Jóvenes: ¿qué camino hacia la liberación?
Escribía, años atrás, el entonces cardenal Joseph Ratzinger que toda la reflexión cristiana sobre Cristo “trata, en definitiva, de la salvación, de la liberación del hombre. Pero ¿qué es lo que libera al hombre? ¿Quién lo libera y con qué fin? O, en términos todavía más simples: ¿en qué consiste esta “libertad del hombre”? ¿Puede el hombre hacerse libre al margen de la verdad, es decir, en la mentira, en la incertidumbre, en el error? Una liberación que no tiene en cuenta la verdad, que es ajena a la verdad, no sería liberación, sino engaño, esclavitud y ruina del hombre. Una libertad que prescinde de la verdad no puede ser verdadera libertad. Lejos de la verdad, en consecuencia, no hay libertad digna de este nombre” (J. Ratzinger, El camino pascual. Ejercicios espirituales dictados en el Vaticano en presencia de S. S. Juan Pablo II, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 2005, 99).
En la liturgia del Viernes Santo, junto con una gran muchedumbre de fieles de Ypacaraí y los jóvenes de la Pascua Joven, se ha meditado exactamente sobre el tema de la verdad. En la pasión según San Juan hay un pasaje que explica cómo Jesús es condenado sin motivo. Al soldado que le da una bofetada, Jesús le pregunta: “Si he respondido mal, demuestra dónde está el mal. Pero, si he hablado correctamente, ¿por qué me golpeas?" (Jn 18, 23). Jesús no reacciona con la violencia, sino que introduce el discurso de la lógica, de la racionalidad, del por qué de las cosas, de las respuestas precisas, de la verdad. Invita a encontrar las motivaciones, los fundamentos reales sobre los cuales, luego, poder hacer las propias elecciones. Es la revelación de la verdad, pero también la destrucción de los mitos basados en tradiciones sin sentido y lugares comunes no sometidos a la verificación de la racionalidad. No se pueden fundar las elecciones de una vida en motivaciones del tipo: "la gente dice", "así hacen todos", "lo que fue siempre será". Cambiar los presupuestos del razonamiento y preguntarse el porqué profundo de las cosas significa derrotar la resignación y construir la vida sobre lo que es racional, justo, verdadero. Esto es muy importante para los jóvenes, que no pueden ser condenados a repetir el pasado, sino que deben aprender a decidir, aplicando los principios de la razón, sin la cual el hombre se reduce a un animal.
Pero ¿cuál es la actitud interior que conduce a la verdad? También Pilato tenía el deseo de conocer la verdad cuando preguntó: “¿Qué es la verdad?" (Jn 18, 38). Sin embargo, Jesús le contestó con un silencio muy elocuente, puesto que ya le había explicado de haber venido a dar testimonio de la verdad, añadiendo que quien ama de veras la verdad escucha su voz. Frente al que no quiere entender, no ama la verdad, no hay nada otro que el silencio. Jesús acababa de revelarle el secreto de su misión, pero Pilato quedó encallado en una lógica de poder. Esta lógica no libera al hombre.
Hace falta reflexionar sobre el hecho de que Jesús, a pesar de proclamarse rey, no haya solucionado los problemas del hambre, de las enfermedades, de las injusticias. También el Papa nos lo ha recordado en su mensaje de deseos de la Pascua recién transcurrida, afirmando que con la resurrección “el Señor no ha quitado el sufrimiento y el mal del mundo, sino que los ha vencido de raíz con la superabundancia de su gracia. A la prepotencia del Mal ha opuesto la omnipotencia de su Amor" y, con palabras dulces pero comprometedoras - el Papa comenta -, nos ha llamado a la única "solución": a servir como él y con él, a amar como él ha amado, a gastar la vida "para ser mensajeros de una alegría que no teme el dolor".
