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Apuntes de Espiritualidad/21


Amistad y vida cristiana

Basilio y Gregorio de Nacianzo


En la vida de cada hombre la amistad es un bien inestimable. El hombre ha sido creado para vivir en relación con otros, como indica el relato de la creación (cf. Gen 2, 18-24).

Al hombre y a la mujer Dios les confía el jardín, las cosas buenas creadas y el árbol delJardin del Eden conocimiento del bien y del mal. Ambos son llamados a ir más allá: más allá del jardín, más allá de su mismo amor, para que este último sea verdadero y se vuelva eterno.

Es el único árbol creado por Dios, de cuyos frutos el hombre no debe comer. Esto no es un límite, sino la posibilidad de hacer crecer todo lo que es bueno, verdadero y bello. Comer los frutos contra la voluntad divina significa eliminar aquel horizonte, que llama al hombre a trascenderse, insertándolo en el mundo de Dios.

El hombre ha sido creado para vivir con los demás, en relación con otros, en la amistad.

Nos detenemos en una experiencia simple, pero muy particular, de dos personas que, en la historia de la Iglesia, han contribuido a hacer conocer el misterio de Dios, partiendo de su amistad. Se trata de Basilio de Cesarea, llamado "el Grande" y Gregorio de Nacianzo, llamado "el Teólogo"[1].

Su historia se desarrolla en un contexto cultural muy diferente del nuestro, con problemáticas igualmente diferentes. Basilio de Cesarea y Gregorio de Nacianzo viven en el siglo IV en Capadocia, en la actual Turquía. Después de cursar los estudios en Atenas, Basilio y Gregorio transcurren algunos años juntos, en un lugar solitario, conduciendo una vida monástica. Es en este período cuando componen juntos la Filocalia, una antología de los escritos de Orígenes, un verdadero escriño de sabiduría cristiana. Sucesivamente, los dos serán consagrados Obispos: Basilio de Cesárea y Gregorio de Constantinopla, y pondrán al servicio de la Iglesia toda su sabiduría y su experiencia.

En la homilía de la Misa de las exequias por el Obispo de Cesárea, Gregorio habla de su amistad con Basilio en estos términos: "Era como si los dos cuerpos tuvieran un alma en común"[2].

Dice todavía: "Con el correr del tiempo, nos hicimos mutuas confidencias acerca de nuestro común deseo de estudiar la filosofía; ya por entonces se había acentuado nuestra mutua estimación, vivíamos juntos como camaradas, estábamos en todo de acuerdo, teníamos idénticas aspiraciones y nos comunicábamos cada día nuestra común afición por el estudio, con lo que esta se hacía cada vez más ferviente y decidida".

Esto es lo que nos gusta subrayar de la experiencia de Basilio y Gregorio. Se encuentran inspirados por el mismo amor, el amor por la filosofía que, en el sentido más auténtico, significaIcono de la Amistad el amor por la verdad y la virtud.

Explica, en efecto, Gregorio: "Idéntica era nuestra actividad y nuestra afición: aspirar a la virtud, vivir con la esperanza de las cosas futuras y tratar de comportarnos de tal manera que, aun antes de que llegase el momento de salir de esta vida, pudiese decirse que ya habíamos salido de ella".

Basilio, refiriéndose al mismo concepto, recuerda que había vivido con Gregorio en un mismo lugar, en el nombre del Señor Jesucristo, por un solo e idéntico fin: vivir permaneciendo fieles a Dios[3].

Todavía Gregorio nos ayuda a captar el alma de la verdadera amistad: "Teníamos ambos una idéntica aspiración a la cultura, cosa que es la que más se presta a envidias; sin embargo, no existía entre nosotros tal envidia, aunque sí el incentivo de la emulación. Nuestra competición consistía no en obtener cada uno para sí el primer puesto, sino en obtenerlo para el otro". El secreto de esta auténtica amistad era el aprecio recíproco, como explica Gregorio, cuando afirma que ambos consideraban la alabanza hecha al otro como hecha a sí mismo.

Otro aspecto importante que merece ser mencionado. A menudo, se confunde la amistad con el estar sencillamente junto con el otro, aceptando sus virtudes y vicios, pretendiendo que él haga lo mismo con nosotros, sin hacer nunca una amonestación o una corrección, que corre peligro de perturbar la tranquilidad del estar juntos.

Refiriéndose a la amistad con Basilio, Gregorio observa: "Dirigíamos nuestra vida y todas nuestras acciones, esforzándonos en seguir el camino de los mandamientos divinos y estimulándonos el uno al otro a la práctica de la virtud; y, si no pareciese una arrogancia el decirlo, diría que éramos el uno para el otro la norma y regla para discernir el bien del mal".

Lo que, muy a menudo, falta en las relaciones que tenemos en nuestras comunidades o en las familias, es la ayuda al otro para que pueda vivir realmente aquello en que cree y los valores comunes que nos unen.

Muchas veces, a causa de un quieto vivir, de una bondad falsa, que se vuelve cruel porque engañadora, nos negamos a exponernos en primera persona, para que el otro alcance aquellas metas por las cuales deberíamos estar orgullosos.

Basilio y Gregorio, que ciertamente no se han escapado de situaciones de incomprensión y dificultad, con su ejemplo son guías para nosotros.

Sabemos que la amistad no es una cosa descontada, fundada en la compatibilidad de carácterBasilio de Cesarea y Gregorio de Nacianzo o en las afinidades psicológicas, sino que es algo que debe ser alimentado constantemente y crecer cada día, con un compromiso que nos acompaña por toda la vida.

Lo que vale más, en efecto, es vivir la relación con el otro en la fidelidad a nuestra identidad. Como leemos en la conclusión de la homilía de Gregorio: "Y, así como hay algunos que tienen un sobrenombre, ya sea heredado por sus padres, ya sea adquirido por méritos personales, para nosotros el mayor título de gloria era el ser cristianos y ser con tal nombre reconocidos".

A muchos siglos de distancia, Basilio y Gregorio nos ayudan a averiguar el sentido de nuestro vivir juntos en las comunidades, en las familias, en los grupos, descubriendo cada vez mejor el don de la amistad, signo por excelencia de comunión y medio para encontrar a Dios, quien nos espera siempre "más allá" de lo que es pasajero, en aquel jardín preparado ya desde la eternidad para todos sus amigos.

Sandro Puliani



[1] Este es el título que la tradición ha dado a Gregorio de Nacianzo. Un título que, en la larga lista de los Padres y Doctores de la Iglesia, comparte solo con san Juan Evangelista. Esto hace entender cuánto honor la Iglesia ha atribuido a tal hombre.
[2] Este, como los demás pasajes citados de Gregorio, deriva de: Gregorio di Nazianzo, Discorsi 43, 15. 16-17. 19-21, en PG 36, 514-523. El texto puede ser consultado en el sitio-web: www.gliscritti.it/antologia
[3] Cf. Basilio di Cesarea, Regole Ampie. Prologo, en Opere ascetiche. A cura di U. Neri, UTET, Torino 1980, 213.

24/09/06

 
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