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EL NIÑO DE LA CALLE
Entre los ganadores del 5.° Concurso de Pesebres, organizado por la parroquia de Ypacaraí para fortalecer esta tradición, están "los vecinos de la Capilla San Roque González de Santa Cruz", quienes han creado un verdadero "pesebre de la calle".
Emilio, visitándolo con ocasión del rezo del Rosario junto con todo el barrio, ha podido admirar no solo el trabajo manual y artesanal, sino sobre todo el espíritu verdaderamente cristiano y misionero que ha animado a quienes lo han realizado, según las palabras de Cristino Florentín, quien ha expuesto a todos los presentes la historia y las motivaciones de este pesebre.
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"Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado" (Is 9, 6)
El relato de Cristino Florentín
Un día, un señor trajo a mi suegro la imagen de un niño, diciendo: "Hagan lo que quieran con él".
De a poco, salí la idea de ponerlo en un pesebre en el medio de la calle, para que se vuelva un signo de nuestra fe y de nuestra tradición religiosa entre los vecinos, cada uno de los cuales, viéndolo, pueda aportar algo para él. La noche de Navidad del año pasado salimos todos de nuestras casas para saludarnos alrededor de este pesebre.
Nuestro barrio surgió, veinte años atrás, cuando se juntaron algunas familias que habían migrado de varios rincones del País. Está formado por personas de diferentes religiones y distintas opiniones políticas.
Este año, junto con los vecinos, nos ocurrió otra idea más, para valorar este niño de la calle y transformarlo en un signo de unidad y conocimiento recíproco.
Gracias sobre todo a la ayuda de un joven vecino, Ever León, contactamos a los habitantes del barrio, sin distinciones de religión o de color político, y llegamos a pedir a todos una colaboración para que una artesana nos hiciera, con la esponja vegetal, fruto de nuestra tierra, varios personajes del pesebre. Esto nos parecía un modo para valorar también a nuestro Paraguay. Así descubrimos que teníamos otro producto más que podía servir en la artesanía: la chala del maíz, que hasta este momento solíamos tirar. Por medio del pesebre, hemos aprendido a conservarla para que se pueda usar en la artesanía. Estábamos desperdiciando un bien precioso, que también pertenece a nuestra historia, tanto que ahora pensamos en el proyecto de que algunas personas entre nosotros puedan aprender esta forma de artesanía. Así, ya desde la Navidad del año pasado, pusimos en el pesebre algunas imágenes de trabajadores de nuestra tradición: la señora que vende chipa; la tejedora de sombreros de paja; el agricultor con azada, machete y tereré; la tejedora del ñandutí; la mujer que trae leña; el pescador con el pescado; dos personas que procesan manualmente el maíz y dos mujeres que lo muelen; el alfarero que hace cántaros; la frutera y el carretillero que hoy en día aparece cada vez más para ayudarla, y que, para nosotros, representa el hecho de que la mujer, cuando vende algo por la calle, no debe estar sola, sino acompañada y ayudada por el varón.
Para realizar esto, nos movilizamos todos, aunque cansados después del trabajo, con el objetivo de recuperar nuestra tradición y mostrar los valores que tenemos, como el respeto y la cordialidad hacia los demás. Estoy convencido de que sin tradiciones, sin raíces, sin historia nuestra vida no tiene sentido, porque no sabemos quiénes somos. Además, querríamos hacer conocer la realidad de nuestra fe, de nuestra formación católica y, en esto, nos animaron el ejemplo de la parroquia, con las visitas que se hacen en las casas, y la fortaleza de Emilio, quien, a pesar de su edad, nos guía y ha deseado estar entre nosotros, no porque no tenga nada que hacer, sino por la pasión que lo empuja en su misión. Los niños y los jóvenes tienen necesidad de este ejemplo y de la imagen de este niño de la calle. Quiero subrayar que nosotros no adoramos una imagen, sino que queremos mostrar que hay un Dios sobre todas las cosas y que forma parte de nuestra tradición, porque tenemos, una historia que da sentido a nuestra vida.
Al fin, nuestra comunidad de San Roque González ha sido bendecida por la presencia del niño y de nuestro sacerdote, quien ha visitado a nuestra comunidad. Como padres y madres responsables, tenemos que hablar muy claramente a nuestros hijos y mostrar lo correcto, dando el ejemplo con nuestra conducta.
