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A LAS FUENTES DE LAS ESTRUCTURAS DE PECADO


En "ABC Color" de martes 1 de diciembre de 2009, pág. 8, Hugo Saguier Guanes expresa su opinión con respecto a la homilía inaugural del novenario de Caacupé, pronunciada por Mons. Zacarías Ortiz.

Tomo solo un breve pasaje de este largo artículo, y quiero subrayar que, por no haber escuchado la homilía de Mons. Zacarías Ortiz, no me permito dar ningún juicio sobre la misma.

Por lo tanto, me refiero solo a estas palabras del columnista: "Nosotros habríamos querido escuchar de boca del Obispo Zacarías las causas profundas que generan este desencuentro global más allá de las consideraciones meramente económicas y sociales. Y la respuesta a nuestras inquietudes no podría ser otra que la que dio Jesucristo cuando dijo que del corazón del hombre salen los malos pensamientos, las guerras y los adulterios, poniendo el acento en la raíz de los males y no simplemente en los síntomas".

Pecado personal y estructuras de pecado

El Magisterio de la Iglesia tiene presentes y unidas las raíces y las consecuencias del pecado personal. Es por eso por lo que el Magisterio ha progresado, introduciendo la noción de estructura de pecado al lado de la de pecado personal.

Pienso que las dos nociones no pueden separarse. A veces, ciertos pastores de la Iglesia lo reducen todo al pecado personal sin consecuencias sociales, mientras que otros pastores, al contrario, se limitan al pecado social, olvidando su origen y fuente.

Como he dicho, el Magisterio de la Iglesia ha progresado en la comprensión del mensaje del Señor y de Su Palabra, encontrando el justo equilibrio entre pecado personal y pecado social.

En el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia se afirma que "en la raíz de las laceraciones personales y sociales, que ofenden en modo diverso el valor y la dignidad de la persona humana, se halla una herida en lo íntimo del hombre. Nosotros, a la luz de la fe, la llamamos pecado; comenzando por el pecado original que cada uno lleva desde su nacimiento como una herencia recibida de sus progenitores, hasta el pecado que cada uno comete, abusando de su propia libertad. La consecuencia del pecado, enExpulsión de Adán y Eva del Paraíso terrenal cuanto acto de separación de Dios, es precisamente la alienación, es decir la división del hombre no solo de Dios, sino también de sí mismo, de los demás hombres y del mundo circundante: La ruptura con Dios desemboca dramáticamente en la división entre los hermanos. En la descripción del primer pecado, la ruptura con Yahveh rompe al mismo tiempo el hilo de la amistad que unía a la familia humana, de tal manera que las páginas siguientes del Génesis nos muestran al hombre y a la mujer como si apuntaran su dedo acusando el uno hacia el otro (cf. Gn 3, 12); y más adelante al hermano que, hostil a su hermano, termina por arrebatarle la vida (cf. Gn 4, 2-16). Según la narración de los hechos de Babel, la consecuencia del pecado es la desunión de la familia humana, ya iniciada con el primer pecado, y que llega ahora al extremo en su forma social. Reflexionando sobre el misterio del pecado es necesario tener en cuenta esta trágica concatenación de causa y efecto" (n.º 116).

Si el pecado es, pues, el origen de toda alienación, entonces el hombre debe vivir su primer y fundamental combate en su corazón.

Es el pecado personal el que genera las estructuras de pecado; estructuras que, a su vez, condicionan (pero no determinan) la conducta de los hombres.

Juan Pablo II expuso este tema en la encíclica Sollicitudo rei socialis, afirmando que las estructuras de pecado "se fundan en el pecado personal y, por consiguiente, están unidas siempre a actos concretos de las personas, que las introducen, y hacen difícil su eliminación. Y así estas mismas estructuras se refuerzan, se difunden y son fuente de otros pecados, condicionando la conducta de los hombres" (n.º 36).

A la escuela de Mons. Romero

En nuestro tiempo, la síntesis predicada y testimoniada entre pecado personal y pecado social yo la encuentro en la figura de Mons. Oscar Arnulfo Romero.

La manipulación y utilización de este Obispo para fines de poder y enriquecimientos, engañando al pueblo oprimido y crucificado, es uno de los pecados más grandes de "prostitución de la verdad" que se han cometido en el Paraguay. Y es muy triste que en la Iglesia en el Paraguay no se haya tenido el coraje de reaccionar contra esta manipulación y este engaño.

