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Apuntes de Espiritualidad/26


 

ORGULLO: DESMESURADA CONSIDERACIÓN DE SÍ


El término orgullo se refiere a un fuerte sentido de autoestima y de confianza en las propias capacidades. Una expresión común, sinónimo de orgullo, es "tener una consideración demasiado alta de sí".

La fuerza del orgullo tiene también sus aspectos positivos; bien dirigida y regulada puede ser un excelente recurso para una vida digna, pero, cuando sale de las medidas y las direcciones justas, se transforma en un vicio que se debe combatir[1]. En efecto, en la doctrina cristiana es el más grave de los siete vicios capitales. Una persona orgullosa siempre tiende a tener un sentido de superioridad con respecto a las demás personas.

Estar replegados en sí

El orgullo es la vía de Juan Clímaco acceso para todas las pasiones, y destruye de una sola vez todas las virtudes; como dice san Juan Crisóstomo, "este vicio es suficiente para destruir todo lo que hay de bueno en un alma". Es considerado por los Padres de la Iglesia como una verdadera patología, una forma de locura, que hace replegar al hombre en sí mismo, encerrado en el universo limitado de su yo[2].

Además, el orgullo está estrechamente asociado a la vanagloria, hasta el punto que la tradición espiritual ha titubeado por largo tiempo en tratar de estas dos pasiones separadamente y, en todo caso, siempre las ha puesto en relación directa: "La vanagloria - escribía Juan Clímaco -, cuando ha llegado a plena maduración, engendra el orgullo, autor y perfeccionador de todos los males".

También según Gregorio Magno, el orgullo es "la raíz de todo mal", que se manifiesta de varios modos: cuando se piensa que el bien deriva de nosotros mismos; cuando se cree que, si algo nos es dato de lo alto, es por nuestros méritos; cuando nos jactamos de tener lo que no poseemos; cuando, despreciando a los demás, se aspira a aparecer los únicos dotados de determinadas cualidades. Una vez más según Gregorio Magno, el orgullo se sitúa entre lo inaguantable y lo ridículo: todo lo que hacen los demás no le gusta al orgulloso; él ama solo lo que hace él mismo. Desprecia las acciones de los demás y siempre admira las propias.

Quien es esclavo del orgullo se autoestima hasta la idolatría; se cree causa de las propias buenas acciones; es incapaz de confianza en la vida y en los demás. El orgulloso sustituye, en cierto sentido, a Dios; de creatura se hace Creador; por consiguiente, reniega, en los hechos, la propia humanidad y acaba por no reconocerla en quien está junto a él. Así siempre quiere tener razón y no reconoce nunca haberse equivocado; no aguanta observaciones críticas, porque solo las congratulaciones, los agradecimientos, los aplausos, la adulación le agradan[3].

Santo o pecador, pero nunca como el otro

Para san Agustín, el orgullo es "un gran vicio, el primero de los vicios, el comienzo, el origen y la causa de todos los pecados"[4].

El orgullo de creernos quizás quién nos hace encerrar en nosotros mismos y ser totalmente llenos solo de nosotros mismos, hasta tal punto que no se tiene necesidad de los demás, porque el otro no puede tenerSan Agustín algo más, sino solo menos, con respecto a lo que tenemos nosotros. Comportándonos así, ofendemos al otro, lo despreciamos, no lo tomamos en consideración. Si el otro nos interpela, nos hace una pregunta, lo liquidamos así: "No tengo nada que decirte", lo cual, en otras palabras, quiere decir: "No tengo necesidad de ti y, por eso, no te considero digno ni de una respuesta".