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Un niño del cual no se sabe de dónde vino
Emilio, tomando la palabra después de Cristino, ha puesto en evidencia el sentido teológico de este pesebre, que nace de un niño abandonado, un niño de la calle, del cual no se sabe de dónde vino. El hombre que había entregado la imagen del niño había dicho: "Hagan lo que quieran con él". Quien lo recibió habría podido echarlo al basurero o construir una historia a su alrededor, como en efecto aconteció, haciendo nacer, por amor a este niño, una aventura que pudiese continuar, llegar más lejos y volverse aún más bella, para poderse transmitir de generación en generación.
Es la historia de un niño que sorprende, la historia del mismo Jesús, un recién nacido del cual no se sabía de dónde había llegado y cómo se había encontrado en el vientre de María. En efecto, no era hijo de José, quien admitía, como también María, no haber tenido relaciones que pudieran ser la causa del nacimiento de aquel niño.
Esta falta de raíces nos recuerda el hecho de que cuando, en la Carta a los Hebreos, se habla del sacerdocio perfecto de Cristo, se dice que es según el orden de Melquisedec, un personaje bíblico de quien "no se mencionan ni su padre ni su madre; aparece sin antepasados. Tampoco se encuentra el principio ni el fin de su vida. Aquí tienen, pues, la figura del Hijo de Dios, el sacerdote que permanece para siempre" (Heb 7, 3).
El valor del trabajo humano
Este niño pobre, sin antepasados ni orígenes, que ha llegado entre la gente de este rincón de Ypacaraí, ha recibido un pasado y un futuro, una historia, al mismo tiempo, profundamente cristiana y auténticamente paraguaya. Junto con él, todos los moradores de un barrio han encontrado de nuevo las raíces de su fe, como hijos de Dios y de su tierra, como hijos de las tradiciones paraguayas. Esto nos recuerda que Jesús es, al mismo tiempo, verdadero Dios y verdadero hombre, fruto del cielo y de la tierra. Cristino, en su linda y clara explicación, ha evidenciado el hecho de que, si se pierde la propia identidad, se pierde la razón de ser hombres. Una de estas raíces recuperada es el valor del trabajo, ya sea porque se han puesto en el pesebre las varias clases de trabajos tradicionales paraguayos, ya sea porque este mismo pesebre es fruto de un largo trabajo. Jesús -ha recordado Emilio- era hijo de un carpintero y él mismo vivió trabajando hasta cuando empezó su predicación pasando de una aldea a otra. El recuperar las raíces del trabajo ayuda a enseñar a todos los niños que la plata no cae del cielo ni se roba, sino que es fruto del trabajo del hombre, del sudor, de la fatiga y del esfuerzo de los padres, quienes están detrás de todo lo que los hijos reciben gratuitamente. Esta es la primera gran enseñanza de la Navidad, que se ha deseado transmitir con este pesebre.
Luego, se ha querido expresar también un fuerte sentido misionero: la misión de llevar a todos, con el apoyo de la parroquia, este mensaje profundamente católico y hondamente arraigado en los valores paraguayos. Este niño, en efecto, muere si todo el pueblo no lo alimenta con el fruto de su trabajo; es como la Eucaristía, que no podemos celebrar si el hombre no da un trocito de pan y una gota de vino, fruto de la tierra y también del trabajo humano. Sin embargo, lo que vale no es la cantidad de dinero que se dona, sino la forma a través de la cual este se junta, es decir, el hecho de que sea fruto de la participación y del amor de todos: el pequeño sacrificio de una pobre mujer, unido al de otra y de otra todavía, vale mucho más que los millones que se podrían juntar de otra forma, porque en el primer caso hay la fe, el amor y la participación de cada persona. El Divino Niño de la calle no muere, exactamente porque recibe de alguien un trocito de pan, de otra persona un huevo, de otra los pañales, etc. Y lo mismo acontece con todos los niños, quienes viven si sus padres los cuidan y mueren si los abandonan. Estos niños son el rostro de Dios entre nosotros, pero, muchas veces permanecen olvidados.
