Entre historia y profecía
Cuando en la Iglesia se habla de "profecía", no hay que pensar en magos, astrólogos, cartománticos y adivinos, que predicen el futuro, hacen el horóscopo y dicen si nuestras actividades profesionales serán productivas, si en el amor tendremos éxito, o si el planeta Mercurio, en posición adversa, causará incomprensiones con el cónyuge.
El profetismo bíblico, como se puede ver en el Antiguo Testamento, no consiste en vaticinios y
pronósticos con relación a nuestras vicisitudes personales. Es, esencialmente, una realidad carismática, suscitada por Dios, quien, por medio de los profetas, revela su amor salvador al pueblo de Israel.
Los profetas, destinatarios de un don divino, son elegidos para cumplir una misión, llevar un testimonio y comunicar el verdadero sentido de la historia que permite discernir e iluminar las realidades presentes.
Como testigo del Dios invisible, del cual tiene una viva experiencia personal, el profeta es el hombre de la Palabra; sin ninguna legitimación institucional y en plena libertad, explica y juzga las situaciones humanas a partir de la óptica divina. Los juicios que expresa no son siempre fáciles de digerir, y muy a menudo le causan aislamiento, oposición, persecución, porque la verdad que proclama suscita, frecuentemente, la ira de todos: del rey, de los sacerdotes y del mismo pueblo.
Jesucristo es el Profeta definitivo; en ningún otro hombre Dios ha revelado, de manera tan eminente, su presencia y ha demostrado su fidelidad. Jesús no solo anuncia la salvación de Dios para su pueblo, sino que se identifica con ella y la realiza para siempre.
En la Iglesia, recuerda el Concilio Vaticano II, todos los fieles están llamados a participar, según su propia vocación, de la misión profética de Cristo[1].
Centinela, ¿cuánto queda de la noche?
La vida consagrada reivindica para sí una apropiación particular de esta función profética, y es, en la Iglesia, una forma especial de participación de la función profética de Cristo, comunicada por el Espíritu a todo el pueblo de Dios[2].
La tradición patrística ha reconocido en el profeta Elías, un hombre audaz y amigo de Dios, un
modelo de vida consagrada monástica. Elías proclamaba con coraje la verdad; intercedía por los pobres; luchaba por los derechos de Dios, y se lanzaba contra los poderosos para defender a los débiles, demostrando que la verdadera profecía nace de la amistad con Dios y de la escucha de su Palabra[3].
La vida consagrada, de manera del todo particular, garantiza en la Iglesia este patrimonio profético. A ella se le ve como un "signo" escatológico, es decir, una prefiguración de la realidad del Reino de Dios, que ya está presente en medio de nosotros, pero no ha llegado todavía a su plenitud.
Como centinelas ("Centinela, ¿qué hora es de la noche?", Is 21, 11) que escudriñan constantemente los signos del Reino y de su justicia, los religiosos permanecen fieles a su propio puesto de guardia, animados por el amor personal a Cristo y a los pobres[4].
Signo y realidad
La vida consagrada puede ser considerada un "signo" del mundo que vendrá, porque ya desde ahora existen hombres y mujeres que dan un testimonio radical de la primacía de Dios y de los valores del Evangelio. El valor de "signo" encuentra su justificación y credibilidad en la realidad auténticamente vivida por los que la han abrazado.
Se entiende cada vez mejor, pues, que la identidad propia de las personas consagradas no se revela en su comportarse como grandes trabajadores o expertos organizadores, sino en llevar aquella presencia profética en el mundo. En garantizar en el seno de la Iglesia una conciencia iluminada e iluminadora; en comunicar a los hombres una experiencia de vida enteramente involucrada en la aventura de la fe.
Los miembros de las comunidades de vida consagrada dejarían de ser "signo" del Reino de Dios, si renunciaran a ejercitar esa conciencia crítica de la realidad, en las relaciones humanas y en los acontecimientos personales, comunitarios, ordinarios o extraordinarios de la historia.
De manera muy significativa, se ha dicho que la vida de las órdenes religiosas ha representado una "terapia de choque"[5], realizada por el Espíritu Santo para la salud misma de la Iglesia, contra cualquier forma de componendas, de adaptación y tibieza en la fe.
Las órdenes religiosas han realizado esta terapia invocando, contra una Iglesia rica, la pobreza
de Jesús; contra una Iglesia triunfante, la memoria del Crucificado, y suscitando una sana inquietud allá donde los equilibrios humanos de ella olvidan las exigencias evangélicas.
La profecía, que la vida consagrada está llamada a garantizar en la Iglesia, sin duda, no transforma a sus miembros en espectadores ante las angustias y las necesidades de sus contemporáneos. Por el contrario, les da los "ojos" para leerlas e interpretarlas más profundamente y para comprometerse más radicalmente, a la luz del misterio de la redención[6].
La vida consagrada nunca es evasión de la historia y sus problemas. Los consagrados de todos los tiempos lo han demostrado, colocándose en primera línea al servicio de los pobres, los encarcelados, los enfermos y todos los desheredados.
En la vida cristiana, en efecto, nunca hay oposición entre historia y profecía, siendo esta última nada más que el presente histórico, orientado concretamente a la búsqueda de su sentido más profundo.
Silvia Recchi
[1] Cf. Lumen gentium, 35.
[2] Cf. Lumen gentium, 44.
[3] Cf. Vita consecrata, 84.
[4] Cf. el artículo de E. Grasso, La notte della vita consacrata oggi. Valori teologici e spirituali, en Aa Vv, La notte grembo di vita, Centro Studi USMI, Roma 2000, 25-39 [suppl. al n.º 12 (2000) de "Consacrazione e Servizio"].
[5] Cf. J.B. Metz, Un temps pour les ordres religieux?, Cerf, Paris 1981, 10.
[6] «Los miembros de la Comunidad están unidos, sobre la base de su consagración bautismal, por la vocación común a participar, de una manera más completa y consciente, en la misión de salvación de Cristo Redentor, al servicio de la Iglesia universal, en la inspiración evangélica del propio carisma», Estatuto de la Comunidad Redemptor hominis, 3.