¿Por qué, si Jesús poseía la verdad, no impuso a todos su línea? He aquí que el tema de la verdad se interseca con el de la libertad. Frente a cualquier propuesta, también la mejor, la más verdadera, hay siempre la libertad del hombre que puede rechazarlo todo. Por eso, la liberación, la salvación, no pueden depender de un mesías político, sino solo del Hijo de Dios, que acepta la libertad del hombre y que él prefiera pecar, deja que él elija no ser feliz. En la historia de la humanidad que no encuentra paz, muchos, en nombre del progreso de su nación, frente a las resistencias encontradas, han acabado por establecer regímenes dictatoriales para imponer su visión, por el "bien del pueblo".
A los jóvenes que sueñan con un futuro mejor, también a los más voluntariosos que quieren comprometerse para "cambiar al mundo", ¿qué mensaje lanza, entonces, Jesús? El amor de un hombre, Hijo de Dios, que desafió todas las fuerzas de su tiempo por un mensaje de libertad y verdad, porque sólo la verdad libera. El no tener miedo de abrir el corazón a la verdad, a la racionalidad, a la inteligencia; estudiar, prepararse, encontrarse en la verdad y no en la repetición de esquemas. Pagar de persona el precio de la verdad. Amar la verdad y servirla para ser libres. Jesucristo ha enseñado con la vida la verdad de sus palabras: “Yo soy el camino, la verdad y la vida" (Jn 14, 6) ¿Cuál sueño más grande puede tener un joven si no el de ser como Jesús?
" Para que el hombre sea libre debe ser ‘como Dios’. El empeño de llegar a ser como Dios constituye el núcleo central de todo lo que se ha pensado para liberar al hombre. Puesto que el deseo de libertad pertenece a la esencia misma del hombre, este hombre busca necesariamente, desde el principio, el camino que conduce a ‘ser como Dios’: no se conforma el hombre con menos; nada finito puede satisfacerle (J. Ratzinger, El camino pascual..., 99).
Los jóvenes de Ypacaraí, en este camino de reflexión durante la Pascua Joven, que los ha llevado a descubrir de nuevo la Resurrección, han sido invitados a ampliar los horizontes y a no excluir las propuestas de vida de un seguimiento de Cristo más radical, como la del sacerdocio o de la vida consagrada. Por medio de estos, la cercanía al ideal evangélico se hace más fuerte, como camino de liberación auténtica para sí mismos y los demás.
Mariangela Mammi
22/04/07
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Cada uno de nosotros puede ser tentado por la incredulidad de Tomás. El dolor, el mal, las injusticias, la muerte, especialmente cuando afectan a los inocentes —por ejemplo, los niños víctimas de la guerra y del terrorismo, de las enfermedades y del hambre—, ¿no someten quizás nuestra fe a dura prueba? No obstante, justo en estos casos, la incredulidad de Tomás nos resulta paradójicamente útil y preciosa, porque nos ayuda a purificar toda concepción falsa de Dios y nos lleva a descubrir su rostro auténtico: el rostro de un Dios que, en Cristo, ha cargado con las llagas de la humanidad herida. Tomás ha recibido del Señor y, a su vez, ha transmitido a la Iglesia el don de una fe probada por la pasión y muerte de Jesús, y confirmada por el encuentro con Él resucitado. Una fe que estaba casi muerta y ha renacido gracias al contacto con las llagas de Cristo, con las heridas que el Resucitado no ha escondido, sino que ha mostrado y sigue indicándonos en las penas y los sufrimientos de cada ser humano.
“Sus heridas os han curado” (1 P 2,24), éste es el anuncio que Pedro dirigió a los primeros convertidos. Aquellas llagas, que en un primer momento fueron un obstáculo a la fe para Tomás, porque eran signos del aparente fracaso de Jesús; aquellas mismas llagas se han vuelto, en el encuentro con el Resucitado, pruebas de un amor victorioso. Estas llagas que Cristo ha contraído por nuestro amor nos ayudan a entender quién es Dios y a repetir también: “Señor mío y Dios mío”. Sólo un Dios que nos ama hasta cargar con nuestras heridas y nuestro dolor, sobre todo el dolor inocente, es digno de fe.
(Benedicto XVI, Mensaje Urbi et Orbi, Domingo de Pascua de 2007)
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