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Apuntes de Espiritualidad/5


La tibieza: ni frío ni caliente  
 



Abriendo la Biblia se encuentran muchas expresiones realmente duras, que nos afectan intensamente. Una de estas está presente en el libro del Apocalipsis de san Juan: "Conozco tus obras: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero porque eres tibio y no frío o caliente, voy a vomitarte de mi boca" (Ap 3, 15-16).

Este mensaje a la Iglesia de Laodicea es el más severo de todos. Reprocha el estado espiritual de los cristianos adormecidos en su suficiencia, enceguecidos por su riqueza. Dios los exhorta a arrepentirse y les aconseja a comprar de él lo que realmente los haces ricos (cf. Ap 3, 18).

Tampoco nosotros los cristianos del viejo continente tenemos que ilusionarnos de estar preservados de este sueño de la suficiencia, y de la ceguera que proviene de las tantas riquezas. También nosotros, como la Iglesia de Laodicea, nos dormimos fácilmente en nuestra suficiencia; nos volvemos ciegos por los bienes materiales y vivimos al día con un corazón donado a medias, que no se sabe nunca de qué parte está.

¿Cuánto nos empeñamos para que libertad y gracia junto realicen la obra del Señor?

La tibieza es causada por nuestra indiferencia y esta, a su vez, causa el asco divino. Es un estado que le duele sumamente a Dios: "Maldito el que ejecuta con flojera el trabajo que Javé le ha encomendado" (Jer 48, 10). Dios no nos ha creado para cumplir flacamente su obra, sino que nos ha dado todas las facultades para elegirla en toda libertad y para realizarla con nuestra activa participación de inteligencia y voluntad, unida a su gracia.

Por eso, nuestro modelo es María, porque "ella, asociada a Cristo, desarrolla todas sus capacidades y responsabilidades humanas"[1].

Uno de los estados que impide al hombre colaborar activamente en la obra del Señor y en ser plenamente sí mismo es exactamente el de la tibieza.

La tibieza es la condición espiritual de quien se empeña mediocremente en la vida de gracia. Es un estado que excluye sea el odio hacia Dios con el pecado, sea el fervor con la generosidad del empeño personal. Es una especie de sueño espiritual, en el que uno se contenta con el mínimo necesario para no apagar la gracia, sin demasiados esfuerzos y sin mucho empeño. Es una indiferencia hacia la santidad y la perfección que, aunque sin despreciar formalmente la gracia de Dios, impide que esta llegue a animar y vivificar la vida interior
[2]. Por eso, todas las cosas se ejecutan y se llevan a cabo sin una participación interior, mas como cargas recibidas de otros y de las cuales no se comprende el sentido y no se capta el dinamismo. El tibio siempre está presente como espectador extraño. Pertenece a aquella categoría de personas que siempre se encuentran en un lugar como por casualidad. Asisten, pero no participan. Están físicamente presentes, pero espiritualmente ausentes.

El tibio es como el que ha enterrado el talento recibido y espera poder ser recompensado por Dios cuando vuelva, solo porque ha enterrado y encerrado en el sepulcro y en el sueño de la muerte su inteligencia, su voluntad, su libertad, sus manos, su boca, sus pies, su corazón.

En el alma tibia, la inteligencia se rehúsa a acoger y valorizar la luz que Dios le concede; la voluntad ya no tiene energía; el corazón gradualmente se pone insensible al amor de Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica afirma: "La tibieza es una vacilación o negligencia en responder al amor divino"
[3].

La indiferencia causada por la tibieza es para Dios mayor ofensa que la ruptura abierta, el rechazo, el pecado. En efecto, el rechazo explícito, el pecado profundo, puede dar origen, por reacción, a la conversión, mientras que quién se conforma con lo mínimo no estará nunca en condición de buscar lo demás, de buscar la plenitud de la amistad.

No tenemos que olvidar que en la vida cristiana todo se basa en una relación de amistad personal con el Señor. Y cuando esta relación flaquea, duerme, enferma, entonces todo el resto pierde su sentido y antes o después se lo abandona.

A veces, cansancio físico, pruebas morales o incapacidad de concentración  pueden llevar a un desaliento, al sentido de inutilidad, al deseo de abandono. Debemos saber bien que esto no es nada extraño y nada pecaminoso. También los más grandes santos han vivido estas experiencias. Tenemos que recordarnos siempre que el crecimiento espiritual se desanuda lentamente en la paciencia. "Tengan paciencia, hermanos,... Miren cómo el sembrador cosecha los preciosos productos de la tierra, que ha aguardado desde las primeras lluvias hasta las tardías" (Stgo 5, 7)
[4].

San Lucas nos recuerda: "El que ha sido digno de confianza en cosas sin importancia, será digno de confianza también en las importantes" (Lc 16, 10). Ser fiel en lo poco nos preserva del sueño de la suficiencia y mantiene límpida nuestra vista, para saber dónde comprar lo que nos hace realmente ricos.


                                                                                                         Irene Iovine
 
13/02/08

[1]  Cf. Estatuto de la Comunidad Redemptor hominis, art. 15.
[2] Cf. C. Gennaro, Tiepidezza, en Dizionario Enciclopedico di Spiritualità. A cura di E. Ancilli y del Pontificio Istituto di Spiritualità del Teresianum, III, Città Nuova Editrice, Roma 1990, 2519.
[3] Catecismo de la Iglesia Católica, 2094.
[4] Cf. E. Grasso, Très chers amis... Thèmes choisis de spiritualité, Centre d'Études Redemptor hominis, Mbalmayo 2000, 215-219.

 
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