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Apuntes de Espiritualidad/7 

La responsabilidad personal




Un aspecto muy importante en la vida del cristiano es el de la responsabilidad personal.

Descubrir esta responsabilidad quiere decir salir de una visión de la vida, en la que el hombre es un simple anillo de una larga cadena que está en las manos de otro, que puede hacer de él lo que quiere. En esta visión de la existencia, el hombre no piensa, sino que está pensado; no vive, sino que está vivido; no actúa, sino está actuado.

Dios, en cambio, ya desde el principio, llama al hombre a la responsabilidad, a vivir y a rendir cuentas, en primera persona, de todos sus actos.

En el relato del Génesis, el pecado de Caín se manifiesta con una respuesta de irresponsable. A Dios queAbel y Caín le pregunta dónde se encuentra el hermano Abel, Caín contesta con el clásico: “No sé”, que no es otro que la traducción en palabras de una declaración de irresponsabilidad: “Yahvé preguntó a Caín: ‘¿Dónde está tu hermano?’. Respondió: ‘No lo sé. ¿Soy acaso el guardián de mi hermano?’” (Gén 4, 9).

En la alianza con Noé, que es un pacto no con un solo pueblo sino con toda la humanidad, una vez más, Dios pone en la base el principio de responsabilidad: “Reclamaré la sangre de ustedes como si fuera su alma. Pediré cuenta de ella a cualquier animal. Y también el hombre deberá responder de la sangre de cualquier hombre, hermano suyo” (Gén 9, 5).

De gran importancia es también el pasaje bíblico, donde se afirma el principio de responsabilidad personal, que es independiente de la responsabilidad de los padres o de los hijos. Este es un pasaje decisivo de una religión de la sangre a una religión de la libertad: “No se matará a los padres por la culpa de sus hijos, ni a los hijos por la de sus padres. Cada cual pagará por su propio pecado” (Dt 24, 16). Por tanto, en este sentido, ningún padre es responsable de los gestos de un hijo suyo y ningún hijo es culpable de los actos puestos por el padre.

Dios, creando al hombre, casi ha renunciado a su omnipotencia. Por su don y su gracia, la omnipotencia de Dios se ha convertido en la libertad del hombre. De aquí nace el principio de la responsabilidad. ¿Qué hacemos de la omnipotencia de Dios que se ha transformado en nuestra libertad?

Con respecto a esto, el libro del Eclesiastés nos recuerda de tener mucho cuidado cuando, en toda libertad, damos una palabra o estipulamos una alianza. En efecto, cuando hacemos un pacto, empeñamos nuestra libertad, pero vinculamos también la libertad del otro que hace alianza con nosotros. Ahora bien, si nuestra libertad está en nosotros, no está en nosotros la libertad del otro. Estipulando un pacto de alianza, un pacto nupcial, ya no estamos libres de romper este pacto como si el otro no existiera. Por tanto, si lo rompemos, hemos matado la libertad del otro, que, en aquel pacto, se había entregado a nosotros.

He aquí porque, según el principio de responsabilidad, podemos estipular una alianza o no; pero, una vez que la hayamos estipulado, es una grave culpa romperla, sin el acuerdo con el otro. Por eso, el Eclesiastés nos amonesta con estas palabras: “Si has hecho una promesa a Dios, no tardes en cumplirla, pues Dios no ama a los tontos: Si lo has prometido, hazlo. Más vale no prometerle algo que prometer sin cumplirlo” (Ec 5, 3-4).

Desde el inicio hasta el fin, toda la Biblia nos habla de este principio de responsabilidad personal, y llama a cada uno de nosotros a no descargarse de sus propias tareas, sino a tomar en serio este gran e incomparable don de la libertad, que hemos recibido desde el primer instante de nuestra vida.

Muchos renuncian al principio de la responsabilidad, y siempre encuentran a otro al que imputar sus culpas, sus faltas, sus pecados. Algunos dicen que no son responsables porque no entienden; otros, porque no han sido educados; otros, porque no quieren; otros, porque están empujados por la situación; otros, a causa de los compañeros; otros, porque no saben; otros, porque es la primera vez; otros, porque débiles de voluntad; otros, porque incapaces de entender, y otros todavía dan la culpa de todo al Señor. Ellos dicen que es el Señor quien hace pecar al hombre. Su concepto de la omnipotencia de Dios no les hace entender que Dios se ha hecho débil, para permitir al hombre estar libre. Pero, la debilidad de Dios no quiere decir complicidad con el pecado del hombre. Dios, nos recuerda el libro del Sirácides, no ha mandado a nadie ser impío y no ha dado a nadie el permiso de pecar1.

“No digas: ‘¡Dios me hizo pecar!’ porque él no hace lo que odia. No digas: ‘¡Me hizo cometer un error!’ porque no necesita a un pecador. Si tú quieres, puedes observar los mandamientos; está en tus manos el ser fiel. Ante ti puso el fuego y el agua: extiende la mano a lo que prefieras. Delante de los hombres están la vida y la muerte, a cada uno se le dará lo que ha elegido” (Sir 15, 11-12; 15-17).

El Señor de la vida y la libertad no nos impone nada. Pues, si queremos, observaremos sus mandamientos y si nos gusta, elegiremos su vida. Él nos deja libres de actuar con nuestra inteligencia, nuestra voluntad y nuestra responsabilidad.

                                                                                                      Irene Iovine
 
06/03/08


1 Cfr. E. Grasso, Très chers amis... Thèmes choisis de spiritualité, Centre d’Études Redemptor hominis, Mbalmayo 2000, 179-186.
 
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Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis. Realidad eclesial fundada en Roma por el P. Emilio Grasso a finales de los años 60
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