HOMILÍA CON OCASIÓN DEL 124 ANIVERSARIO
DE FUNDACIÓN DE LA CIUDAD DE YPACARAÍ
13 de septiembre de 2011
El día del aniversario de la fundación de nuestra ciudad de Ypacaraí nos brinda, una vez más, la ocasión de reflexionar, a la luz de la palabra de Dios y de su recta interpretación hecha por el Magisterio de la Iglesia, sobre la relación que existe entre la liturgia eucarística que celebramos y la vida de la ciudad terrena donde vivimos.
"En la liturgia terrena pregustamos y participamos en la liturgia celeste que se celebra en la ciudad santa, Jerusalén, hacia la que nos dirigimos como peregrinos, ... aguardando al Salvador, nuestro Señor Jesucristo, hasta que se manifieste Él, nuestra Vida, y nosotros nos manifestemos con Él en la gloria" (cf. Sacrosanctum Concilium, 8).
La dimensión terrena y celeste nos recuerda que "la Iglesia continúa su peregrinación en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios, anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva" (Lumen gentium, 8).
La dimensión terrena y celeste de la liturgia, junto con la dimensión exodial, peregrinante y diaspórica de la Iglesia, nos recuerda que nosotros, los cristianos, no tenemos aquí la ciudad permanente ya que andamos en busca de la futura (cf. Heb 13, 14). Aspiramos a una patria mejor, es decir, a la del cielo (cf. Heb 11, 16).
Y es la contemplación de la Ciudad Santa -la nueva Jerusalén, que baja del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia que se adorna para recibir a su esposo (cf. Ap 21, 2)- la que nos empuja a edificar la ciudad terrena, a imagen de aquella otra ciudad celeste en donde no habrá muerte ni lamento, ni llanto ni pena (cf. Ap 21, 4).
No cabe duda de que la ciudad terrena nunca se identificará con la celeste, aunque estamos llamados ya a construir sobre esta tierra los valores de vida, que todavía no hemos realizado y nunca realizaremos de forma plena y definitiva.
La edificación de la ciudad terrena (en griego pólis) pertenece a la política.
Varias veces lo hemos repetido y escrito. Deseo repetirlo, una vez más, citando las palabras del Santo Padre Benedicto XVI, pronunciadas el 13 de mayo de 2007, en el discurso inaugural con ocasión de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, en Aparecida.
Afirma el Santo Padre: "Este trabajo político no es competencia inmediata de la Iglesia. El respeto de una sana laicidad -incluso con la pluralidad de las posiciones políticas- es esencial en la tradición cristiana. Si la Iglesia comenzara a transformarse directamente en sujeto político, no haría más por los pobres y por la justicia, sino que haría menos, porque perdería su independencia y su autoridad moral, identificándose con una única vía política y con posiciones parciales opinables. La Iglesia es abogada de la justicia y de los pobres precisamente al no identificarse con los políticos ni con los intereses de partido. Solo siendo independiente puede enseñar los grandes criterios y los valores inderogables, orientar las conciencias y ofrecer una opción de vida que va más allá del ámbito político. Formar las conciencias, ser abogada de la justicia y de la verdad, educar en las virtudes individuales y políticas, es la vocación fundamental de la Iglesia en este sector. Y los laicos católicos deben ser conscientes de su responsabilidad en la vida pública; deben estar presentes en la formación de los consensos necesarios y en la oposición contra las injusticias".
La vocación fundamental de la Iglesia, pues, es la de formar las conciencias, ser abogada de la justicia y de la verdad, educar en las virtudes individuales y políticas.
En su encíclica Caritas in veritate, Benedicto XVI afirma: "Amar a alguien es querer su bien y trabajar eficazmente por él. Junto al bien individual, hay un bien relacionado con el vivir social de las personas: el bien común. Es el bien de ese todos nosotros, formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social. No es un bien que se busca por sí mismo, sino para las personas que forman parte de la comunidad social, y que solo en ella pueden conseguir su bien realmente y de modo más eficaz. Desear el bien común y esforzarse por él es exigencia de justicia y caridad. Trabajar por el bien común es cuidar, por un lado, y utilizar, por otro, ese conjunto de instituciones que estructuran jurídica, civil, política y culturalmente la vida social, que se configura así como pólis, como ciudad. Se ama al prójimo tanto más eficazmente, cuanto más se trabaja por un bien común que responda también a sus necesidades reales. Todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la pólis. Esta es la vía institucional -también política, podríamos decir- de la caridad, no menos cualificada e incisiva de lo que pueda ser la caridad que encuentra directamente al prójimo fuera de las mediaciones institucionales de la pólis" (n.º 7).
Para que las instituciones de la ciudad (de la pólis) funcionen en nombre, por cuenta y a favor del bien común de todos los ciudadanos, sin distinción de ningún tipo, la democracia debe ser participativa.
