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DE UNA PASTORAL DE LA MUERTE,

A UNA PASTORAL DE LA VIDA



Uno de los ritos funerarios más característicos del Paraguay es el novenario: durante nueve días, a partir de la fecha de la muerte, los familiares, los amigos y los vecinos se reúnen, de tarde, generalmente en la casa del difunto, para el rezo del rosario. En una habitación de la casa del difunto,  se prepara un altar: un tipo de escalera cubierta por un paño de encaje blanco, que recuerda el camino ascendente hacia Dios. Sobre sus escalones se colocan algunas velas y encima, una cruz.

Se trata de una costumbre profundamente arraigada y apreciada. El último día del novenario es el más solemne, y él en que la participación es más numerosa.

En la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí, esta celebración final, a menudo, está presidida por Emilio, disponible cada vez que la familia lo invite.

Se trata, en efecto, de una ocasión importante, y tal vez única, de encontrar a grandes grupos de personas, muchas de las cuales concurren a la parroquia solo de vez en cuando, si no muy raramente. Representa, por tanto, una oportunidad de evangelización, en la cual personas extrañas a la vida de la parroquia, pero todavía impregnadas de un profundo sentido religioso, pueden ser interpeladas y ser puestas frente a la Palabra.

A menudo, estas reuniones son momentos de oración intensa. Reunidos en el patio de la casa, los participantes rezan el rosario con devoción sincera, a pesar del zumbar de los vehículos a poca distancia: situación, esta, muy frecuente en Ypacaraí, que está cruzada por la Ruta 2, una de las más importantes arterias del Paraguay. También los niños, siempre numerosos, siguen atentos.

No hay que esperar la muerte para amar

Esta hermosa tradición, que ciertamente no puede desaparecer ni ser disminuida, sin embargo, ha empujado a Emilio, desde hace vario tiempo, a formular una reflexión. Recientemente, en un momento que se puede definir de admirada contemplación delante de una escena típica de un novenario, ha observado que Vicente, el difunto a quien se estaba recordando, ciertamente habría querido vivir un momento tan lindo, con centenares de personas reunidas que mostraban su amor a él, sumergidas en la oración y absortas en la escucha, pero no le fue concedido.

Habría querido ver que sus numerosos hijos y nietos, sus amigos y vecinos se encontraban, como en aquella tarde, en una experiencia de auténtica comunión, algo mucho más profundo que mirar a un partido de fútbol o compartir una comida. La serenidad de los rostros de los presentes y su oración  demostraban que el hombre no vive para el estadio o para la discoteca, y que solo Dios puede crear una auténtica concordia y unidad, en la familia y entre los vecinos.

Vicente habría querido ver a esta escena, pero se lo ha impedido la costumbre común de encontrarse no con ocasión de la vida, sino de la muerte.

Es triste deber esperar que alguien muera, para que las personas que lo aman se reúnan alrededor de él, ya cerrado en un ataúd o depuesto en un sepulcro.

Así como es triste, dramático, que tantas veces se espere el día siguiente, luego siempre pospuesto, para decir a una persona querida que la amamos, que nos acordemos de ella, para pedir perdón, para dar explicaciones, para conocerla mejor o buscar entender su secreto. Esperamos el día siguiente, pero no sabemos si llegará. Nadie es dueño de su mañana, nadie conoce la hora de la propia muerte.

Frecuentemente, quien ha perdido a un familiar en un accidente o, de cualquier modo, por una muerte inesperada revela que lo que más le pesa es que, cuando ha salido de casa por la última vez, ni lo ha saludado: tenía prisa, estaba enfadado, se habían peleado. O le ha dirigido solo palabras insignificantes, mientras tenían todavía tantas cosas que decirse.

No se puede, por tanto, siempre aplazar y esperar el momento de la muerte para vivir las cosas lindas, porque es demasiado tarde. Hay que amar cuando la persona es todavía viva. Solo desde el cielo, con los ojos del espíritu, pero no con los ojos de la carne, Vicente ha podido ver a una escena tan hermosa, milagro de unidad y amistad producido por su muerte.

Dios de la vida, no de la muerte

La provocación que Emilio ha lanzado a los presentes es que no se puede esperar que alguien muera, para volver a encontrarse e impregnarse de aquella estupenda atmósfera de amor. No se puede siempre atender el momento último, para descubrir y cultivar una belleza y un gozo, que no son aquellos epidérmicos de poco diminutos de duración, que nos dejan más desesperados que antes.

Nuestro Dios, en efecto, es el Dios de la vida, y no de la muerte. La vida es el centro de todo su proyecto, y también de las aspiraciones más profundas de cada hombre.

Lo que ha resonado, pues, es una fuerte invitación a cambiar profundamente las mentalidades. La fe no puede permanecer asociada solo con la muerte, excluyéndola de cada otro momento de la vida. No puede ser reducida a adorno de los ritos funerarios, como cuando se entra en la iglesia solo cerrados en un ataúd o para acompañar a los muertos.

La Iglesia, de su parte, debe pasar de una pastoral de la muerte a una pastoral de la vida, porque lo que celebra nunca no es la muerte, sino la vida: siempre. También un entierro, un novenario o una Misa de aniversario son una celebración de aquella vida que solo Cristo puede dar.

 Por esto, la Iglesia invita a descubrir la belleza de aquellos momentos, en que nos encontramos unidos en fuerza de una profundidad, en fuerza del presentimiento de la presencia de Dios

Momentos en los que, confrontados con la dolorosa separación de una persona amada, pero confortados por la esperanza de su entrada en la gloria de Dios, a quien aquella persona contempla ya cara a cara, nos damos cuenta de que todo se derrumba, y que la única cosa que no pasa y para la cual vale la pena de vivir es el amor.

Aquel amor simbolizado por la cruz, que por tradición se eleva y se hace bendecir al término del novenario, antes de colocarla sobre el sepulcro del difunto: signo de un amor que no tiene miedo a ir hasta el final, a dar la vida, a defender los propios queridos hasta con el derramamiento de la sangre. Signo que recuerda que el amor siempre es donación, esfuerzo, sacrificio.

Pasar de una pastoral de la muerte a una pastoral de la vida significa también, como en esta ocasión, no renunciar a provocar a quienes, todavía vivos, pueden reaccionar frente a la Palabra y cambiar su existencia. La Iglesia, en efecto, no habla a los muertos, a quienes encomienda a la misericordia de Dios, sino a los vivos, sin atender, para interpelarlos, un mañana que pertenece solo a Dios

(A cargo de Michele Chiappo)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)


14/07/2011

 
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