Conocer la vida consagrada/3
Alegrarse del don de Dios
El "carisma" de la vida consagrada
El término "carisma", en su sentido general, indica una gracia divina (charis), un favor o un don, que Dios concede a los fieles y que produce su bienestar.
El elemento carismático, como los ministerios y las funciones jerárquicas, pertenece a la esencia misma de la Iglesia, vivificada continuamente por los dones del Espíritu. La vida de la Iglesia, en efecto, se expresa en la riqueza y diversidad de dones divinos, concedidos para la construcción de la comunidad cristiana[1].
La vida consagrada está situada en esta dimensión carismática; tiene su origen en la libre e imprevisible acción del Espíritu, y emerge en la historia en formas siempre nuevas.
La Constitución Lumen gentium ha sugerido esta visión, afirmando que la vida consagrada, aunque no concierne a la estructura jerárquica de la Iglesia, es un don divino especial, un signo del misterio cristiano que opera en la Iglesia y pertenece indisolublemente a su vida y santidad[2].
Acogida del don
La naturaleza carismática de la vida consagrada está confirmada cada vez que en la Iglesia nace un nuevo Instituto. Por medio del don hecho a los Fundadores, en el que profundizaremos más adelante, el Espíritu revela algunos nuevos modos de seguir a Cristo en la práctica de los consejos evangélicos, y de manifestar la inagotable riqueza de su misterio.
La noción de carisma, aplicada a la vida consagrada, permite comprender mejor la naturaleza de las comunidades religiosas. Lo que reúne a sus miembros, que les da la razón de existir y un lugar específico en la Iglesia, no es un proyecto humano, aunque muy útil y loable, sino una llamada divina, que los invita a compartir una vocación común, con vistas a un proyecto evangélico que realizar. Un Instituto nunca es una asociación privada, constituida y mantenida simplemente por la libre voluntad de los miembros, para intereses particulares.
La comunidad religiosa se origina de este don original y singular; es la expresión de un "favor"
concedido a toda la Iglesia que, de tal manera, puede llegar más profundamente al misterio de Cristo. Ella nace por "convocación carismática"; es un evento que se inserta en un horizonte de fe, y exige una adhesión a la misión misma del Señor.
De esta visión derivan consecuencias importantes para la comunidad y su apostolado en la Iglesia. El don divino que las originó debe inspirar y determinar la vida de los miembros y su organización en grupo fraterno[3]. Marcará, como un código genético, su espíritu, sus estructuras y su acción eclesial.
Llenos de agradecimiento y gratitud
La vida consagrada no es, por lo tanto, una creación de la Iglesia, sino que esta la "recibe" de su Señor. No son los Obispos y tampoco los Papas (y ni siquiera los miembros) a suscitar a las familias religiosas.
El ministerio jerárquico tiene la tarea de acoger el don, de discernirlo, reconocerlo, aprobarlo, prever una disciplina para protegerlo y cultivarlo según su original identidad. Cada nueva forma de vida consagrada es una interpretación de los consejos evangélicos, sometida al juicio de los Pastores.
Subrayar la dimensión carismática de las comunidades de vida consagrada ayuda a desarrollar un discurso más coherente sobre esta vida, y a comprender que la edificación de la Iglesia local pasa por el respeto de su naturaleza, y no a través de una actividad indiferenciada, ejercitada, a veces, para tapar los numerosos "agujeros" en la pastoral diocesana.
Esto significa también que la fecundidad apostólica de las comunidades y de los miembros depende siempre de la fidelidad vivida con relación al don; y no se puede juzgar el compromiso de las personas consagradas a partir de las necesidades, del trabajo realizado y de los programas que desarrollar.
Igualmente, hay que decir que el valor de la actividad apostólica de un miembro podrá ser distinta de la de otro de la misma comunidad; en efecto, nunca uno es simplemente "intercambiable", porque no se trata de asegurar una función o un trabajo, sino de expresar, precisamente, una presencia carismática, que depende de la propia fidelidad a la vocación; aunque debemos admitir que este discurso no siempre se aplica con coherencia en la Iglesia, y tampoco en las mismas comunidades religiosas.
El carisma de la vida consagrada tiene que ser acogido con gratitud por el beneficiario del mismo, la autoridad eclesiástica y todo el pueblo de Dios. La respuesta a este don de Dios, que
no siempre es inmediatamente entendido y, a veces inclusive se obstaculiza, es la gratitud y la alegría.
Una alegría no superficial, sino que brota, para las personas consagradas, del agradecimiento por estar asociadas a la misión de salvación del Señor. No rostros tristes, postrados bajo el peso de tantos problemas y angustias, sino personas agradecidas y exultantes son la respuesta viviente al don de la vida consagrada.
En efecto, en la raíz del término "carisma" hay el verbo griego que significa exactamente "exultar", "alegrarse". Es el mismo verbo utilizado por el Arcángel Gabriel para saludar, en el momento del anuncio, a la Virgen María ("Alégrate, llena de gracia", Lc 1, 28)[4].
Silvia Recchi
[1] Con el Concilio Vaticano II se realiza un proceso de revalorización de los carismas y de valoración de la dimensión carismática de la Iglesia, recomponiendo una visión eclesial, por la cual, a menudo, se había manifestado rígidamente la oposición entre una Iglesia-carismática y una Iglesia-jerárquico-institucional. Ha sido K. Rahner el teólogo que tuvo más influencia, para una mayor atención a los carismas en la teología y en la visión eclesial, cf. A. Romano, Carisma, en Dizionario Enciclopedico di Spiritualità. A cura di E. Ancilli, I, Città Nuova, Roma 1990, 422-425.
[2] Cf. Lumen gentium, 44; cf. Perfectae caritatis, 1. Los documentos sucesivos del Magisterio confirmarán y desarrollarán ulteriormente esta visión.
[3] Cf. F. Viens, Charismes et vie consacrée, Pontificia Università Gregoriana, Roma 1983.
[4] Es la traducción correspondiente al verbo que, impropiamente, en español se traduce con "salve" (Dios te salve, María...).