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A PROPÓSITO DE LA ENFERMEDAD Y LA MUERTE

DE POLÍTICOS DESTACADOS



He leído el último artículo del P. Aldo Trento
[1] y, en toda amistad y con la gran estima que llevo hacia este hombre[2], debo confesar que me he quedado muy perplejo.

En estos días, fallecieron dos destacados hombres de partidos y trayectorias políticas diferentes: el dirigente del Partido Liberal Radical Auténtico Hermes Rafael Saguier (Rambo), y el senador colorado Martín Chiola. Al mismo tiempo, todos estamos al tanto de que el Presidente de la República, Fernando Lugo, se está curando de un cáncer en el sistema linfático.

Sobre este cáncer del Presidente Lugo, el P. Trento ya había escrito otro artículo, el 19 de agosto de 2010.

Había aparecido una foto que mostraba al Presidente Lugo arrodillado en la Capilla del sanatorio Sirio-Libanés.

Ahora bien, a mi parecer, ya el hecho de no respetar lo que es el acto íntimo de un hombre, acto sin ninguna relevancia política, me parece de mal gusto. Peor todavía es querer sacar conclusiones de tipo exclusivamente político, con las cuales se concluye este artículo: "La Virgen de la Asunción le devuelva la salud para que pueda testimoniar cuanto Dios lo ama y Usted pueda rodearse de amigos sinceros y llevar acabo aquellas iniciativas políticas a la luz de la caridad, que permitan a nuestro pueblo experimentar una calidad de vida más humana. Qué la Virgen, y lo digo de todo corazón, le done una larga vida al servicio de Dios y de los pobres"[3].

Parece que es suficiente que un político caiga enfermo, se arrodille en una iglesia y sea fotografiado, para que, enseguida, desaparezcan todas las motivaciones contrarias, sostenidas con fuerza por el P. Trento, cuando el Obispo Lugo se presentó como candidato a las elecciones presidenciales, y cualquier persona, aprovechando su condición de salud aconseje liberarse del... primer anillo, para sustituirlo con... amigos sinceros.

Me parece que existe confusión, mezcla y falta de distinción (que no quiere decir separación) entre fe y política, esfera privada y pública, amigos falsos y sinceros (políticamente hablando), juzgados según el criterio dictado por una condición de enfermedad.

No es extraño que, en el blog que sigue al artículo, se pueda leer una expresión de perfecta estupidez y falta de caridad, como la siguiente: "Nada mejor un buen cáncer salvador de almas pecadoras" (http://www.tocorre.com/es/main.forum.php?page=det,tid&tid=151678).

Este himno al cáncer, me trae a la memoria un episodio antiguo, acontecido en España en el trágico período de la guerra civil.

Miguel de Unamuno12 de octubre de 1936. En el aula magna de la Universidad de Salamanca se realizaba una solemne ceremonia, presidida por el gran filósofo vasco Miguel de Unamuno, como rector de la Universidad. Tomó la palabra Millán Astray, general de la España que se había sublevado junto con el general Franco contra la República, también en nombre de los valores de la civilización cristiana. Otro orador, el profesor Francisco Maldonado, criticó violentamente a Cataluña y las provincias vascas, definiéndolas: "Cánceres de la nación". Desde el fondo del aula alguien gritó el lema de Millán Astray: "¡Viva la Muerte!".

Unamuno, pausadamente, se levantó y dijo: "Escucho un grito necrófilo e insensato: '¡Viva la Muerte!'. Y yo que he transcurrido mi vida creando paradojas que suscitaban la cólera de aquellos que no las entendían, tengo que decirles, como experto en materia, que esta paradoja salvaje me repugna".

A este punto, Millán Astray ya no alcanzó a controlarse. "¡Abajo la inteligencia -gritó- Viva la Muerte!". Los falangistas aclamaron con gran estrépito. Pero Unamuno retomó su discurso: "Este es el templo de la inteligencia. Y yo soy su sumo sacerdote. Son ustedes los que profanan el recinto sagrado. Ustedes van a vencer porque tienen la fuerza. Pero no van a convencer. En efecto, para convencer tienen que persuadir. Y para persuadir precisa exactamente lo que a ustedes les falta: razón y derecho en la lucha. He terminado".

