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Apuntes de Espiritualidad/8



"Pecado": una palabra que no se debe pronunciar



Permanece importante, para nosotros los cristianos y para los hombres en búsqueda de sentido, una relectura del relato del libro del Génesis acerca del pecado original - que, según la enseñanza de la Iglesia católica, se encue ntra en el origen de todas las enfermedades espirituales - para comprender su profundidad.
Según el relato bíblico, Dios, después de haber creado al hombre, lo puso en el jardín del Edén para que lo cultivase y lo custodiase. El Señor dio este mandato al hombre: "Puedes comer todo lo que quieras de los árboles del jardín, pero no comerás del árbol de la Ciencia del bien y del mal. El día que comas de él, ten la seguridad de que morirás" (Gén 2, 16-17).
El conocimiento del bien y del mal, en el sentido de determinar lo que es bueno y lo que es malo, pertenece únicamente a Dios. El pecado es el vano intento del hombre de usurpar dicha característica divina.

Para comprender mejor esto, Jean-Jacques von Allmen afirma que se debe poner en comparación la noción hebrea de conocimiento con la griega clásica. El verbo conocer, según la visión griega, indica la posesión intelectual del objeto conocido. Conocer es esencialmente saber y el contrario del conocimiento es la ignorancia y el error.
Según la visión hebrea, que incluye la visión griega y la supera, el conocimiento, más que hacer entrar al sujeto en posesión de un objeto, a través de la idea que la inteligencia se forma de él, significa, más bien, dejarse encontrar por una realidad que invade la intimidad del sujeto; comporta una unión del sujeto que conoce con el objeto conocido. Conocer, pues, es estar comprometido con una historia, y consentir en este empeño. Ya no está en juego solo la inteligencia, sino que interviene también la voluntad. El contrario del conocimiento ya no se reduce a la ignorancia y al error, sino que se vuelve desobediencia, rebelión, intento de vivir en la autonomía rechazando a Dios y su enseñanza: este es el pecado[1].

Volviendo al libro del Génesis, en la imagen de comer el fruto prohibido está expresada la transgresión de un precepto puesto por Dios. Está representado el mal uso, por parte del hombre, de su facultad cognoscitiva y de su libertad, en el intento de "volverse como Dios", determinado a solas lo que es bueno y lo que es malo, y de actuar en consecuencia. Está indicada una reivindicación de autonomía moral, con la cual el hombre trata de renegar su estado de criatura.
En el pecado de los orígenes está el intento, por parte del hombre, de fijar, según sus intereses, el criterio de juicio. Es él quien determina, de acuerdo con su criterio particular, lo que es bueno y lo que es malo, lo que se debe hacer y lo que, al contrario, no se debe hacer. A propósito de esto, el profeta Isaías dirá: Ay de aquellos que llaman bien al mal y mal al bien, que cambian las tinieblas en luz y la luz en tinieblas, que dan lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!" (Is 5, 20).

La soberbia

La fuente del pecado, hecho posible por la libertad humana no utilizada para el bien, está en la soberbia del hombre que quiere ser como Dios, "conocedor del bien y del mal", según un recorrido que el hombre mismo quiere establecer. La culpa original es un pecado de orgullo. El pecado de querer poner el propio criterio en la relación con Dios y con los hombres.

Las consecuencias del pecado están descritas muy bien en el relato de la construcción de laTorre de Babel Torre de Babel: la dispersión de los hombres en individuos y pueblos ya no comunicantes; la confusión de las lenguas; la incapacidad y el consiguiente abandono de la construcción de la ciudad como proyecto común; la desintegración de la persona como ser relacionado, capaz de encontrar al otro y de entrar en relación de amistad con él, y la consiguiente atomización del hombre, de un ser social se transforma en un existente entre los demás, que se mueve en vacío sobre sí mismo (cfr. Gén 11, 1-9).
El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de El nuestros corazones. Como el primer pecado, es una desobediencia, una rebelión contra Dios por el deseo de hacerse ‘como dioses', pretendiendo conocer y determinar el bien y el mal (Gén 3, 5). El pecado es así ‘amor de sí hasta el desprecio de Dios'"[2].
El pecado de orgullo es la primera de todas las culpas, el origen primero de todas las enfermedades espirituales. Este pecado hace tontos y rebeldes.

La libertad del hombre

Nos entran ganas de preguntarnos: "¿Por qué Dios ha creado al hombre libre, sabiendo que puede usar mal de su libertad, volviéndose rebelde a la palabra revelada, hasta el punto de despreciar al mismo Creador?"

Los Padres de la Iglesia contestan que la tentación de nuestros progenitores, tenía la finalidad de poner a prueba constantemente la voluntad del hombre y dar así fuerza y valor a su elección por Dios.
Jesucristo se presenta al hombre como Camino, Verdad y Vida (cf. Jn 14,6), pero esta no es una imposición, sino solamente una propuesta de vida, frente a la cual cada persona está llamada a hacer su libre elección. Con tal propuesta, se abre para el hombre el camino de su deificación, es decir, de volverse como Dios[3].
Impresiona que Dios, quien nos ha creado sin nuestro permiso, una vez que nos ha creado, ya no haga nada para nosotros sin nuestra participación. Dios nos deja libres y no nos roza ni siquiera con un dedo sin nuestro consentimiento. San Agustín nos recuerda, y al mismo tiempo nos amonesta que Dios, que nos ha creado sin nuestro permiso, no podrá salvarnos sin nuestra voluntad[4]. Y esto, porque Dios quiere tener con nosotros una relación de amistad y no la de criado-amo.

En cada instante, pero especialmente en ciertos momentos de la vida, antes o después, también nosotros como todos, por un motivo u otro, nos encontramos frente a un fruto prohibido; a un criterio de juicio que rompe nuestros planes, nuestros proyectos, nuestras particularidades, nuestra ética, nuestra religión, nuestra cultura, nuestra historia y nuestra esperanza. Son estos los momentos en que nuestra libertad de cristianos está llamada a ser libertad de aceptación de Dios, como criterio fundante de nuestra vida. Pero, para aceptarlo es necesaria la fe, es decir, se debe confiar en Dios. La fe auténtica nos permite llegar a hacer morir nuestro criterio, nuestro yo, para aprender a vivir según su criterio y su vida.

En este saber renunciar libremente a su propio criterio para asumir el de Dios, el hombre vuelve a encontrar y lleva a cumplimiento su vida, el deseo más profundo que ha sido puesto por Dios en su corazón: "El que ama su vida la destruye; y el que desprecia su vida en este mundo, la conserva para la vida eterna" (Jn 12, 25).
Si el hombre no hubiera sido creado libre, la vida que se le ha dado habría permanecido siempre algo necesario e impuesto por naturaleza. La libertad hace salir al hombre de su indeterminación y le da la dignidad de ser diferente de todos los demás seres. Esta libertad "es en el hombre una fuerza de crecimiento y de maduración en la verdad y la bondad. La libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, nuestra bienaventuranza"[5], que nos hace volver como Él.

Irene Iovine



14/03/08

[1] Cf. J.-L. Leuba, Conoscere, en J.-J. Von Allmen, Vocabolario Biblico, Editrice A.V.E., Roma 1969, 84-86.
[2] Catecismo de la Iglesia Católica, 1850.
[3] Sobre este tema, véase la sección "La misionología para todos", en particular el artículo n.° 4.
[4] Cf. SANT'AGOSTINO, Sermo 169, 11, 13, en Discorsi III/2, Città Nuova Editrice, Roma 1990, 795.
[5] Catecismo de la Iglesia Católica, 1731.

 
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