Apuntes de Espiritualidad/24
La autoridad en la vida religiosa
Existen diversos tipos de autoridad, que responden a otras tantas formas de instituciones. El término autoridad, en general, puede definir el poder, que el superior tiene, de mandar y dirigir a los propios súbditos en una sociedad constituida. También la Iglesia, como sociedad, es una institución fundada en la autoridad. Precisamente, en una autoridad de orden jerárquico, cuya naturaleza y cuyas tareas resultan bien definidas"[1]. Dios Padre, autoridad suprema, envía al Hijo Jesús, el cual instituyó al colegio de los doce Apóstoles, a los cuales sucedieron los Obispos, con el Romano Pontífice como cabeza. Está conectada con el poder jerárquico también la autoridad de los superiores religiosos, pero mientras que, en el ambiente político-social, la autoridad es sinónimo de dominio, en el campo religioso las partes se invierten: quien está arriba se pone en una actitud de servicio. Así, gobernar es acoger la voluntad de Otro, ponerse a disposición de Dios y de los hombres, para actuar en el tiempo el misterio de la salvación[2].
Todos, en la comunidad, están llamados a buscar lo que le gusta a Dios y a obedecer a Él; algunos están llamados a ejercer, en general temporalmente, la tarea particular de ser signo de unidad y guía, en la búsqueda y el cumplimiento personal y comunitario de la voluntad de Dios. Es esto lo que viene llamado servicio de la autoridad[3].
Estar a disposición de Dios quiere decir hacer, como Jesús, la voluntad del Padre y no la nuestra. Estar a disposición de los hombres significa imitar a Jesús que nos dice: "El Hijo del Hombre no ha venido para ser servido, sino a servir" (Mt 20, 28).
En la homilía de inicio de su ministerio petrino, Benedicto XVI afirmaba: "Mi verdadero programa de gobierno no es el de hacer mi voluntad, de perseguir mías ideas, sino el de ponerme a la escucha, junto con toda la Iglesia, de la palabra y la voluntad del Señor y dejarme guiar por Él, de manera que sea Él mismo el que guía a la Iglesia, en esta hora de nuestra historia".
La autoridad religiosa no puede, por lo tanto, limitarse a ser solo una institución sin una interioridad: "Como los demás miembros de la Iglesia, también los que están investidos del poder sagrado se encuentran condicionados, en el cumplimiento de su ministerio, por las exigencias y las instancias de la palabra divina. No pueden, por lo tanto, reivindicar para sí ninguna autoridad que no esté en íntima relación con el dato revelado. ... Es la palabra de Dios la que garantiza, en una visual de autenticidad, la misión espiritual de quien preside a la comunidad cristiana"[4].
El programa de gobierno
El verdadero programa de quien gobierna a una comunidad religiosa tendría que ser, por lo tanto, el de no hacer la propia voluntad y de no perseguir las propias ideas. En la vida religiosa, cada uno tiene que buscar con sinceridad la voluntad del Padre. La autoridad, que guía a los cofrades, está al servicio de esta búsqueda, para garantizar que esta acontezca no en la hipocresía y la mentira, no en el engaño y la maldad, sino en la sinceridad y la verdad.
Hasta que la autoridad que dirige a una comunidad sea guía firme y decidida, en la escucha de la palabra de Dios y la realización de su voluntad, la comunidad progresará, avanzará, vivirá. Pero, cuando el superior ya no tenga esta actitud de escucha de la palabra de Dios, y empiece a seguir la propia palabra o la de quien se opone a la construcción del reino de Dios, la comunidad retrocederá y se encaminará lentamente a la muerte.
Hasta que la autoridad, puesta como guía de una comunidad, no condescienda a los propios proyectos, criterios, ideas, a metros de juicio y consideraciones personales, a los propios cálculos y dudas, sino que busque seguir solo lo que es la voluntad de Dios y entrar en "otro" orden de valores, entonces la gracia de Dios que propone, unida a la libertad de quien lleva a cabo, realizarán grandes cosas. Como las que Dios pudo realizar por medio de María.
