Iniciamos una nueva sección que quiere profundizar varios temas de espiritualidad para explicar
algunos conceptos básicos, para que resulten accesibles a un público más amplio y puedan favorecer la comprensión de la visión cristiana de la vida.
El término "espiritualidad" no se presta a una definición precisa y es usado en una multiplicidad de sentidos. Proviene de la palabra hebrea "ruach" que, a pesar de ser rica en significados, generalmente se traduce como "espíritu".
La palabra "espiritualidad" hace referencia al hombre en cuanto hombre, en cuanto ser consciente y libre, y pone en evidencia su "espíritu" como centro animante y motivador de su actuar.
Para nosotros los cristianos, la espiritualidad tiene que ver con nuestra experiencia de Dios no sólo a nivel de espíritu e interioridad, sino también a nivel de cuerpo llamado a cambiar su actuar según el espíritu que lo dirige.
La vida espiritual es vida en y con el Espíritu Santo. San Ireneo define al hombre espiritual como el que está constituido por el cuerpo, el alma y el Espíritu Santo.
La exhortación apostólica Christifideles laici da de la espiritualidad una definición articulada. Escribe en el n°. 16: "La vida según el Espíritu, cuyo fruto es la santificación (cf. Rm 6, 22; Ga 5, 22), suscita y exige de todos y de cada uno de los bautizados el seguimiento y la imitación de Jesucristo, en la recepción de sus Bienaventuranzas, en el escuchar y meditar la Palabra de Dios, en la participación consciente y activa en la vida litúrgica y sacramental de la Iglesia, en la oración individual, familiar y comunitaria, en el hambre y sed de justicia, en el llevar a la práctica el mandamiento del amor en todas las circunstancias de la vida y en el servicio a los hermanos, especialmente si se trata de los más pequeños, de los pobres y de los que sufren".
Como hombres y como cristianos vivimos entre Dios y la tierra. El hombre es el ser
de las dos pertenencias: a Dios y al mundo. El hombre no vive de sola tierra y no vive de solo cielo, sino que vive de tierra y de cielo. Y por lo tanto tiene que responder no solo a la llamada terrenal, sino también a aquella divina.
Ya desde el principio de la creación, saber vivir en sintonía con Dios y saber dominar la tierra se ha revelado para el hombre, empezando con Adán y Eva, un mandamiento simple de entender, pero difícil de cumplir.
En aquel entonces solo fue un árbol de fruto a tentar al hombre, hoy los árboles de fruto de la avanzada tecnológica son muchos y llevan al hombre a tener exclusivamente una visión horizontal de la vida. Sin embargo la solución de muchos "porqué técnicos" no satisface y no realiza plenamente al hombre que, en su ser más profundo, busca y también quiere respuestas a los muchos "porqué últimos". El hombre moderno tiene todo para satisfacer las necesidades materiales, pero se percata de que le falta a menudo lo esencial: la respuesta al sentido de la existencia y al porqué último de la vida y de la muerte. "No sólo de pan vive el hombre" (Deut 8, 3) es una frase muy querida a Jesús que nos recuerda la necesidad para la criatura humana del pan que desciende del cielo y da vida al espíritu.
Por esto la espiritualidad cristiana es para cada uno de nosotros un regalo y una tarea, es una gracia y un compromiso, una experiencia nunca definitiva, sino siempre abierta al perfeccionamiento en la historia de las personas. Ella se cumple, como Christifideles laici nos ha recordado, en la medida en que seguimos a Cristo y escuchamos su palabra. El "escuchar", en la espiritualidad cristiana, es una dimensión fundamental.
Si nuestra fe no es otra cosa que la obediencia a la palabra escuchada, entonces tenemos que partir de la escucha. Escuchar nos permite entrar en diálogo con
Dios y darnos cuenta de que Dios quiere hablar con nosotros, justamente con nosotros. Esto es algo extraordinario. Es un hecho que suscita maravilla, es un descubrimiento que abre nuestra interioridad a la relación.
Nuestro modelo es Maria que, en su vacío interior, se pone a la escucha del enviado de Dios como verdadera hija de la Palabra. Maria escucha, reflexiona, no pierde de vista la Palabra.
Para escuchar necesitamos un silencio exterior que nos permita concentrarnos sobre la palabra que recibimos, y de un silencio interior, dentro de nosotros, que nos haga dejar de hablar con nosotros mismos y de escuchar solamente nuestra voz.
Dios es amigo del silencio: tenemos que escuchar a Dios porque lo que cuenta no es lo que decimos nosotros sino lo que Él nos dice. S. Teresa de Ávila en su Castillo interior escribía: "Dios y el alma se gozan con grandísimo silencio".
Según Madeleine Delbrêl, el silencio puede ser instrumento de un diálogo íntimo y precioso: "Cuando se ama, se quiere escuchar al otro, sólo, sin que voces extrañas vengan allí a turbar".
La escucha es un acto nada fácil porque implica participar y compartir y quiere decir mucho más que sentir.
"Escucha Israel" es el versículo del libro del Deuteronomio y es la primera palabra de una de las oraciones más queridas de la piedad judía.
En la vida espiritual la obediencia nace del acto de escuchar, de recibir un mensaje de Dios y de responder en modo apropiado. Escuchar, por lo tanto, nunca es una actitud pasiva. Para Israel, escuchar es obedecer y no obedecer es rebelarse.
Muchas veces nos parece escuchar, pero de hecho no comprendemos: "Por más que ustedes escuchen, no entenderán" (Is 6, 9-10). No comprendemos, porque somos duros de oídos, es decir duros de corazón. También Zacarías, delante de la buena noticia del ángel, fue duro de oídos y para comprender la palabra escuchada tuvo que esperar hasta el nacimiento del Bautista (cf. Lc 1, 20).
Para educarnos a la escucha, el Nuevo Testamento nos habla de la parábola del
sembrador (cf. Mt 13, 4-9), que describe la diversidad de los terrenos donde la palabra de Dios cae y da a entender cual preparación del terreno puede permitir a esta palabra fructificar.
En este tiempo de Navidad no podemos olvidar el ejemplo de los pastores que escucharon la invitación del ángel a ir a Belén. En la noche iluminada solo de la gloria de Dios, ellos no tuvieron miedo de la oscuridad, del frío y del hielo. Dejaron todo y se encaminaron siguiendo la estrella hasta la gruta para adorar el Emmanuel, la Palabra hecha carne.
Irene Iovine
02/01/08