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Apuntes de Espiritualidad/4


Las adversidades de la vida 
 



 Durante la vida, cada uno de nosotros encuentra en su camino obstáculos de varia naturaleza que, con un término general, podemos llamar adversidades. Estas interesan y tocan al hombre tanto físicamente como moralmente. Pueden ser, por ejemplo, incomprensiones, dificultades de convivencia con los demás, verdaderas persecuciones, oposiciones, calumnias, mentiras, maledicencias, envidia y celos que nos rodean, contrariedades, debilidades nuestras y ajenas de todo género, enfermedades, lutos, angustias, etcétera.

Todas estas adversidades, causa de sufrimiento a menudo también agudo, forman parte del problema del mal en el mundo. A ello, en todos los lugares y en todos los tiempos, los hombres han intentado dar respuestas diferentes.

Este problema del mal, que afecta a los hombres de cada raza, a veces lleva a creer que existen hombres malvados dotados de poderes especiales que pueden "lanzar" el mal contra otras personas. De tales hombres malvados uno no se puede defender sino recurriendo a otros, también ellos dotados de poderes especiales, que saben ver, descubrir y proporcionar los remedios para protegerse. Hay quien, como en los países africanos, recurre al sorcier; quien, como en los países latinoamericanos, confía en el curandero; quien, como nosotros los europeos, se encomienda a brujos varios, para encontrar alivio a los mismos males. Ahora bien, la cuestión del mal, aunque de maneras diferentes, atañe a lo profundo de la entera humanidad y no es absolutamente un problema solo del hombre africano o del indio o del europeo.

Hay, también, quien no recurre a ninguna ayuda externa, porque sabe que el nido de muchos males es el propio corazón. Quien, en cambio, se resigna diciendo que su propio destino está determinado y no se puede hacer nada. Quien cree que cambiar una situación, y también un estado de ánimo, no está en nuestras manos. Quien se hace la víctima inculpando a los demás. Quien vive su existencia con el cuerpo en un lugar y el corazón en otro. Quien se agita a la derecha y a la izquierda, como un boxeador en el ring, para ampararse de los puñetazos del adversario, tambaleando para seguir andando al día.

Cada uno de nosotros tiene su manera particular de afrontar las situaciones difíciles y no hay recetas válidas para todos. Para darse cuenta de esto, basta con leer las noticias de crónica que llenan nuestros periódicos.

Y nosotros los cristianos ¿cómo afrontamos y superamos las adversidades de nuestra vida cotidiana?

 Tenemos que tratar de ver con una mirada cristiana (es decir, reflexionar sobre los hechos que ocurren juzgándolos a la luz de la fe) y en sentido positivo las adversidades que encontramos en la realidad de la vida, a la luz de la redención. Estas deben ser vistas como medios de purificación del pecado; como fuerzas que nos ayudan en el crecimiento y en la maduración, haciéndonos pasar de un estado de minoridad a un estado adulto y a una madurez consciente.

Escribe san Agustín: "No es todavía cristiano quien cree no tener tribulaciones", porque uno es cristiano a condición de subir el empinado camino del Calvario, con la propia cruz, siguiendo las huellas del Maestro.

He aquí porque todas las adversidades son una ocasión favorable, un tiempo propicio. Son para nosotros la ocasión histórica que nos permite responder al amor de Dios, y participar en su proyecto de salvación no como espectadores, sino como protagonistas.

Nos recuerda el libro del Sirácides: "Como el oro se purifica en el fuego, así también los que agradan a Dios pasan por el crisol de la humillación" (Sir 2, 5). Es la pedagogía de Dios, quien pone a prueba a los que ama: "Yo reprendo y corrijo a los que amo" (Ap 3, 19).

San Juan de la Cruz nos enseña: "El alma va cobrando virtudes y fuerza y perfección con amargura, porque la virtud en la flaqueza se perfecciona y en el ejercicio de pasiones se labra. Porque no puede servir y acomodarse el hierro en la inteligencia del artífice si no es por fuego y martillo, en lo cual el hierro padece detrimento acerca de lo que antes era"
[1].

Las adversidades son, pues, ocasión de crecimiento y posibilidad de demostrar nuestro amor y nuestra fidelidad. Quejarnos quiere decir no haber comprendido cuál gracia nos es dada; quiere decir querer huir de la ley del crecimiento de un amor; quiere decir no querer entrar en una dinámica de participación, amistad y deseo de ser jardín donde el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob... nuestro Dios puede descansar.

El Libro de la Sabiduría nos recuerda que Dios nos quiere grandes como Él: "Dios los puso a prueba y los encontró dignos de él" (Sab 3, 5). Además, Él es fiel y no permitirá que seamos tentado más allá de nuestras fuerzas, sino que con la tentación nos dará también la manera de salir de ella y "la fuerza para superarla" (1Cor 10, 13).

Las adversidades superadas nos vuelven fuertes y hacen fuerte nuestra palabra. El hombre que habla porque ha experimentado en su carne las cosas dichas pronuncia palabras que pesan como piedras, sobre las que se puede construir una casa firme. En cambio, el hombre que renuncia a afrontar las adversidades pronuncia palabras enfermas; palabras que no tienen nada que ver con su experiencia; él emite solo ruidos con su boca. Es como un perro que ladra cuando el tren de la historia pasa. El tren no se detiene y continúa su camino. El perro se detiene, deja de ladrar para luego recomenzar, si tendrá la fuerza, cuando aparece un nuevo tren.

Que la fuerza del fuego y del martillo haga que cada uno de nosotros se convierta conforme a la idea del artífice
[2].


                                                                                                      Irene Iovine


07/02/08

[1] S. Juan de la Cruz, Llama de amor viva, Canc. 2, 26, en Obras Completas, BAC, Madrid 1989, 788.
[2] Cf. E. Grasso, Très chers amis... Thèmes choisis de spiritualité, Centre d'Études Redemptor hominis, Mbalmayo 2000, 227-231.

 
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