Apuntes de Espiritualidad/6
La memoria
Con la palabra memoria entendemos, en general, la facultad de conservar, reconocer y revivir las huellas de procesos psíquicos ya experimentados.
El hebraísmo y el cristianismo son por excelencia religiones de la memoria, fundadas en el recuerdo de hechos históricos que han ocurrido en el curso de los siglos. La conciencia histórica del pueblo de Israel se basa en la convicción de que el mismo Yahvé liberó al pueblo de Israel de la dominación egipcia. El Éxodo hizo posible la formación de una memoria colectiva en el pueblo de Israel; memoria que constituye la base de su religión. Según el pueblo hebreo, la historia, pues, no era cíclica. No consistía en la eterna vuelta de las cosas y los tiempos, sin una finalidad. Al contrario, toda la creación se dirigía hacia una finalidad.
A diferencia del hebraísmo, en cuyo seno ha nacido, el cristianismo pone el centro de la historia en Cristo.
Los cristianos ya viven en el tiempo el Reino de Dios anunciado y realizado en Jesucristo. La Iglesia, al recordar la resurrección de Jesús, recuerda, en efecto, su misma resurrección, como el pueblo de Israel recuerda su liberación en el tiempo del Éxodo1.
Jesús no solo anuncia el Reino, sino que también lo realiza. El tiempo se nos da para convertirnos en lo que Él es. Nosotros no somos todavía lo que Jesús ya es. Toda nuestra historia tiene este sentido: pasar del todavía no al ya. La esperanza del hombre se encuentra encerrada aquí. El hombre espera volverse como Dios; el hombre espera alcanzar al cielo. La esperanza sustenta el camino del cristiano, también y sobre todo en los momentos más difíciles, cuando el sendero se vuelve lleno de peligros y la noche, sombría y oscura.
A las mujeres, que la mañana de Pascua fueron al sepulcro llevando aromas para perfumar el cadáver de Jesús, los ángeles del Señor les dijeron: “¿Por qué buscan entre los muertos al que vive? No está aquí. Resucitó. Acuérdense de lo que les dijo cuando todavía estaba en Galilea...” (Lc 24, 5-6).
Cuando Pedro no supo cómo comportarse frente a los paganos que acogían la palabra de Dios, se recogió en oración. Y el Espíritu Santo bajó, lo iluminó. Y Pedro cuenta: “Entonces me acordé de aquella palabra del Señor...” (He 11, 16).
Las palabras del Señor deben ser puestas en el corazón y en el alma. Deben estar imprimidas profundamente en la memoria, porque son verdaderas (cf. Jdt 11, 10). Deben estar atadas a nuestros dedos y escritas en la tabla de nuestro corazón (cf. Pro 7, 3). Será agradable guardarlas en nuestra memoria y tenerlas listas en nuestros labios (cf. Pro 22, 18).
De esta fidelidad a la memoria, María es el ejemplo más alto que tenemos. Sin María, no comprenderemos nunca cómo hacer memoria. De ella el Evangelio dice pocas palabras. Leemos en san Lucas: “María, por su parte, guardaba todos estos acontecimientos y los volvía a meditar en su interior” (Lc 2, 19). Notamos que no se dice que María comprendió, sino que guardó. Ahora bien, es importante, también para nosotros, esta obra de conservación, de depósito de todas las cosas (no solo palabras, sino también gestos, expresiones, músicas, hechos, situaciones, etcétera). Guardarlo todo y meditar. Meditar quiere decir asimilar, reordenar, reconstruir, conectar, explicar una cosa con la otra.
En el mundo trastornado de hoy ¿qué se guarda en el corazón y sobre qué se medita? En un mundo donde todo es light, todo se vive en el instante, sin un pasado ni un futuro, no hay espacio para la memoria, ya que todo se vive y se consume, como una bebida, en un minuto. En la memoria no se puede fijar nada, porque ya nada es estable, todo pasa y resbala fuera como un líquido; vivimos en la que los sociólogos hoy llaman la sociedad líquida. No se buscan experiencias que marcan una vida, sino experiencias que olvidar inmediatamente después. No se quiere encontrar a una persona a la que querer, sino más bien un objeto que usar. Se tiene miedo de comprometerse, de dar una palabra, de permanecer fiel. Uno no se da a nadie, sino que pretende que los demás se entreguen a él. Por eso, hoy, pronunciar palabras como memoria, amor y fidelidad suena ridículo a muchas orejas que escuchan. Sin embargo, como cristianos tenemos que creer que también en este mundo tan desarrollado y autosuficiente, pero también tan vacío y pobre en sentido sin Jesús, hay ojos, de cada color, en búsqueda. Ojos que quieren cruzar al que vive el amor y ojos que quieren ver al que es fiel al anillo, que encierra en su círculo la memoria de un amor.
Hay también una memoria que se mantiene viva por medio de algunos signos. Nosotros los cristianos, por ejemplo, muchas veces llevamos el rosario en el bolsillo o ponemos un anillo en el dedo o colgamos una medallita al cuello, como signos de fidelidad a nuestro amor. Todo esto es hermoso; no tiene nada supersticioso y no es digno de desprecio. Es, más bien, una práctica que se debe animar y favorecer. Pero, se trata siempre de escribir, como nos dice el libro de los Proverbios, el mismo amor también en la tabla de nuestro corazón; de lo contrario, caemos en la magia de creer que un rosario, un anillo o una medallita salvan, también cuando nuestro corazón y toda nuestra actitud van hacia toda otra dirección.
Cada uno conserva en la tabla de su corazón la memoria de su historia y la piedrecilla recibida. Como dice el Apocalipsis: “Al vencedor le daré un maná misterioso. Le daré también una piedrecilla blanca con un nombre nuevo grabado en ella que solo conoce el que lo recibe” (Ap 2, 17).
En la historia de los cristianos, cada uno vive plenamente si tiene su piedrecilla blanca. Cada piedrecilla es diferente de la otra. La piedrecilla blanca es un don de Dios, pero también una conquista, día tras día, del hombre. No podemos dar a nadie nuestra piedrecilla. Podemos, sin embargo, ayudar al otro a conquistar la suya, solo viviendo hasta el final nuestra fidelidad, nuestro don, nuestra piedrecilla.
Irene Iovine
25/02/08
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