Apuntes de Espiritualidad/28
LA JUSTICIA DE DIOS, MODELO PARA EL HOMBRE
En el Antiguo Testamento a menudo se usa el término "justicia", y los justos, como nos recuerda el libro de los Proverbios, son recompensados, mientras que los injustos recogen la miseria de su injusticia (cf Pro 13, 21; 22, 8).
En el Nuevo Testamento, la justicia es uno de los fundamentos de la perfección cristiana, que se encuentra alistado entre las bienaventuranzas: "Felices los que tienen hambre y sed de justicia..." (Mt 5, 6). En cambio, quien comete injusticia, como dice san Pablo, "recibirá lo que merece su maldad" (Col 3, 25).
El Santo Padre, en su Mensaje para la Cuaresma de este año, se detiene sobre el significado del término "justicia", que en el lenguaje común implica "dar a cada uno lo suyo - dare cuique suum", según la famosa expresión de Ulpiano, jurista romano del siglo III. Esta clásica definición, sin embargo, no establece en qué consiste "lo suyo" que se debe asegurar a cada uno. Aquello del que el hombre tiene más necesidad no puede serle garantizado por medio de la ley.
La sedaqah, virtud de la justicia
En la Biblia, la palabra justicia no indica simplemente la justicia legal o social; en su aspecto más relevante, o sea, la perfecta justicia, consiste en el vivir según la voluntad de Dios. Justicia, por lo tanto, es vivir en relación con Dios como regla del actuar, como causa interior y motor de todo obrar[1].
"En el corazón de la sabiduría de Israel encontramos un vínculo profundo entre la fe en el Dios que ‘levanta del polvo al desvalido' y la justicia para con el prójimo. La palabra misma que en hebreo indica la virtud de la justicia, sedaqah, lo expresa bien. En efecto, sedaqah significa, por una parte, aceptación plena de la voluntad del Dios de Israel; por otra, equidad con el prójimo... Pero los dos significados están relacionados, porque dar al pobre, para el israelita, no es otra cosa que dar a Dios, que se ha apiadado de la miseria de su pueblo, lo que le debe - como el Pontífice puntualiza en el Mensaje para la Cuaresma - ... Por lo tanto, para entrar en la justicia es necesario salir de esa ilusión de autosuficiencia, del profundo estado de cerrazón, que es el origen de nuestra injusticia. En otras palabras, es necesario un ‘éxodo' más profundo que el que Dios obró con Moisés, una liberación del corazón, que la palabra de la Ley, por sí sola, no tiene el poder de realizar"[2].
Purificar el corazón de los gérmenes del mal
Por lo tanto, para ser justos, para entrar en el reino de la justicia de Dios, se necesita un camino de éxodo, que llegue a las raíces de la historia personal para llegar a la comunitaria, es necesaria la liberación de nuestro corazón. Cuando no se es libre en el corazón, es imposible actuar según la justicia. En la vida cristiana, actuar según la justicia no significa simplemente aplicar una ley, respetarla, sino dar a cada uno lo suyo.
Por esto, según la justicia quiere decir, para nosotros los cristianos, vivir de aquel amor que solo Dios nos puede comunicar. Solo el amor de Dios da a cada hombre "lo suyo". Y nuestra justicia no consiste en el dar a los demás los bienes materiales, sino sobre todo en vivir y hacer vivir a cada uno según "lo suyo" recibido de Dios. Esta claridad nos permite no solo vivir en lo justo, sino también actuar justamente con respecto a los demás.
Si vivimos en lo justo, entonces sabemos también que la justicia no es algo exterior a nosotros, sino una virtud que forma parte del amor recibido. La justicia, como precisa papa Benedicto XVI, encuentra su origen en el corazón humano.
Una de nuestras tentaciones permanentes es la de identificar el origen del mal en una causa exterior a nosotros, y así también el de la injusticia sería un mal que viene "de fuera". Este modo de pensar es ingenuo y miope, como nos recuerda el Pontífice, haciendo suyo el juicio de Cristo. Sabemos, en efecto, que el hombre moderno cree, como el Cándido del que nos habla Voltaire, que ha nacido sin mancha, y que es la sociedad la que ha corrompido su naturaleza cándida.
Pero, la injusticia, fruto del mal, no tiene raíces exclusivamente exteriores; tiene origen en el corazón del hombre, donde se encuentran los gérmenes de una misteriosa connivencia con el mal.
Es solo gracias a la acción de Cristo, como podemos entra en la justicia "más grande", que es la del amor (cf. Rom 13, 8-10), la justicia de quien se siente, en todo caso, cada vez más deudor que acreedor, porque ha recibido más de lo que se pueda esperar[3].
No hay caridad sin justicia
Cuando nos olvidamos de la justicia más grande, que es la del amor de Dios, la rechazamos o nos rebelamos a ella, y decimos que no tenemos necesidad de Dios para ser plenamente nosotros mismos, entonces nos volvemos desequilibrados, malos e injustos. La justicia es necesaria en la vida interior de cada hombre, a fin de que exista un equilibrio entre las diferentes virtudes, de manera que una no sea un perjuicio para la otra. Sin la justicia no se puede practicar la caridad fraternal. Nadie duda de que la perfección cristiana consista en la caridad. Pero, la justicia es el modo concreto para realizarla. El injusto no tiene la posibilidad de practicar la caridad.
Difícilmente será justo quien tiene un amor desordenado y desequilibrado. A menudo, cometer injusticias es un hecho que hace perder, lentamente, la fineza por la rectitud, como el polvo que no ensucia enseguida los vestidos, sino solo después de un poco de tiempo. Acontece, además, que a fuerza de ponerse unos vestidos sucios ya no temamos ni el barro[4].
Podemos ser "justos" y sentirnos "con la conciencia limpia" solo si la justicia se realiza en nosotros y si somos, por eso, "rectos". Pero, somos tales solo cuando correspondemos a la verdad del nuestro ser. Y esta verdad es que Dios nos ha creado y que Él es nuestra rectitud. No puede existir la justicia si el hombre, en su corazón, no es justo; y no puede existir en el hombre, si él reniega de manera radical su condición de origen y la justicia allí inscrita[5].
Quien reniegue esta justicia de Dios, en consecuencia, es injusto y de él se dice en el libro del Deuteronomio: "Yavé aborrece al que hace tales cosas y a toda injusticia" (Dt 25, 16).
Irene Iovine
[1] Cf. C. M. Martini, Dizionario spirituale. Piccola guida per l'anima, Edizioni Piemme, Casale Monferrato (AL) 1997, 74.
[2] Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2010 (30 de octubre de 2009), en www.vatican.va
[3] Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma..., en www.vatican.va
[4] Cf. T. Špidlík, Manuale fondamentale di spiritualità, Edizioni Piemme, Casale Monferrato (AL) 1993, 196-201.
[5] Cf. J. Ratzinger/Benedetto XVI, 365 giorni con il Papa. Collaboratori della verità. A cura di suor I. Grassl, Edizioni San Paolo, Cinisello Balsamo (MI) 2006, 279-280.
26/02/2010
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