Como decía san Agustín, el orgullo, como todos los vicios, nace y se desarrolla en el corazón del hombre. Poco importa dónde o cuándo él ha nacido, de qué sexo es, cuál es el color de su piel, cuál han sido sus primeras experiencias, sus primeros gozos y sus primeros sufrimientos. Quien es orgulloso puede serlo porque tiene la convicción de ser un gran santo o un gran pecador. Esta santidad o este pecado en el corazón del orgulloso constituye una tal riqueza que, en vez de unirlo más a los otros, lo encierra cada vez más en sí mismo. Él está totalmente lleno de sí. No puede ser, por lo tanto, aquel pobre auténtico que tiene necesidad del otro, de la comunión de los hermanos para construir junto con ellos.

¿Qué posees que no lo hayas recibido?

San Pablo pone de relieve otro aspecto del orgullo. Él amonesta a los Corintios por el hecho de ser personas talmente llenas de orgullo, hasta favorecer "a uno con perjuicio de otro", en base a criterios totalmente arbitrarios. De hecho, el hombre orgulloso no actúa según la justicia de Dios, sino según la "propia" justicia, y esta lo lleva a preferir a ciertas personas con perjuicio de otras. Este modo injusto del orgulloso lo conduce a expresarse en actitudes de favor, de simpatía y de resentimiento, según la persona que esté ante él, y lo transforma en una persona profundamente injusta.

El orgullo, en efecto, nos hace erigir como metro de juicio del bien y del mal; nos hace olvidar de que no tenemos ningún derecho a alabarnos de nosotros mismos, a hincharnos, a mirar y a juzgar todo y a todos de arriba abajo. San Pablo nos hace preguntas precisas acerca de esta actitud de superioridad, que nos hace elevar por encima de los demás: "¿Será necesario que se fijen en ti? ¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te alabas a ti mismo como si no lo hubieras recibido?" (1Co 4, 7).

Fácilmente nosotros los cristianos, como también nosotros los religiosos, nos olvidamos de quiénes somos; nos jactamos y nos hinchamos de orgullo; nos olvidamos de aquella oración del Salmo, que nunca deberíamos cansarnos de recitar: "Guarda a tu siervo también de la soberbia, que nunca me domine. Así seré perfecto y limpio de pecados graves" (Sal 19, 14).

Capaces de mirar cuáles somos

Para despegarnos de toda forma  de orgullo, el papa Benedicto XVI indica a María como modelo: "El amor maternal de la Virgen María desarma cualquier orgullo; hace al hombre capaz de verse tal como es y le inspira el deseo de convertirse para dar gloria a Dios"[5]. María nos hace capaces de mirarnos cuáles somos y nos enseña a acercarnos a Dios en la humildad. María desarma toda forma de orgullo y nos hace descubrir que la fe cristiana no contempla el orgullo desmesurado de nuestro propio yo, sino que es como un ala que nos permite volar más alto, no para mirar a los demás de arriba abajo, sino para unirnos a ellos y refugiarnos juntos entre los brazos del Señor[6].

Irene Iovine


 


[1] Cf. P. Sciadini, Orgoglio, en Dizionario Enciclopedico di Spiritualità, II. A cura di E. Ancilli e del Pontificio Istituto di Spiritualità del Teresianum, Città Nuova Editrice, Roma 1990, 1776.
[2] Cf. J.-C. Larchet, Thérapeutique des maladies spirituelles. Une introduction à la tradition ascétique de l'Église orthodoxe, I, Les Éditions de l'Ancre, Paris 1991, 294-301.
[3] Cf. E. Bianchi, Orgoglio: e l'io diventa un idolo,
en http://archivio.lastampa.it/LaStampaArchivio/main/History/tmpl_viewObj.jsp?objid=8212441
[4] J.C. Cavadini, Orgullo, en Diccionario de San Agustín. San Agustín a través de su tiempo. Director A.D. Fitzgerald, O.S.A., Monte Carmelo, Burgos 2001, 972-973.
[5] Benedicto XVI, Angelus (14 de septiembre de 2008), en www.vatican.va
[6] Benedicto XVI, Angelus..., en www.vatican.va


13/02/2010

 
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