Apuntes de Espiritualidad/2
El desplazamiento del ser
La profesión de fe del pueblo de Israel empieza con estas palabras: "Escucha, Israel..." (Shema‛ Israel). También san Benito inicia su Regla con las palabras: "Escucha, hijo...".
La fe cristiana depende de la escucha de la Palabra de Dios en la historia. Palabra anunciada por la Ley y los Profetas; Palabra que se ha hecho carne en Jesús; Palabra proclamada a través de los apóstoles a todos. Escuchar es, pues, la condición esencial de cada cristiano.
Es muy importante subrayar esta primacía de la escucha en el proceso de fe, porque, muchas veces y en diversos lugares, no partimos de la primacía de la escucha; no creamos las condiciones externas e internas para escuchar; o bien creemos que la fe nace y madura no por la escucha de la Palabra, sino por el esfuerzo del hombre de hacer salir de sí mismo lo que, en cambio, tiene que ser sembrado en su corazón.
La escucha es realmente tal cuando es obediencia, realización plena y puntual de lo que la Palabra dice. La escucha no acontece una vez para siempre, sino que es cotidiana, continua. Exhorta san Benito, en el Prólogo de su Regla: "Oigamos con oído atento lo que diariamente nos amonesta la voz de Dios".
El acto primero de cada cristiano, pues, es el de la escucha, y el modelo de la escucha es María. En efecto, todos, hombres y mujeres, estamos llamados a transformarnos en María. Por eso, todos tenemos que actuar como ella frente a la Palabra, asumiendo en nosotros el elemento femenino, porque con Dios no es posible una unión de sexo igual, sino solamente la del adherir femenino[1].
La mujer, en efecto, en el plan de Dios tiene una importancia muy especial. Ella representa por naturaleza, más que el hombre, lo que podemos definir como el elemento mariano, es decir, la capacidad de conservar, custodiar, desarrollar la semilla de la Palabra. El hombre, por su parte, representa, por naturaleza, más bien el elemento petrino-paulino, es decir, el elemento de defensa, de anuncio, de construcción, de lucha. Ambos, sin embargo, el hombre y la mujer, están llamados a tener una relación personal y directa con el Señor.
Entonces, para todos es María el modelo de la escucha. María se deja llenar por la Palabra. En ella no se encuentra división: no hay la cabeza en una parte, la boca y los oídos en otra y los ojos en otra todavía; las manos quizás dónde; el vientre por su cuenta; los pies que corren uno por un lado y el otro por otro.... En María el cuerpo y el espíritu se encuentran unidos y constituyen una totalidad.
En este tiempo, donde corremos al compás de máquinas y no de personas, constatamos también en nosotros los cristianos muchas divisiones, que hacen ir nuestro cuerpo por una parte y nuestro espíritu por otra. Muchas veces, nuestro cuerpo está presente en un lugar y nuestra mente en otro. Con el cuerpo estamos hablando con una persona, pero con nuestra mente vagamos por otros lugares. Muchos domingos vamos a la iglesia para acercarnos a Dios, pero en el bolsillo tenemos nuestro celular encendido, y mientras que con un oído escuchamos la Palabra, con el otro nos distraemos escuchando otras voces; preparamos nuestro espíritu para recibir al Señor, pero nuestra boca está masticando chicle. Mientras un pie nos lleva hacia el altar, con el otro ya estamos fuera de la iglesia para correr hacia una cita cualquiera.
Este desplazamiento del cuerpo y la mente nos hace personas interior y exteriormente divididas. María, por lo tanto, no es solo nuestro modelo de escucha, sino también nuestro modelo de unificación de la persona. En ella el Señor ha podido descender, porque la mente y el cuerpo estaban unidos y listos para acogerlo. Ella lo ha acogido con actitud de hija que escucha, de esposa que se entrega y de madre que permite a la semilla encontrar una tierra fecunda donde puede dar su fruto.
María es la tierra de Dios. Es precisamente la tierra que produce su fruto. Ella es la tierra en la que Dios desciende, en donde crece el árbol de la vida[2].
La Palabra de Dios, como nos dice el profeta Isaías, necesita una tierra que la acoja: "Como baja la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y haberla hecho germinar, para que dé la simiente para sembrar y el pan para comer, así será la palabra que salga de mi boca. No volverá a mí con las manos vacías sino después de haber hecho lo que yo quería, y haber llevado a cabo lo que le encargué" (Is 55, 10-11).
Si la Palabra no vuelve a Dios sin efecto, quiere decir que nunca es estéril. Por consecuencia, si en nuestras interioridades y en nuestras comunidades no crece el árbol de la vida, no tenemos que inculpar de esto a la Palabra o buscar quizás dónde las razones de la infecundidad. Somos nosotros los que permitimos, con la acogida, o impedimos, con el rechazo, la preparación y la garantía de todas las condiciones para que la Palabra sembrada pueda dar su fruto en nuestra tierra.
Irene Iovine
25/01/08
[1] Cf. E. Grasso, Maria, terra di Dio, en E. Grasso, Fondamenti di una spiritualità missionaria. Secondo le opere di Don Divo Barsotti, Università Gregoriana Editrice (Documenta Missionalia 20), Roma 1986, 185.
[2] Cf. E. Grasso, Maria, terra di Dio..., 175.
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