Esto lo afirma, con extrema claridad, el Compendio de la doctrina social de la Iglesia allá donde está escrito: "La participación en la vida comunitaria no es solamente una de las mayores aspiraciones del ciudadano, llamado a ejercitar libre y responsablemente el propio papel cívico con y para los demás, sino también uno de los pilares de todos los ordenamientos democráticos, además de una de las mejores garantías de permanencia de la democracia. El gobierno democrático, en efecto, se define a partir de la atribución, por parte del pueblo, de poderes y funciones, que deben ejercitarse en su nombre, por su cuenta y a su favor; es evidente, pues, que toda democracia debe ser participativa. Lo cual comporta que los diversos sujetos de la comunidad civil, en cualquiera de sus niveles, sean informados, escuchados e implicados en el ejercicio de las funciones que esta desarrolla" (n.º 190).
Una auténtica democracia participativa requiere que todos los ciudadanos tomen parte activa en la vida pública.
A propósito de esto, es fuertemente contundente lo que enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: "Corresponde a los que ejercen la autoridad reafirmar los valores que engendran confianza en los miembros del grupo y los estimulan a ponerse al servicio de sus semejantes. La participación comienza por la educación y la cultura. Podemos pensar, con razón, que la suerte futura de la humanidad está en manos de aquellos que sean capaces de transmitir a las generaciones venideras razones para vivir y para esperar" (n.º 1917).
La participación -repito la enseñanza de la Iglesia, que se quiera o no se quiera- exige educación y cultura.
Quien estudia ciencias de la política conoce muy bien el antiguo lema: "Panem et circenses".
"Panem et circenses", que traducido quiere decir: "Pan y juegos del circo", es una locución latina peyorativa de uso actual que describe la práctica de un gobierno que, para mantener tranquila a la población u ocultar hechos controvertidos, ofrece a las masas alimento y entretenimiento de baja calidad y con criterios asistencialistas.
La frase fue creada en el siglo I por el poeta romano Juvenal, y se encuentra en su Sátiras (X, 81). En su origen, describía la costumbre de los emperadores romanos de regalar trigo y entradas para los juegos circenses, como forma para mantener al pueblo distraído de la política.
Equivaldría, en la actualidad, a "pan y fútbol", "pan y diversión", etc.
En su contexto, la frase en latín "panem et circenses" es dada como la última atención del pueblo romano, quien había olvidado su derecho por nacimiento a involucrarse en la política. Juvenal muestra su desprecio por la decadencia de sus contemporáneos romanos. Los políticos romanos visualizaron un plan para ganar los votos de los pobres; al regalar comida barata y entretenimiento, los políticos decidieron que esta política de "pan y juegos del circo" sería la forma más efectiva de subir al poder.
Sería interesante una reflexión profunda y desinteresada, libre de cálculos de búsqueda del poder, sobre cuántas horas de escuela seria, de educación y cultura, pierden nuestros jóvenes a causa de ensayos de desfiles y campeonatos de fútbol. ¡Y cuánto dinero tienen que gastar las familias por estos juegos y desfiles!
Ypacaraí merece ser una ciudad bella, limpia, ordenada, llena de verdadera vida. Todos debemos hacer el esfuerzo generoso para construir, a imagen de la ciudad celeste, la ciudad de los hombres, nuestra querida Ypacaraí, la ciudad del lago azul y no del lago negro y contaminado: la ciudad donde, especialmente en el cruce de Pedrozo, el tráfico carretero esté reglamentado y la velocidad reducida; desaparezca la basura de las calles y las veredas no queden reducidas a vertederos públicos; se controle la contaminación acústica y medioambiental; de modo particular se discuta y resuelva el problema del desagüe cloacal; se realice el proyecto de una serie de mejoras del casco urbano de Ypacaraí, para empezar a cambiar un poco el aspecto de nuestra ciudad, hacerla más ordenada, y para dar también un sentido de reglamentación tanto al comercio como al tránsito; se respeten las leyes existentes sobre la presencia de ganado libre y sin control; se regulen las condiciones en que se debe mantener los animales domésticos en los predios particulares en zonas urbanas; se creen fuentes de trabajo y Centros de salud funcionales, sobre todo para los más necesitados, y Centros sociales, abiertos día y noche, para las exigencias más urgentes de los menos favorecidos.
Todo esto exige una visión y una cultura política a largo plazo.
Sin embargo, la realización de este discurso, es decir, el discurso del gobierno de la pólis (la ciudad), no compete a la Iglesia. Es tarea de los laicos, quienes deben hacerlo bajo su responsabilidad y sin comprometer a la Iglesia.
Con profundo respeto hacia las autoridades de la ciudad y gran amor a todos sus ciudadanos, de modo especial a los jóvenes y a los más pobres, pongo en el cáliz del Señor a cada uno de ustedes, y ruego, con el sacrificio de mi vida, para que el Señor les conceda una vida bella y feliz.

P. Emilio Grasso
Cura Párroco de la
Parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí
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