Con todo respeto y con sentimientos de profunda estima y amistad, debo decir que en el artículo del 2 de diciembre, leído a la luz del antecedente, la expresión que me ha dejado muy perplejo es la siguiente: "En estos días hemos visto cómo murió a los 63 años un conocido político (también un conocido médico y un deportista famoso, corredor de autos). Ha sido suficiente un infarto mientras iba a un acto cultural y todo acabó. Ha sido suficiente un cáncer y el estimado médico falleció, dejándonos a todos aquí. Son hechos que acontecen a menudo. ¡Cuántos hombres 'importantes' en nuestro país en este momento tienen cáncer! Y ¿de qué les sirve su poder si no han tenido la humildad de arrodillarse delante de Jesús?"[4].

Ahora bien, para mí, utilizar el momento de debilidad creatural del hombre (enfermedad y muerte), para hacer un discurso apologético sobre la religión cristiana, es algo que margina el acontecimiento cristiano en los límites de la vida humana, en lugar de ponerlo en el centro de la vida misma.

Hablar de Dios en el centro de la vida

En una famosa carta, escrita desde el cautiverio donde se encontraba, por su resistencia al nazismo y su valiente confesión de fe, que lo condujo a la condena a muerte llevada a cabo el 9 de abril de 1945, en elEl campo de concentración de Flossenbürg campo de concentración de Flossenbürg, el pastor evangélico alemán Dietrich Bonhoeffer escribía: "Los hombres religiosos hablan de Dios cuando el conocimiento humano (a veces por simple pereza mental) no da más de sí o cuando fracasan las fuerzas humanas. En realidad se trata siempre de un deus ex machina, al que ponen en movimiento bien para la aparente solución de problemas insolubles, bien como fuerza ante los fallos humanos; en definitiva, siempre sacando partido de la debilidad humana, o en las limitaciones de los hombres. Semejante actitud solo tiene posibilidades de perdurar, por su propia lógica, hasta el momento en que los hombres, por sus propias fuerzas, desplazan algo más allá los límites y Dios, como deus ex machina, resulta superfluo. Por otra parte, hablar de los límites humanos se me ha convertido en algo cuestionable. Siempre tengo la impresión de que con ello solo tratamos de reservar medrosamente un espacio para Dios. Pero yo no quiero hablar de Dios en los límites, sino en el centro; no en las debilidades, sino en la fuerza; esto es, no a la hora de la muerte y de la culpa, sino en la vida y en lo bueno del hombre. En los límites, me parece mejor guardar silencio y dejar sin solución lo insoluble"[5].

Es un pensamiento que yo, personalmente, comparto de manera total.

En mi experiencia pastoral, insisto siempre que de la enfermedad y de la muerte, como de todo el mundo del más allá ("Creo en la resurrección de la carne y la vida eterna... Espero la Resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro..."), hay que hablar desde los primeros años de vida.

Es una educación falsa e inauténtica la que margina estas realidades fundamentales, con las cuales cualquier hombre, tarde o temprano, tiene que enfrentarse.

Hay un tiempo para sembrar y otro para recoger.

Debemos sembrar, volviendo al pasaje de la carta de Bonhoeffer, en el centro de la vida de los hombres y no en los límites; no en las debilidades, sino en la fuerza, en la vida y en lo bueno del hombre.

Después, en la hora de la debilidad y de la muerte, recogeremos lo que hayamos sembrado.

En los límites, a mí también me parece mejor guardar silencio: llorar con quien llora, sin utilizar la debilidad del hombre para conducirlo a una conversión que, muchas veces, escandaliza y no edifica.

En cierta imagen popular, muchas veces, han representado a nosotros los sacerdotes como buitres que vuelan en el cielo, esperando que el olor de la muerte nos indique la presa que realice nuestra vida.

Existe toda una representación de la religión, de la muerte, del más allá y del sacerdote, que no se coloca en el centro de la vida, sino en sus límites y, por consecuencia, no influye sobre la cultura de los hombres. Y, por eso, vivimos este divorcio entre cultura y fe.

