A PROPÓSITO DE UNA SUPUESTA IDENTIFICACIÓN
ENTRE LUGUISMO E IGLESIA CATÓLICA
En su comentario semanal del domingo, en “ABC Color” (18 de marzo de 2007, pág. 20), Ilde Silvero escribe que “van surgiendo algunas señales que pueden convertirse en una situación de crisis muy particular. Trátase del hecho de que algunos dirigentes del entorno del ex obispo emérito Fernando Lugo procuran instalar en la conciencia de la gente que el mismo es el candidato de la Iglesia Católica y, por consiguiente, los católicos deberían volverse luguistas”.
Muy acertadamente Ilde Silvero concluye su artículo con estas palabras: “Pretender identificar luguismo con catolicismo podría hacer mucho daño a la grey de creyentes católicos, entre quienes hay muchos colorados, liberales, patriaqueridistas y apolíticos”.
La cuestión puesta es muy seria. Una identificación, en el imaginario colectivo, entre luguismo e Iglesia Católica no solo marginaría a tantos colorados que se profesan católicos (y hablo no solo de miembros de la cúpula partidaria, sino sobre todo en medio del pueblo), sino también a tantos miembros de la oposición, que están unidos a Mons. Lugo en su posición contraria al Gobierno, pero no se reconocen en su candidatura presidencial.
En el mismo día, 18 de marzo, “Última Hora” (pág. 4) titula: “Partidos de oposición le dan la espalda a Fernando Lugo. Representantes del PLRA, PQ y Unace adelantan que no moverán las estructuras para la marcha del 29. Alegan que no hay tiempo y que el objetivo de la movilización no debe ser la promoción del ex obispo”.
Yo no sé dónde Ilde Silvero haya recogido estas inquietantes señales de querer identificar luguismo con Iglesia Católica. Tampoco tengo la percepción de la extensión del fenómeno. Pero, es muy triste que actualmente en el debate político se vaya desencadenando un lenguaje anticlerical y vulgar, que toca las realidades más santas, y que todos se sientan autorizados a dar lecciones de fe, de disciplina eclesial y también… de derecho constitucional, sin haberlo estudiado.
En esta confusa mezcla que se ha creado, hay también el peligro de que se identifique la defensa de los pobres, los oprimidos y los crucificados que siguen sufriendo, con el mito y la bandera Lugo.
La Iglesia no puede permitir de ninguna manera que, mezclando fe y política, al final sean los pobres los que, una vez más, vengan sacrificados en un juego de conquista del poder.
La Iglesia Católica no debe entrar en este juego, y es necesario que guarde toda su libertad.
Hay que repetirlo sin cansarse: la Iglesia va más allá de un partido, cualquier que sea su color.
En su Carta Encíclica Deus Caritas est, Benedicto XVI ha escrito: “La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. Debe insertarse en ella a través de la argumentación racional y debe despertar las fuerzas espirituales, sin las cuales la justicia, que siempre exige también renuncias, no puede afirmarse ni prosperar” (n.º 28).
Esta es la tarea principal de la Iglesia.
¡Que cada uno haga lo que debe hacer, sin indebidas invasiones de campo y en el reciproco respeto!
Y si se sigue diciendo y escribiendo que un Obispo debe organizar la política, porque faltan los laicos, sería oportuno hacer un acto de humildad y preguntarnos cuáles son nuestras responsabilidades, en esta falta de formación de un laicado comprometido, preparado y libre de la concupiscencia del poder y del dinero.
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