Apuntes de Espiritualidad/3
La envidia: antigua como el hombre
La envidia es antigua como el hombre y abraza todas las edades. Conocer mejor este mal, que toca el corazón del hombre y no le permite alcanzar el gozo del auténtico amor, es el primer paso para poderlo combatir.
El término "envidia" deriva del latín "en-videre". La etimología liga la envidia al videre ("mirar") y a la partícula negativa en ("no"): invidere, o bien, mirar al otro de modo malévolo (Mt 20, 15: "¿Tienes el ojo malo porque yo soy bueno?"), hasta ya no quererlo ver, porque el otro es el que te saca algo.
A continuación, analizaremos algunos pasajes bíblicos acerca del sentido del término envidia:
- ð Pr 14, 30: "La paz del corazón fomenta la salud, pero la envidia corroe los huesos".
- ð Sab 2, 24: "La envidia del diablo introdujo la muerte en el mundo, y la experimentan los que toman su partido".
- ð Mc 7, 21: "...Los pensamientos malos salen de dentro, del corazón; de ahí proceden la inmoralidad sexual, robos, asesinatos, infidelidad matrimonial, codicia, maldad, vida viciosa, envidia, injuria, orgullo y falta de sentido moral".
La riqueza de estos pasajes nos permite sacar algunas conclusiones:
- La envidia es la caries de los huesos. Paraliza, pues, al hombre.
- La envidia hace entrar la muerte en el mundo.
- La envidia deriva del interior del corazón del hombre[1].
Hoy, muchos sociólogos afirman que la envidia es un mal muy difundido en la sociedad, y no solo hacia quien gana más y dispone de más riquezas. La pregunta principal, quizás la única, que los envidiosos se hacen es: "¿Por qué él sí y yo no? ¿Por qué él es rico?..., ¿por qué él está bien?..., ¿por qué él tiene?..., ¿por qué él consigue?..., ¿por qué él vence?...,¿ por qué él puede?..., ¿por qué él?..., ¿por qué?..., ¿por qué?...". Los porqués son infinitos cuando en el otro vemos a un antagonista, a un enemigo y no a un hombre como nosotros. Todo puede convertirse en motivo de envidia del otro. También el ser estudioso, y conseguir buenos resultados en la escuela, hace estallar la envidia en quien no se empeña, y se convierte incluso en una culpa que hacer pagar por medio de una expedición punitiva. El hombre envidioso no acepta que el otro pueda tener lo que él no tiene, tanto en bienes materiales, como también en dotes y capacidades personales.
¿Cómo se manifiesta la envidia? ¿Cuáles son las señales que permiten diagnosticar su presencia? Ella se manifiesta como incapacidad de regocijarse y alegrarse de la felicidad y del bien ajenos. Si san Pablo exhorta a alegrarse con quien se alegra (Rom 12, 15), el envidioso se entristece frente a la alegría del otro. La envidia se manifiesta en la incapacidad de reconocer el bien realizado por el otro.
El aspecto fundamental de la envidia es el sufrimiento. El envidioso, puesto en confrontación con el otro, se angustia y está mal. Efectivamente, la envidia es un extraño pecado, porque no procura ningún placer. La avaricia dona el placer de la posesión; la lujuria, el placer de los sentidos; la cólera, el placer de la venganza, etcétera; por el contrario, la envidia es el pecado sin placer.
San Juan Crisóstomo considera al envidioso como un sujeto peor que el avaro. En efecto, el avaro está satisfecho cuando posee. El envidioso, por el contrario, se cansa para que los demás no posean: "Él mismo, quizás, no se levanta porque es perezoso, pero es capaz de saltar para hacer caer al otro que está de pie".
Quien ha representado bien la envidia es el pintor Giotto, en la Capilla de los Scrovegni en Padua (Italia), donde aparece una mujer anciana envuelta por las llamas, que indican su tormento interior, y de cuya boca sale una serpiente, que se retuerce contra sus ojos; sus orejas desmesuradas indican su aptitud hacia la curiosidad, hacia la escucha de maledicencias para alimentarse de contestación y antagonismo, competencia y celos: un mal realmente triste, que se contrapone a la comunicación, a la alegría que deriva del compartir con los demás la búsqueda de sentido y el tesoro de nuestra común condición humana[2].
Si no combatimos la envidia en el corazón de cada uno de nosotros, entonces edificaremos nuestra casa sobre la arena y, al primer golpe de viento, todo nuestro edificio se derrumbará. Cualquier proyecto y acción siempre tienen que estar precedidos y acompañados por una espiritualidad que libera nuestro corazón de todas las enfermedades que producen muerte y destrucción. La envidia es una enfermedad espiritual que produce exactamente esto.
La única fuerza que se opone a la envidia es el amor a Dios. Y este amor a Dios es inseparable del amor al próximo. "Si uno dice: ‘Yo amo a Dios', y odia a su hermano, es un mentiroso. Si no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Pues este es el mandamiento que recibimos de él: el que ama a Dios, ame también a su hermano" (1Jn 4, 20-21).
Irene Iovine
01/02/08
[1] Cf. E. Grasso, Très chers amis... Thèmes choisis de spiritualité, Centre d'Études Redemptor hominis, Mbalmayo 2000, 221-225.
[2] Cf. E. Bianchi, Triste la vita di chi invidia, en "La Stampa" 23 de diciembre de 2007 (www.monasterodibose.it).
|