término oración (tefillà), significa, literalmente, "juicio". La oración tiende a atar nuestro pensamiento a la voluntad de Dios: es la posibilidad de ver la realidad con los ojos de Dios. Nos ayuda a ver claramente nuestra vida, nuestra relación con los demás. El sacerdote, que es llamado a presidir, en la Iglesia de Dios, a construir y a guiar a la misma por medio de su servicio apostólico, tiene necesidad del don del discernimiento, como de un carisma inherente a su mismo oficio. Esta capacidad de discernir tiene que ser pedida a Dios. En síntesis, la escucha nos introduce al criterio de juicio del Señor, a ver la realidad con sus mismos ojos[6]. La comunión de pensamiento que emana del frecuentar la Palabra no es solo algo intelectual, sino que es comunión de los sentimientos y del querer y, por consecuencia, también del obrar. Esto significa que tenemos que conocer a Jesús de modo cada vez más personal, escuchándolo, viviendo junto con Él, estando con Él.

La práctica de la lectio divina es el canal privilegiado de la escucha de la Palabra. Leyendo la Sagrada Escritura de un modo no académico, sino espiritual, "aprendemos a encontrarnos con el Jesús presente que nos habla. Debemos razonar y reflexionar, delante de él y con él, en sus palabras y en su manera de actuar. La lectura de la sagrada Escritura es oración, debe ser oración, debe brotar de la oración y llevar a la oración. Los evangelistas nos dicen que el Señor en muchas ocasiones -durante noches enteras- se retiraba ‘al monte' para orar a solas. También nosotros necesitamos retirarnos a ese ‘monte', el monte interior que debemos escalar, el monte de la oración. Solo así se desarrolla la amistad. Solo así podemos desempeñar nuestro servicio sacerdotal; solo así podemos llevar a Cristo y su Evangelio a los hombres"[7].

Como sacerdotes somos llamados a anunciar la Palabra, no a limitarnos a repetir lo que hemos estudiado. Nuestro anuncio será eficaz, si hemos hecho un trabajo personal de escucha, meditación y contemplación de la Palabra misma. Solo entonces la Palabra de Dios, como genitivo subjetivo (Dios que habla) y no como genitivo objetivo (palabra alrededor de Dios), estará presente en nuestra predicación.

Maurizio Fomini



[1] Benedicto XVI, Homilía en la Santa Misa Crismal (13 de abril de 2006), en www.vatican.va
[2] J. Ratzinger, El espíritu de la liturgia. Una introducción, Ediciones Cristiandad, Madrid 2002, 219.
[3] Benedicto XVI, Carta para la convocación del Año Sacerdotal (16 de junio de 2009), en www.vatican.va
[4] Cf. E. Bianchi, Aan de priesters, Halewijn/CCV, Antwerpen 2010, 31.
[5] Cf. E. Bianchi, Le parole della spiritualità. Per un lessico della vita interiore, Rizzoli, Milano 2003, 106.
[6] Cf. E. Bianchi, Aan de priesters..., 33-34.
[7] Benedicto XVI, Homilía en la Santa Misa Crismal (13 de abril de 2006), en www.vatican.va



24/06/2010
 
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