Apuntes de Espiritualidad/10
La gloria de Dios es el hombre viviente
La reflexión del pueblo cristiano alrededor de su propia fe, durante sus dos mil años de existencia, ha acuñado algunas expresiones, que se han vuelto como unas piedras miliares, que marcan el camino que el pueblo de Dios recorre. "La gloria de Dios es el hombre viviente, y la vida del hombre es la visión de Dios" es una de estas expresiones, que pertenece a un Obispo del segundo siglo, Ireneo de Lyon, y se encuentra en su libro: Tratado contra las Herejías.
Ahora bien, este gran Padre de la Iglesia nos recuerda que estamos llamados a buscar a Dios y a darle gloria. Él nos explica también que Dios recibe gloria cuando el hombre vive. La vida del hombre, pues, y no su muerte, es la gloria de Dios.
He aquí, por qué tenemos que luchar contra todo lo que produce muerte. Lucha, por lo tanto, contra: la enfermedad, la ignorancia, la violencia, la imposibilidad de recibir los tratamientos médicos, las injusticias, las guerras, las torturas, la privación de los derechos humanos, la falta de libertad en todas sus expresiones, el subdesarrollo, la crisis económica...; todo esto, y también otra cosa, son lucha por la vida del hombre y, por tanto, lucha por la gloria de Dios.
El Padre de Jesús no es un Dios que encuentra su gloria en la muerte del hombre, sino que quiere la vida del hombre. Nuestro Dios, pues, es el Dios de la vida y no de la muerte. En su infinito amor al hombre, acepta perder la vida, en la persona de Jesús, su Hijo encarnado; acepta el progresivo vaciarse de toda riqueza, pero, solo para que en su muerte la Muerte sea vencida, definitivamente, y cada hombre pueda afrontarla, mirándola a la cara y sin miedo, para afirmar el reino de la vida, el triunfo de la vida.
Visión de Dios
La gloria de Dios es, pues, el hombre viviente. Y no podremos hacernos ilusiones de dar gloria a Dios sino en un empeño constante, total, inteligente, atrevido, organizado por la vida del hombre. Si queremos entender, plenamente, qué es esta vida del hombre, debemos tener la visión de Dios. Sin la visión de Dios, no sabremos nunca qué quiere decir realmente la vida, qué quiere decir el hombre viviente.
Es la visión de Dios lo que nos indica qué es la vida y qué es la muerte. Fuera de esta visión, somos como los hombres de Nínive "que no saben distinguir el bien y el mal" (Jon 4, 11).
Si echamos una ojeada rápida al mundo de hoy, constatamos la verdad de esta afirmación bíblica. Pero, podremos entender qué es este mundo en que vivimos; podremos sufrir su padecimiento y su muerte solo si estaremos sumergidos en la visión de Dios. Se descubre qué es el pecado; qué es la muerte; qué es la destrucción de la vida; qué quiere decir una juventud malgastada solo si se tiene conciencia de qué es el amor de Dios. En efecto, solo quién descubre el Rostro de un Dios que se hace pobre, y por amor a nosotros se deja destruir, en su naturaleza humana en la persona de Jesucristo, su Hijo, puede entender qué quiere decir pecado, rechazo y muerte; puede llorar por lo que ha hecho y ha perdido.
Solo el conocimiento, cada vez más profundo, de Aquel que nos quiere puede hacernos comprender qué quiere decir vida y qué quiere decir muerte. En efecto, fuera del conocimiento de Dios no hay ni vida ni muerte humanas, sino solo el sufrir como un animal, el vivir como un vegetal, la sucesión más o menos apasionada de la búsqueda del apagamiento y la satisfacción de instintos primordiales[1].
Como nos dice san Ireneo, "El Verbo se ha hecho dispensador de la gracia del Padre para la utilidad de los hombres, mostrando Dios a los hombres y presentando el hombre a Dios. Pero, ha salvaguardado la invisibilidad del Padre, para que el hombre no desprecie a Dios y tenga siempre algo hacia el cual tender. Al mismo tiempo, ha hecho visible Dios a los hombres a través de muchas intervenciones providenciales, para que el hombre no estuviera privado completamente de Dios, y no cayera así en su nada, porque el hombre viviente es gloria de Dios y vida del hombre es la visión de Dios".
También en esta Pascua, Jesús muerto y resucitado llega, para decirnos que la gloria de Dios consiste en que se realice la manifestación y la comunicación de su bondad, para las cuales el mundo ha sido creado... Por tanto, el fin último de la creación es que Dios, Creador de todos los seres, pueda ser también "todo en todas las cosas" (1Co 15, 28), procurando al mismo tiempo su gloria y nuestra felicidad[2].
Irene Iovine
25/03/08
[1] Cf. E. Grasso, Très chers amis... Thèmes choisis de spiritualité, Centre d'Études Redemptor hominis, Mbalmayo 2000, 143-146.
[2] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 294.
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