La autoridad del superior se fundamenta en la credibilidad
El haber sido elegido no es suficiente para conferir autoridad a un superior.
La autoridad religiosa proviene también de la confianza que el superior infunde a los cofrades, a fin de que sea guía para ellos, por ser "ejemplo en el ejercicio de las virtudes y en la observancia de las leyes y tradiciones"[5] que mantienen viva a la comunidad. Es una conquista en el campo, día tras día, en la fidelidad a las tantas pequeñas cosas, que preparan a las grandes elecciones. A veces, exactamente por innumerables infidelidades escondidas, se pierde la confianza conquistada y también la autoridad conferida, olvidándose que el lugar que se ocupa no exime del trabajo que cada día se debe hacer, para responder a la voluntad de Dios
Se exige, por lo tanto, una gran coherencia de parte de quien guía a las comunidades: "La persona llamada a ejercer la autoridad tiene que saber que podrá hacerlo, solo si ella la primera emprende aquella peregrinación que conduce a buscar, con intensidad y rectitud, la voluntad de Dios. Vale para ella el consejo que san Ignacio de Antioquía daba a su cofrade Obispo: 'Nada se haga sin tu consentimiento, pero tú no hagas nada sin el consentimiento de Dios'. La autoridad tiene que actuar de tal modo que los hermanos o las hermanas puedan percibir que ella, cuando manda, lo hace únicamente para obedecer a Dios"[6].
Lo que perjudica a la autoridad
A veces, en la vida consagrada, nos ponemos tranquilos, porque, como felices hacendados, creemos haber cumplido ya la voluntad de Dios por haber dicho un "sí" inicial que, en cambio, se debe repetir en cada momento. Nos mecemos en la ilusión de que el haber dicho una vez el "sí" a su voluntad pueda ser suficiente por toda la vida. Dios, en efecto, es el Dios Viviente que nos habla cada día, y nosotros tenemos que disponernos a escucharlo y a responderle puntualmente, sin cansarnos nunca.
Cuando nos cansamos de sus preguntas, buscamos darle enseguida una respuesta "presurosa", no porque estemos empujados por el ímpetu de responder inmediatamente a su voluntad, sino solo para poder volver, lo más pronto, a nuestra tranquilidad y a ocuparnos de "nuestros cosas" y no de las "suyas".
En cambio, lo que nos tendría que fatigar debería ser el vivir sin Él, sin su palabra, sin sus preguntas. María no se cansó de responder con su "sí", cada vez que estaba llamada a hacerlo. Dio su adhesión no solo en el momento de la Encarnación, sino también en tantas situaciones, hasta proferir su "sí" a los pies de la cruz.
El Estatuto de la nuestra pequeña Comunidad nos recuerda: "El primer compromiso de aquellos que están llamados a ejercer la autoridad será la fidelidad personal al carisma de la Comunidad, vivida en el escucha-respuesta de la palabra del Señor"[7].
Comprender que cada verdadera autoridad, en la Iglesia, tiene su fundamento en la docilidad a la voluntad de Dios quiere decir también entender que cada uno de nosotros, que guíe o esté guiado, se transforma en autoridad para los demás con la propia existencia vivida en obediencia a Dios; una autoridad "conmensurada a la proximidad a Dios y a la secuela de Jesús, pobre, humilde y servidor"[8].
Irene Iovine
[1] V. Pasquetto, Autorità, en Dizionario Enciclopedico di Spiritualità, I. A cura di E. Ancilli e del Pontificio Istituto di Spiritualità del Teresianum, Città Nuova Editrice, Roma 1990, 246.
[2] Cf. V. Pasquetto, Autorità..., 246-247.
[3] Cf. Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica, El servicio de la autoridad y la obediencia, 11 de mayo de 2008, 1.
[4] V. Pasquetto, Autorità..., 247.
[5] Can. 619 del Código de derecho canónico.
[6] Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica, El servicio…, 12.
[7] Estatuto de la Comunidad Redemptor hominis, 43.
[8] M. Guerrero Guerrero, Autorità, en Dizionario Teologico della Vita Consacrata, Ed. Ancora, Milano 1994, 111.
19/12/09
|