Defender su propia sangre
Además, -ha añadido Emilio- todo el trabajo hecho para este niño del pesebre de la calle, así como cada clase de trabajo, tiene que ser defendido. Un hombre verdadero no debe permitir que se le robe su dinero, engañándolo y defraudándolo, porque es el fruto del sudor y de la sangre de su cruz cotidiana y de la Cruz del mismo Dios. Por lo tanto, de este pesebre sale también la fuerza de defender la dignidad humana y sus propios derechos; la fuerza de pedir cuentas del dinero público, que pertenece al pueblo; la fuerza de no dejarse engañar por nadie, porque este niño da la libertad, este niño de la calle, que ha vivido porque los vecinos le han dado vida, representa a Dios hecho hombre; y Dios es la verdad, la libertad hecha carne. Por eso, Emilio ha concluido su discurso frente al pesebre de la calle con estas palabras: "Por todo lo que hicieron, deben defender su libertad y ser siempre hombres de la verdad, porque la verdad nos hace libres: no tengan miedo a nadie. Podemos ser pobres y también explotados, pero, no debemos vender a nadie nuestra dignidad de hombres e hijos de Dios. En las palabras de Cristino se escuchaba la palabra de Dios, porque esta se hace carne, se hace hombre, es, al mismo tiempo, palabra del cielo y palabra de la tierra: ustedes han dado todo su amor y entrega para que se pudiera realizar esta verdadera obra de fe y de arte paraguaya".
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Algunos días después de este acontecimiento, hemos encontrado a Cristino, quien nos ha expresado lo siguiente:
"Hemos vivido algo muy lindo. Si hemos logrado reunir a todo el barrio, a pesar de las diferencias de religión y de opinión política, ahora podemos ir adelante, pero, con una misión muy clara. El año próximo no se trata de hacer un pesebre con estatuas más grandes, juntando solamente plata entre los vecinos para lucirnos y ganar otro premio. Sería fácil, para mí, hacer una rifa o una colecta; la gente me daría un aporte económico y todo terminaría allí. No, lo que queremos no es esto, sino dar un sentido común, recuperar valores. Nuestra formación católica nos empuja a servir a los demás, y a ofrecer a nuestros hijos una educación cristiana. Soy una persona sencilla, que para vivir ha debido salir de la campaña, donde no hay escuela ni formación. Conozco lo duro que es la vida campesina y no quiero olvidarme de esta condición, pero, veo que aquí en la ciudad se pierden los valores humanos; cada uno vive por su cuenta; se da demasiada importancia a las cosas materiales; es muy fácil conseguir dinero; los jóvenes queman su vida a muy temprana edad, sin afectos duraderos y sin responsabilidad. Aquí en la ciudad intento tener otra postura y preocuparme también de los demás. Entonces, ahora nuestro objetivo es hacer de manera que la comunidad permanezca más unida no solamente juntando plata, sino compartiendo valores.
Me ha llamado la atención la presencia de Emilio aquí, porque nosotros, muchas veces, al contrario de él, no queremos dar nuestro tiempo ni comprometernos. Él no está cansado, y a nosotros que somos más jóvenes ¿qué nos cuesta salir y reunirnos? Él no tiene un sueldo, nadie lo paga, sin embargo, trabaja mucho. En el encuentro he comprendido muchas cosas que no sabía. Aunque me digan que soy un perrito mirando una estrella, y a veces me calle, sé que es bueno decir las cosas para que se pueda cambiar. Ahora quiero trabajar para que los jóvenes se preparen y tomen en su mano el futuro, para que se pueda abrir más veces la Capilla, a fin de que hagamos un trabajo comunitario con la colaboración de muchos y sin divisiones, porque la Iglesia debe superar las contraposiciones y ser la Iglesia de todos".
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(A cargo de Mariangela Mammi)
| Mariangela Mammi pertenece a la Comunidad Redemptor hominis y ha conseguido la licenciatura en Misionología (suma cum laude) en la Pontificia Universidad Gregoriana, con una tesis que lleva por título: La autofinanciación gradual de las Iglesias en África. Fundamentos teológico-pastorales y experiencias concretas para una autofinanciación en la comunión eclesial. Ha publicado varios artículos de misionología y espiritualidad, y el libro Luces de esperanza. Testigos de la aventura de la fe, Editora Misionera Italiana, Bolonia 2011. Actualmente trabaja en el Paraguay, en la parroquia de Ypacaraí (Diócesis de San Lorenzo) y en el Centro de Estudios Redemptor hominis. |
19/01/2012
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