Por amiguismo o por ignorancia, esto, para mí, sigue constituyendo un verdadero escándalo.

Si se leen atentamente sus escritos, se ve cómo Romero vuelve insistentemente al problema de la penitencia, de la conversión del corazón, de la liberación del pecado personal.

"La primera liberación que tiene que propiciar una agrupación política que de veras quiere la liberación del pueblo, tiene que ser: liberarse él mismo de su propio pecado. Y mientras sea esclavo del pecado, del egoísmo, de la violencia, de la crueldad, del odio, no es apto para la liberación del pueblo".

Y en la Misa exequial del padre Rutilio Grande, volvemos a encontrar el mismo tema: "Y mientras no se viva una conversión en el corazón, una doctrina que se ilumina por la fe para organizar la vida según el corazón de Dios, todo será endeble, revolucionario, pasajero, violento".

Romero, en vísperas de su muerte, en el quinto domingo de Cuaresma, nos deja su testamento.

En la línea de la más auténtica visión cristiana, él insiste sobre la conversión del corazón, sobre la conversión personal. Desconfía de los que se esconden detrás del anonimato de la "injusticia estructural, de la violencia institucionalizada, del pecado social". Busca el origen de este "pecado social" y loJuan Pablo II arrodillado ante el sepulcro de Mons. Romero encuentra "en el corazón de cada hombre". Es ahí donde ante todo se debe atacar el pecado, es ahí donde se combate la batalla decisiva, es necesario empezar desde ahí.

El pecado social es consecuencia del pecado personal del hombre. "Por eso, la salvación comienza desde el hombre, desde la dignidad del hombre, de arrancar del pecado a cada hombre. Y en la Cuaresma, este es el llamamiento de Dios: ¡Convertios! Individualmente". Romero ve en el pecado, en el pecado que, aún antes de manifestarse en actos exteriores y cristalizarse en estructuras sociales, está en lo profundo del corazón del hombre, el origen del Mal que está por dominarlo.

"En el corazón del hombre están los egoísmos, las envidias, las idolatrías y es allí donde surgen las divisiones, los acaparamientos... Hay que purificar, pues, esa fuente de todas las esclavitudes. ¿Por qué hay esclavitudes? ¿Por qué hay marginaciones? ¿Por qué hay analfabetismo? ¿Por qué hay enfermedades? ¿Por qué hay un pueblo que gime en el dolor? Todo esto está denunciando que existe el pecado".

Romero ve los límites de cada liberación que no parta de la conversión del corazón del hombre. Para él "cada solución para una organización política acomodada al bien común de los salvadoreños, tendrá que buscarse siempre en el conjunto de la liberación definitiva". Si no se quiere caer en la ilusión de fáciles y trágicos inmediatismos, para Romero es necesario ir al centro del problema, a lo que "la Iglesia siempre estará predicando: arrepiéntanse de sus pecados personales".

En esta visión no nos extrañan las palabras de Romero: "No hay tiempo más precioso, creo yo, para ayudar a la Patria que la Cuaresma, vivida como una gran campaña de oración y de penitencia".

Romero ha muerto porque ha visto. Ha visto el rostro de Dios y ha visto el rostro de su pueblo. Ha visto el rostro de los oprimidos, pero ha visto también el rostro de sus opresores.

Él ha muerto porque ha llamado todos a la conversión. Él nos ha recordado que "Jesús no excluyó a nadie, ni de su mensaje ni de la invitación a entrar en el Reino. Amó a todos sus contemporáneos; y porque los amó realmente a todos ellos, les pidió la conversión", que Romero experimenta en sus propias carnes y "es difícil y dolorosa porque el cambio que se exige no solo se refiere a modos de pensar sino también a formas de vivir".

El camino de la conversión permanente, nos enseña este gran Obispo, es el camino duro y áspero que conduce al Calvario. Es el camino que sale del corazón para alcanzar al mundo en el abrazo de la cruz.

Es el camino difícil y doloroso que nos lleva al éxodo y a la diáspora, a la muerte de seguridades adquiridas y de afectos consolidados. Pero, es el único camino que nos hace fieles a Dios y a los hombres, que permite que en nuestro cuerpo ofrecido se realice la reconciliación entre Dios y el mundo.
 

Emilio Grasso


06/12/09
 
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