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Apuntes de Espiritualidad/23



LA ACEDIA


La acedia, es la pereza espiritual, o sea, "cierto disgusto de las cosas espirituales, que hace que las cumplamos con negligencia, las abreviemos o las omitamos por fútiles razones. La acedia es el principio de la tibieza
"[1].

Etimológicamente el término deriva del griego akēdía, compuesto de a- (= sin) y kêdos (= cuidado), y significa descuido, negligencia, indiferencia, entorpecimiento e indolencia[2].

En nuestra sociedad "desacralizada", que ha perdido el sentido de lo sagrado y no comprende su simbología y lenguaje, la pereza se confunde con el ocio. Si los demás vicios, más o menos, son justificados, la pereza  no lo es, porque quien está contagiado por ella se transforma en un individuo peligroso, puesto que "produce y consume" menos de lo que debería, engendrando así desorden en la sociedad[3].

En ambiente monástico, indica el entorpecimiento melancólico, marcado por la tristeza, diferente del así llamado "ocio" monástico, todo impregnado de características positivas, como la laboriosidad contemplativa y el gozo.

Evagrio Póntico, maestro de espiritualidad del siglo IV, denomina la pereza el "demonio del mediodía", porque el entorpecimiento golpea a los monjes del desierto exactamente en este período de la jornada, cuando el calor los hace amodorrar, impidiendo la oración y el trabajo monástico.

La pereza es como un "bostezo del alma", y engendra aburrimiento e intolerancia.

Para entender cuán grave es este vicio, la Biblia nos recuerda que el hombre fue puesto en el Paraíso Terrenal para que lo custodiase y lo trabajase (cf. Gén 2, 15), indicando así la actitud activa del hombre, que colabora con la potencia creadora de Dios.

El libro de los Proverbios nos da una imagen muy elocuente de la pereza: pasando en el campo del perezoso, se ven por todas partes maleza, cardos y piedras en la ruina. "Reflexioné y saqué la lección: se hace una corta siesta, se alarga el rato para cruzarse de brazos; ¡pero la pobreza se aproxima a ti como un merodeador, la miseria cae sobre ti como un hombre armado!" (Pro 24, 30-34).

El icono bíblico de la pereza espiritual, o sea, de la acedia es el profeta Jonás. Él sabe cuál es el bien del Señor y está triste, porque no quiere hacer aquel bien que no corresponde al suyo. En los últimos versículos del libro de Jonás, encontramos todas las características de la acedia. Jonás está abatido, y Dios hace brotar y crecer una planta de ricino para consolarlo. Jonás está contento de esto y abandona su tristeza, causada por el fallido castigo de la ciudad de Nínive, que él, en cambio, había predicado. Pero, luego, Dios envía un gusano que roe el ricino y lo hace secar. Cuando el sol se levanta, "Yavé hizo soplar viento caliente desde el este. El sol acaloró tanto a Jonás que éste se desmayó. Se deseó la muerte y dijo: ‘Mejor es morir que vivir'" (Jon 4, 8). Jonás se deja derrotar por la acedia, por el "demonio de mediodía", hasta invocar a la muerte.

Para la Iglesia la acedia es uno de los siete vicios capitales, constituido por la indolencia para hacer el bien.

Una de las causas determinantes de la acedia es el amor desproporcionado a sí mismo, la pasión que lleva a ser prisioneros del propio yo. Estamos contagiados por la acedia cuando pensamos que todo el mundo debe dar vuelta alrededor de nosotros, de la manera que queremos, olvidándonos de que somos solo una pequeña parte del todo. Entonces nos volvemos tristes, nos ponemos en un rincón, y caemos en la tristeza y en el desaliento.

El acidioso no es un derrotado, sino un muro sólido contra toda exhortación a hacer el bien, si aquel bien no corresponde a su bien ideal. Su resistencia pasiva hace que este vicio sea una de las peores enfermedades espirituales. La acedia, en efecto, "tiene la peculiaridad de implicar todas las facultades del alma y de poner en movimiento todas las pasiones; esto significa, por consiguiente, la muerte de todas las virtudes. Así, a diferencia de las demás pasiones, esta no puede ser sanada ni sustituida por una virtud, que sería específicamente opuesta a ella"[4].

Los estímulos a sacudirse de su entorpecimiento no dicen nada al acidioso: antes que motivarlo a reaccionar, lo deprimen aún más, porque se siente juzgado; este juicio choca contra su mundo idílico, que estima intocable y modelo para todos.

La acedia, entonces, se encuentra entre pecado y pecado: es engendrada por un pecado, en este caso el del amor desproporcionado a sí mismo, y engendra el de la no colaboración con la gracia de Dios.

La acedia no consiste en el no actuar porque se ignora lo que está bien. No hay tergiversación o incapacidad para hacer el bien, sino oposición. Por eso, el acidioso, bajo la máscara de la debilidad y el desaliento, tiene un alma fuerte, que ciertamente "bosteza", sin embargo, no se rinde; al contrario, resiste a toda clase de invitaciones a cumplir lo que es bueno.

También Jesús experimenta un momento de particular sufrimiento y tristeza. En el Getsemaní, antes de su detención, en el momento más alto de su pasión, experimenta tristeza y angustia, y dice: "Siento una tristeza de muerte" (Mt 26, 38). Lucas, que es médico, agrega: "Su sudor se convirtió en gotas de sangre" (Lc 22, 44). Jesús no sucumbe, bajo la tristeza y la angustia, no cae en la acedia, sino que persevera en el bien, porque se encomienda completamente al Padre que lo ha enviado para esta prueba. Y así, en el máximo de la postración, opone el máximo del amor.

En el jardín se encuentran los discípulos, que, en cambio, sucumben y duermen por la tristeza (cf. Lc 22, 45). Ellos ciertamente se encuentran "desganados" y acidiosos. A pesar de la exhortación de Jesús a quedar vigilantes, hacen el exacto contrario.

A ellos Jesús les da un remedio saludable: "Levántense y oren, para que no caigan en tentación" (Lc 22, 46). El remedio contra la acedia parece ser, por lo tanto, el de la perseverancia en la obra buena que se ha comenzado ya (el "no volverse atrás", de evangélica memoria) y de llevarla a cumplimiento.

En el mismo sentido, Evagrio Póntico nos da la terapia justa, simple pero vigorosa, para combatir este mal, que mata todas las virtudes: "La acedia es sanada por la perseverancia, y por el cumplimiento de cada cosa con la atención y con el temor de Dios. Fíjate una medida en cada trabajo, y no desistas hasta que no lo hayas completado. Y reza con inteligencia y con fervor, y el espíritu de la acedia huirá de ti"[5].

Sandro Puliani



[1] R. Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior, I, Madrid 1988, 450.
[2]
Cf. L. Rocci, Dizionario greco, Ed. Dante Alighieri, Roma 19433, 52.
[3]
Cf. Accidia en http://it.wikipedia.org/wiki/Accidia
[4] J.-C. Larchet, Terapia delle malattie spirituali. Un'introduzione alla tradizione ascetica della Chiesa ortodossa, San Paolo, Cinisello Balsamo (MI) 2003, 601.
[5] Evagrio Pontico
, Gli otto spiriti della malvagità 14,55.


10/12/09
 

 
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