INTERROGARSE SOBRE LA MUERTE
La muerte es el enigma más grande de la vida, frente al cual cualquier respuesta humana, cualquier reflexión filosófica es inadecuada para dar explicaciones. Es lo más extraño que sentimos en nuestra existencia, pero, paradójicamente, también nuestra "propiedad" más personal e irreducible, porque cada vida humana contiene la muerte.
La devastación que la muerte comporta se encuentra diferentemente "ocultada" por las diversas culturas. En África, se organiza el "gran luto" con una desproporcionada exhibición de medios. Las familias pobres se endeudan de manera inverosímil (en detrimento de los vivos), para ofrecer alimentos y alcohólicos a los numerosos invitados, que salen de todas partes. Tantas personas a quienes hay que dar de comer y entretener con músicas ensordecedoras, durante noches y días, en un rito colectivo que querría exorcizar la muerte, ahogándola bajo el peso de la vida natural y biológica, en sus aspectos más materiales y físicos.
Una tradición cultural que, en Camerún, varias veces, ha requerido la intervención de la Conferencia Episcopal Nacional, para volver a llamar a los fieles a organizar entierros menos ostentadores y más conformes a la fe cristiana.
Comprender la muerte para entender la vida
El enigma de la muerte es un acontecimiento que se debe evangelizar, transformándolo en una oportunidad, que, por supuesto, no interpela a los difuntos, sino a quienes los acompañan a la última morada.
La homilía de Emilio, pronunciada con ocasión de la conmemoración fúnebre de un fiel de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús, en Ypacaraí (Paraguay), que traemos en sus líneas esenciales, en este sentido, representa un fuerte llamamiento. Emilio invita a entrar en la profundidad cristiana de la muerte, que, con sus interrogantes, abre un horizonte de sentido acerca de la vida, para hacer salir esta última de la banalidad y la mediocridad en la que frecuentemente está encerrada.
La experiencia de la muerte que hacemos, normalmente, está asociada a la defunción de las personas queridas; con su muerte algo de nosotros muere, y no hay palabras de consuelo frente a esta laceración dolorosa.
Con la muerte acontece algo definitivo. Para nosotros, es el término de la peregrinación terrenal, el fin del tiempo que Dios nos ofrece para realizar nuestra vida en la tierra, según su designio, y para elegir nuestro destino último. Cuando se ha acabado el único curso de nuestra vida en la tierra, ya no volveremos a vivir otras vidas terrenas (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1013).
Si Dios no existiese, no tendríamos ninguna respuesta frente al problema de la muerte, y, por consiguiente, tampoco habría alguna respuesta a los problemas fundamentales de la vida, que, en la mayor parte de los casos, se desarrolla en una existencia hecha de trabajo, frecuentemente duro, fatiga, sufrimiento y precariedad.
El hombre, para comprenderse, debe interrogarse sobre la muerte. Quien tenga un motivo para morir, tendrá también las razones para vivir. Es en el interior de nuestra fe, que puede ser fuerte, débil o también llena de dudas, donde encontramos las respuestas auténticas frente a los interrogantes que la muerte suscita.
En nuestra profesión de fe, afirmamos que creemos en la resurrección y la vida eterna; esta misma fe nos da la convicción de que la vida de las personas queridas que nos han dejado se ha transformado y no disuelto.
Con la muerte, la vida se transforma. Acontece como para el niño que está todavía en el vientre de la madre y no querría salir, porque se halla bien, se encuentra nutrido y protegido; sin embargo, para nacer tiene que salir; de otra manera, muere junto con la madre, la cual, para darlo a luz, sufre los dolores del parto.
Vivimos en la tierra como en una placenta materna y no querríamos salir; pero, si no salimos no podremos conocer la verdadera vida. Tenemos que salir del vientre de la madre tierra, con todo el dolor y el sufrimiento que esto comporta, para entrar en la vida eterna.
El momento del encuentro
En el corazón de nuestra fe, está el acontecimiento de la muerte y la resurrección del Señor. Este evento ha cambiado profundamente el "morir" humano. La muerte de Cristo no ha sido un destino sufrido, sino el acto culminante de su vida, vivificada por el amor; como cristianos, tenemos la responsabilidad y una misión particular de conservar viva la memoria de la muerte entre los hombres, por supuesto no para despreciar la vida, sino precisamente para darle su verdadero y pleno valor.
Con la resurrección de Cristo, la muerte ha sido liberada de su oscuridad y de la maldición del pecado, transformándose en el cumplimiento de la vida en Dios. Por esto, la Iglesia nunca celebra la muerte, sino la vida; en la conmemoración de los difuntos, su liturgia habla del encuentro con el Señor, y remite a la vida eterna. Esta liturgia no se dirige a las personas difuntas que ya han cumplido su viaje terrenal, sino a nosotros que las acompañamos y, frecuentemente, nos olvidamos de que la verdadera patria es la celeste. Caminamos sobre la tierra, pero, tenemos que mirar al cielo, donde nos espera la plenitud de la vida, en la presencia de Dios.
En las palabras evangélicas, a menudo evocadas por la liturgia en las celebraciones de los entierros, Jesús exhorta a sus discípulos a estar despiertos, porque no saben en qué día "vendrá su Señor" (cf. Mt 24, 42).
El Evangelio nos advierte que seamos prudentes, porque solo Dios conoce el momento en que el viaje terreno termina; además, nos dice que debemos permanecer siempre listos, porque no sabemos cuándo vendrá no la muerte, sino el Señor. El momento de la muerte coincide con el fin de la existencia terrenal y, al mismo tiempo, con el encuentro definitivo con el Señor.
En efecto, ver a Dios cara a cara es posible solamente si termina nuestra vida sobre la tierra. La muerte no es solo un fin, sino también un cumplimiento que hace posible el encuentro con el Señor.
Esta convicción hace vencer el miedo a la muerte, y la fe cristiana es también una lucha contra este miedo; una lucha y no una remoción o una ocultación de su realidad.
Esto no significa que frente a la muerte no estén el llanto, el luto y el dolor, pero, en este momento de tristeza, no perdemos la esperanza, porque la persona difunta es introducida a la vida exactamente a través de la muerte. En el mismo acontecimiento de dolor, paradójicamente, está presente el gozo, porque los a quienes hemos amado sobre la tierra, finalmente, se han encontrado con el Padre de justicia y de misericordia.
Un mensaje de conversión
De esta manera, la muerte de las personas queridas se transforma, para nosotros, en un mensaje de conversión, de cambio de nuestra vida. Este mensaje nos invita a prepararnos, en la libertad y profundidad de nuestra conciencia; todos quedamos advertidos para podernos preparar bien, porque el momento llegará para cada uno.
El sentido de la vida está en esta preparación al encuentro con el Señor, al día de la fiesta en el cielo, donde nos reuniremos con los a quienes hemos amado.
Para entrar en la patria celeste, tenemos que amar la tierra, comprometiéndonos para la construcción de la justicia y para la verdad, conscientes de que la victoria de Cristo sobre la muerte es nuestra esperanza, y que el mal y la muerte, en todas sus formas, no tienen la última palabra.
Nuestra fe no habla de inmortalidad de la vida terrena, sino de resurrección. Esta fe no "salta" la muerte, no la anula, no la oculta ni la exorciza, sino que la atraviesa en toda su dramatismo, sabiendo que ha sido asumida por el Señor y transformada por el Dios de la vida.
(a cargo de Silvia Recchi)
(Traducido del italiano por Luigi Moretti)
09/09/2011
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