Yo pienso que, con respecto a los grandes e ineludibles temas del dolor, de la enfermedad y de la muerte, sirve una mayor discreción y una menor ostentación.

No cabe duda de que un mensaje que se calle sobre esta temática desaloja el núcleo central del mensaje humano y cristiano, que es la cruz del hombre y la cruz de Dios.

Pero esta cruz, escándalo y locura para los que no creen, es fuerza y sabiduría de Dios y, por eso, se pone en el centro y no en los límites de la vida del hombre.

Me permito decir, sin ninguna polémica, que no debemos esperar la enfermedad o la muerte de nadie, para hablar del acto más grande del hombre; acto que restituye al hombre toda su dignidad: arrodillarse frente a Dios, para no arrodillarse frente a ningún poder creatural.

No utilizar dolor y enfermedad para hablar de Dios

Con quien padezca una enfermedad grave o con quien haya fallecido, me parece que debemos adoptar dos actitudes.

Romano Guardini La primera me la sugiere Romano Guardini en su Escritos filosóficos: "El otro se convierte para mí en Tú, solo cuando cesa la simple relación sujeto-objeto. El primer paso hacia el Tú es aquel movimiento de apartar las manos, dejando libre el espacio en el que puede llegar a validez el carácter de fin en de la persona. Ese movimiento es la primera consecuencia de la justicia y el fundamento de todo amor. El amor personal no comienza -decisivamente- con un movimiento hacia el otro, sino con un retroceso ante él. En el mismo instante se modifica también mi propia actitud. En la misma medida en que el ser considerado por mí, al principio, como mero objeto, es liberado por mí a la actitud del sí-mismo que surge de un centro propio, convirtiéndolo en mi Tú, en la misma medida paso yo de la actitud de sujeto que utiliza o que lucha a la actitud del Yo"[6].

La segunda es una postura de humildad y profunda sabiduría, que deja a Dios lo que es de Dios, y me reconduce a lo profundo de mí mismo, a la sencilla consideración de lo que yo soy. Y es en este volver a mi debilidad y fragilidad creatural en que el discurso a los demás se hace más respetuoso, y menos inútilmente agresivo.

También los políticos, antes de ser políticos, son hombres que tienen el derecho a ser respetados en su fe y conciencia. Y no podemos utilizar su dolor y fragilidad, que anticipan a los nuestros, ni siquiera para hablar de Cristo Jesús.

En el fondo, en estos momentos, lo que sirve es nuestro silencio, para que la voz de la conciencia hable, porque, como ha dicho el Beato Cardenal John Henry Newman: "La conciencia es el primero de todos los vicarios de Cristo" (Catecismo de la Iglesia Católica, 1778).

Y mientras escuchamos las campanas, que con  su repiqueteo nos comunican la muerte de alguien, tendríamos que saber que doblan por nosotros, como nos recuerda John Donne, poeta inglés, a cuyos versos Hemingway se inspiró para el título de una de sus novelas más famosas.

"Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, al igual que si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y, por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti"[7].


Emilio Grasso



[1] A. Trento, "Mejor puercos como nosotros" que la soledad de los intachables, en "Observador Semanal" n.° 282 (2 de diciembre de 2010) 1-2 [supl. de "Última Hora" (Paraguay)].
[2] Cf. M.L. Rossi, "Se questo è Dio, anch'io credo". Don Aldo Trento e la parrocchia San Rafael di Asunción, en "Missione Redemptor hominis" n. 90 (2009) 4-5.
[3] A. Trento, Finalmente de rodillas delante de Jesús, en "Observador Semanal" n.° 267 (19 de agosto de 2010) 1 [supl. de "Última Hora" (Paraguay)].
[4] A. Trento, "Mejor puercos como nosotros"..., 2.
[5] D. Bonhoeffer, Resistencia y sumisión. Cartas y apuntes desde el cautiverio. Editadas por E. Bethge, Sígueme, Salamanca 2004, 198-199.
[6] R. Guardini, Scritti filosofici. A cura di G. Sommavilla, II, Fabbri, Milano 1964, 88.
[7] Cit. en E. Hemingway, Por quién doblan las campanas, Debolsillo, Buenos Aires 2009, 23.


07/12/2010

 
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