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Álbum de familia
Me ha impresionado leer en "Última Hora" los artículos de Andrés Colmán Gutiérrez sobre las raíces históricas del así denominado Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP).
Hablando de ciertas raíces en el activismo social y político dentro de la Iglesia Católica paraguaya, que llegan hasta el punto de formar un "Movimiento Monseñor Óscar Romero" (cf. "Última Hora", 25 de enero de 2009, 2), me he preguntado si no sería fundamental para la Iglesia del Paraguay volver a lo que se puede llamar Álbum de familia.
Esta expresión Álbum de familia llegó a ser famosa en la historia del terrorismo de las Brigadas Rojas en Italia, gracias a un artículo que escribió una de las más destacadas intelectuales marxistas italianas, Rossana Rossanda, en los trágicos tiempos del secuestro de Aldo Moro, Presidente del mayor partido político italiano, que después fue matado por los mismos terroristas.
Rossana Rossanda escribía en este ya famoso artículo: "En verdad, cualquiera que haya sido comunista en los años Cincuenta, reconoce de golpe el nuevo lenguaje de las Brigadas Rojas. Parece que se está hojeando el álbum de familia: existen todos los ingredientes, que nos fueron suministrados en los cursos de Stalin y Zdanov, de feliz memoria. El mundo - aprendíamos entonces - está dividido en dos. Por un lado, está el imperialismo, por el otro, el socialismo" (cf. "Il Manifesto", 28 de marzo de 1978).
Esta visión maniquea, que se pensaba superada, se está volviendo de moda, y puede conducir a trágicas consecuencias.
Tenemos que aceptar, como ejemplo, la humildad de los Obispos del Paraguay, quienes, en su comunicado al término de la Asamblea Extraordinaria del 30 de diciembre de 2008, expresan: "Reconocemos las dificultades que existen en nuestra Iglesia y las asumimos con sinceridad, a la luz del Evangelio, de la enseñanza del Vaticano II y del Magisterio del Santo Padre".
Leer que se utiliza el testimonio sagrado de Mons. Romero, Arzobispo de San Salvador, para fines contrarios a su enseñanza y su sacrificio eucarístico, nos llama a volver a nuestro Álbum de familia, para examinar con humildad nuestras faltas en la práctica y enseñanza eclesial, y nuestra fidelidad al Magisterio de la Iglesia.
El paso del tiempo no debilita, al contrario refuerza, el testimonio de Mons. Romero.
Ahora bien, si nosotros queremos respetar este sacrificio y colocarlo en su justo contexto, debemos subrayar y volver a descubrir sus motivos.
La muerte de Mons. Romero no es un incidente en el recorrido, sino el acto hacia el cual él se ha encaminado.
La vida donada a un Rostro
Más allá de la muerte, Romero ve la mano de Dios y se abandona a la oración. Su vida no cuenta, su martirio es una gracia que él no cree merecer.
Una lectura honesta de la vida de Mons. Romero no permite ninguna instrumentalización ideológica, porque Mons. Romero no muere por ninguna ideología. Él muere por unos rostros concretos.
Me parece que la clave de lectura más apropiada a su persona es la "mística". Romero es un místico. Él contempla el rostro del Padre. Será el dinamismo de la contemplación del rostro del Padre lo que lo llevará a la muerte.
Romero no es un teólogo de profesión ni tampoco un ideólogo. Es un hombre de fe. Él encuentra en el contacto con Dios la fuerza de sus palabras.
En la homilía del segundo domingo de Cuaresma (2 de marzo de 1980), encontramos esta significativa confesión: "Quiero comunicarles con alegría de Pastor, que esta semana hice mis Ejercicios Espirituales... Ayer, cuando un periodista me preguntaba: ¿dónde encontraba yo mi inspiración para mi trabajo y mi predicación?, le decía: ‘Es bien oportuna su pregunta, porque cabalmente vengo saliendo de mis Ejercicios Espirituales'. Si no fuera por esta oración y esta reflexión que trato de mantener unidas con Dios, no sería yo más que lo que dice san Pablo: ‘Una lata que suena'".
Y, una semana después, volverá al mismo tema: "Los hombres que conducen los pueblos por los caminos de Dios deben tener ellos, personalmente, una experiencia de Dios".
Es, pues, esta experiencia de Dios el punto de partida del actuar de Romero.
Una conversión permanente a Dios y a los hombres
El asesinato del jesuita Rutilio Grande, iniciador de las comunidades de base campesinas en Aguilares, fue lo que le abrió los ojos.
Aquella noche pasada en oración junto al amigo asesinado, marca el momento de viraje pastoral de este gran Obispo. Él tiene ahora delante de sí aquel "rostro levantado al cielo, acompañado de dos campesinos": rostro de Cristo que Romero ha adorado y seguido desde su infancia.
La "conversión" de Romero no es una conversión a alguna ideología.
"Romero es nuestro", gritó Juan Pablo II arrodillado frente a la tumba de Mons. Romero.
No instrumentalizar a Romero por intereses ideológicos, como pedía Juan Pablo II, es unirlo a los rostros contemplados, en los que entreveía el rostro de Cristo. No el rostro del Cristo glorioso, sino aquel del Cristo transfigurado en Getsemaní, en el Calvario, en el Gólgota.
Romero ve. Ve "rostros de campesinos sin tierras, ultrajados y matados por las fuerzas y el poder. Rostros de obreros despedidos sin causa, sin paga suficiente para sostener sus hogares. Rostros de ancianos, rostros de marginados, rostros de habitantes de los tugurios, rostros de niños que ya desde su infancia comienzan a sentir la mordida cruel de la injusticia social".
Romero ve porque ha hecho "la experiencia de Dios", ve porque no es el hombre "doblado" en sí mismo y, como tal, capaz solamente de mirarse a sí mismo con sus problemas.
Pecado personal como origen del pecado social
Romero vuelve insistentemente al problema de la penitencia, de la conversión del corazón, de la liberación del pecado personal.
Para Romero, el pecado social es consecuencia del pecado personal del hombre. "Por eso, la salvación comienza desde el hombre, desde la dignidad del hombre, de arrancar del pecado a cada hombre. Y en la Cuaresma, este es el llamamiento de Dios: ¡Conviértanse! Individualmente". Romero ve en el pecado, en el pecado que, aún antes de manifestarse en actos exteriores y cristalizarse en estructuras sociales, está en lo profundo del corazón del hombre, el origen del Mal que está por dominarlo.
"En el corazón del hombre están los egoísmos, las envidias, las idolatrías y es allí donde surgen las divisiones, los acaparamientos... Hay que purificar, pues, esa fuente de todas las esclavitudes. ¿Por qué hay esclavitudes? ¿Por qué hay marginaciones? ¿Por qué hay analfabetismo? ¿Por qué hay enfermedades? ¿Por qué hay un pueblo que gime en el dolor? Todo esto está denunciando que existe el pecado".
Romero ve los límites de cada liberación que no parta de la conversión del corazón del hombre.
Si no se quiere caer en la ilusión de fáciles y trágicos inmediatismos, para Romero es necesario ir al centro del problema, a lo que "la Iglesia siempre estará predicando: arrepiéntanse de sus pecados personales".
E. G.
12/02/09
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