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OBEDECER A LA PALABRA Y PONERLA EN PRÁCTICA


La Primera Comunión de Luis


María del Carmen, Ramón, Luis y CarmenEn un artículo precedente, habíamos presentado la simple historia de Ramón, Carmen y su familia, que viven en la parroquia de Ypacaraí, en el Paraguay. De este núcleo familiar, además de María del Carmen, su hija, forma parte también el sobrino Luis, un muchacho con dificultades motoras debidas a una enfermedad contraída cuando niño.

A causa de estas dificultades ─y por la mentalidad, bastante difundida en las familias, por la cual frecuentemente uno se avergüenza de un hijo o de un pariente con problemas físicos o con hándicap, lo considera incapaz y lo esconde relegándolo a casa─ Luis no había podido hacer ni la Primera Comunión.

Después de casarse por la Iglesia, Ramón y Carmen, habiendo escuchado una Palabra anunciada y predicada en parroquia, la han tomado en serio, y han empezado a cambiar concretamente su vida. Habían comprendido que no se podía continuar escuchando aquella Palabra, sin decidirse, en cierto momento, si ponerla en práctica o dejar definitivamente de escucharla, abandonando a la Iglesia.

Es esta, en el fondo, la seriedad y la eficacia de la palabra de Dios, de la que habla el profeta Isaías: "Como baja la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y haberla hecho germinar, para que dé la simiente para sembrar y el pan para comer, así será la palabra que salga de mi boca. No volverá a mí con las manos vacías sino después de haber hecho lo que yo quería, y haber llevado a cabo lo que le encargué" (Is 55, 10-11).

La eficacia de la Palabra

Si verdaderamente escuchamos la palabra de Dios proclamada y predicada, antes o después se nos presentan dos posibilidades: o cambiamos, poniendo en práctica la Palabra, o nos vamos y abandonamos, porque ya no queremos escucharla y actuar de  manera consiguiente. En efecto, no se puede escuchar indiferentemente siempre el mismo discurso, porque dentro de nosotros la conciencia, que, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica "es el primero de todos los vicarios de Cristo", nos habla e interpela. La voz de Dios, si la sabemos escuchar, creando en nosotros mismos y en nuestro entorno las condiciones de escucha, nos interroga.

En nuestra parroquia sucede esto. Quien ha comprendido, después de que ha sido predicado tantas veces, que la Iglesia no es una "estación de servicio", ha cambiado su actitud, se ha puesto al servicio, considerando a la Iglesia ya no como el lugar donde cualquiera hace lo que se le antoje, y adonde uno va solo cuando necesite algo, sino como el propio cuerpo y el cuerpo de Cristo.

Cuando este discurso está expresado con claridad, en el respeto recíproco y en la seriedad del ser hombres, cada uno en su libertad toma la dirección que quiera, pero no puede seguir utilizando a la Iglesia a su gusto.

Esta posición clara y firme que Emilio ha llevado adelante en nuestra parroquia, puede fastidiar, puede ser rechazada por algunos y aceptada por otros, pero no deja indiferentes; no es como el agua, sin sabor, sin color y sin olor, sino un discurso de contenido preciso.

La participación de Luis

En este sentido, Ramón y Carmen han escuchado muchas veces este anuncio, lo han comprendido, acogido y, con su simple y fiel aportación, han empezado a construir a la Iglesia del Señor, el Cuerpo de Cristo.

En este itinerario, Ramón y Carmen han pensado en Luis, transmitiéndole cuanto habían comprendido. También Luis ha empezado a frecuentar la parroquia junto con ellos, y a ayudar en el trabajo comunitario junto con el tío, sin avergonzarse y Luis y María del Carmensuperando el miedo. Luis, en efecto, como cualquier otra persona, podía dar su contribución. También él, en efecto, y tantas personas que, como él, presentan dificultades físicas, tienen el derecho evangélico de vivir su vida, sin ser compadecidos y condolidos con la bondad cruel de quienes quieren que siempre permanezcan en la misma situación, sino, al contrario, exigiendo de ellos todo lo que pueden dar y hacer, sin miedo de ser juzgados antipáticos y severos.

También Luis, así, ha empezado a entender que también él podía hacer algo para su Iglesia. Nos hemos enterado, luego, que no había hecho la Primera Comunión y deseaba recibirla. Era importante, entonces, que Luis comprendiese la diferencia entre un trozo de pan ordinario, y aquel "trozo de pan", que, por gracia de Dios, se convierte en Cuerpo de Cristo, como Cristo mismo ha mandado antes de su muerte.

Luis debía entender esto, para poder recibir la Primera Comunión; tenía que comprender que nos arrodillamos delante del Cuerpo de Cristo y no delante de un trozo de pan. Por tanto, tenía que prepararse. Emilio, come padre que ama verdaderamente a sus hijos y no los trata como incapaces, sino que es exigente con ellos, porque quiere que sean los mejores y sabe que pueden hacerlo, le ha pedido el esfuerzo de la preparación.

 Luis ha cumplido este esfuerzo. Con la ayuda de María del Carmen, su prima, que se estaba preparando, también ella, para recibir la Confirmación, Luis ha podido recibir la catequesis, necesaria para llegar, bien preparado, a su Primera Comunión.

La fe que transforma y salva

Domingo 14 de agosto, Luis ha recibido por primera vez, con conmoción y gozo, el Cuerpo de Cristo. A través de su empeño y su participación, Luis ha puesto sobre el altar aquel poco de pan y aquel sorbo de vino, que permiten realizar la Eucaristía.

Él ha comprendido que la Eucaristía es el Cuerpo de Cristo, pero es también nuestro cuerpo; y lo que se dice de la Eucaristía, se dice también de la Iglesia. Ha entendido que la Eucaristía no es un rito mágico, sino que nos alimentamos de este pan consagrado para llegar a ser como Cristo mismo. Luis ha comprendido también que uno puede recibir la Eucaristía si se ha preparado; que la hostia consagrada no es un caramelo que todos toman, sino que, cada vez, precisa estar en condiciones para recibirla. En efecto, recibir la Eucaristía significa entrar en un proceso de cristificación, para llegar a ser como Jesús. Por esto, su acción salvadora depende también de la participación y de la fe de quien la reciba.

 La gracia de Dios no puede hacer nada sin la participación del hombre. Esta es la fe de la Iglesia, la obediencia a la palabra del Señor que ha dicho: "Tomen y coman: esto es mi Cuerpo".

En la Iglesia, cualquier discurso que se haga, no se puede prescindir de la fe. Los mismos sacramentos no pueden salvar sin la fe del hombre, que es obediencia a la palabra de Dios. Para poder obedecer a ella, sin embargo, debemos escucharla, analizarla, hacerla fructificar. Solo así la Eucaristía, el Bautismo, la Confirmación, todos los signos que el Señor nos ha dejado, actúan eficazmente.

Ramón, Carmen, María del Carmen, Luis son hoy un ejemplo concreto de quien ha sabido escuchar la Palabra, le ha obedecido, ha tenido fe en ella y la ha puesto en práctica. Luis, con su ejemplo, puede decir a tantos muchachos que se encuentran en sus mismas condiciones, y permanecen cerrados en casa por miedo, que, como él ha podido hacerlo, así también ellos pueden experimentar el gozo de vivir.

Emanuela Furlanetto

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)



24/08/2011

 
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