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ALGUNAS ACLARACIONES ACERCA DEL ARTÍCULO
 
LA TAN DECANTADA HORA PARAGUAYA


En el correo de nuestro sitio web, ha llegado, entre otras, una carta muy interesante y amable. En ella, el lector se declaraba de acuerdo en un 99% sobre el contenido del artículo La tan decantada hora paraguaya, publicado también en el suplemento "Observador Semanal" del diario "Última Hora".

Según el parecer del lector, yo habría incurrido en un "desliz involuntario", expresando la siguiente contradicción entre estas dos afirmaciones contenidas en el artículo, que traigo a continuación:

1.    La tan decantada hora paraguaya "es también una postura racista que hace del paraguayo un hombre inferior a los demás".

2.    Por otro lado, se dice que el paraguayo hace "del propio yo y la propia libertad el único absoluto, frente al cual toda rodilla debería doblarse, porque todos tendrían que estar a nuestro servicio, como si nosotros fuéramos los señores absolutos del tiempo y de la vida del mundo entero".

He respondido al lector utilizando su dirección personal, pero, me ha parecido importante publicar parte de esta respuesta, que sirve a clarificar ulteriormente, para todos, el contenido de mi pensamiento expresado en el artículo en cuestión.

****************

Pongo una premisa: muchas veces, el escribir para un periódico exige sintetizar y reducir el texto, para que quepa en el número de caracteres concedidos. Esto puede causar el peligro de eliminar pasajes necesarios para una mejor comprensión.

Vuelvo al artículo en cuestión, buscando clarificar mi pensamiento de manera más sencilla:

1.    La falta de puntualidad es una falta de consideración para con el prójimo y, por eso, es una costumbre que el anuncio evangélico está llamado a cambiar.

2.    Decir que esta falta pertenece solo a la idiosincrasia paraguaya es una falsedad. En el final, hablando de la anécdota sobre Benedicto XVI y la hora italiana, he puesto en evidencia que esta falta está presente también en la idiosincrasia de otros pueblos, como el pueblo italiano.

3.    Ahora bien, en todas las culturas y todos los pueblos existen elementos culturales y costumbres que debemos cambiar. El Evangelio - decía Pablo VI - crea una nueva civilización, que él llamaba "la civilización del amor". Y Juan Pablo II afirmaba que una fe que no se hace cultura es una fe muerta.

4.    Por esto, no podemos hacer de una cultura (cualquier cultura) un absoluto, dentro del cual los hombres viven encerrados y condenados a repetir las costumbres recibidas. A tal fin, he citado la Exhortación apostólica de Pablo VI, Evangelii nuntiandi, para subrayar la necesidad de "transformar con la fuerza del Evangelio" todo lo que está en contraste con el designio de salvación. El no considerar al otro y dejar que espere un tiempo indeterminado, no cabe duda que está en contraste con el amor anunciado por Jesús.

5.    Ahora bien, quien justifica la falta de puntualidad en nombre de la idiosincrasia paraguaya asume una actitud racista. No cree que el hombre paraguayo, como cualquier hombre, es capaz de amar y respetar a los demás.

6.    Esta postura justificativa y racista sobre la incapacidad del hombre paraguayo de cambiar, respetando a quien te espera y considerando que esta persona existe y que su ser es también su tiempo, y que no está al servicio de mis comodidades, es algo que no se puede justificar. Otra cosa sería comprender las razones históricas y antropológicas, pero ello exige una exposición más amplia.

7.    Es esta postura justificativa y racista (que yo rechazo), lo que quiere reducir al paraguayo (pero, repito que no se trata solo de una cuestión paraguaya) a "un hombre inferior a los demás, incapaz de vivir la palabra dicha" (las 8,00 son las 8,00 y no las 9,00).

8.    Pues bien, cualquier posición justificativa de una falta hace del hombre un ser inferior a los demás y, por eso, es una actitud racista.

9.    Cualquier posición justificativa ("no podía no matar, estaba arruinado por el ambiente"; "dado el estado de miseria del delincuente, la idea de asesinar debía haberle venido a la cabeza naturalmente"; "justificar cualquier porquería aduciendo el elemento social"...), que reduce el problema del mal desde un punto superficial, como producto de un ambiente y una cultura, niega la raíz vivificante del ser humano: no tiene en cuenta la libertad del hombre, lo que constituye su dignidad. Sin libertad humana, no hay responsabilidad ni culpabilidad, y el hombre no posee dignidad, rebajado, por lo tanto, a ser mero producto de las circunstancias.

10. Seguir las propias comodidades y no respetar al otro ("hacer del propio yo y de la propia libertad el único absoluto") es algo que pertenece a cada hombre. La personalidad de cada unoSan Pablo de nosotros no es unitaria, sino que está dividida en dos. Me limito a citar a san Pablo:

"Ahí me encuentro con una ley: cuando quiero hacer el bien, el mal se me adelanta. En mí el hombre interior se siente muy de acuerdo con la Ley de Dios, pero advierto en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi espíritu, y paso a ser esclavo de esa ley del pecado que está en mis miembros. ¡Infeliz de mí! ¡Quién me librará de este cuerpo de muerte!" (Rom 7, 21-24).

No cabe duda que esta lucha interior entre el bien y el mal pide una justificación en el exterior. La interioridad del hombre llega a ser siempre cultura y estructuras.

11. Concluyo intentando explicar lo que puede aparecer como una contradicción: la postura justificativa del mal que sigo, si, por un lado, me reduce a un hombre inferior a los demás (rebajado a mero producto de las circunstancias, ser que no vive, sino que es vivido por estructuras anónimas, según el pensamiento estructuralista), por el otro, propio porque justificativa, me engaña a mí mismo y me hace creer que mi propio yo y mi propia libertad son el único absoluto frente al cual toda rodilla debería doblarse, porque todos tendrían que estar a mi servicio, como si yo fuera el señor absoluto del tiempo y de la vida del mundo entero.

Justamente se habla de una contradicción. En verdad, la contradicción existe y hay que desvelarla.

En Los Demonios, Dostoievski escribía:

"Lo peor de todo es que me creo a mí mismo cuando miento. Lo más arduo en la vida esDostoievski vivir y no mentir... y no creer en las propias mentiras. ... Lo que importa es que no se mienta a sí mismo. El que se miente a sí y escucha sus propias mentiras llega a no distinguir ninguna verdad ni en su fuero interno ni a su alrededor, pues deja de respetarse a sí mismo y de respetar a los otros. No respetando a nadie, ya no puede amar, y al no tener amor, para ocuparse en algo y entretenerse, se entrega a las bajas pasiones y a los placeres groseros, llega hasta la bestialidad en sus vicios, y todo ello por mentir siempre a los demás y por mentirse a sí mismo".

Cuando el "ratito" llega a ser un "ratón", y nadie tiene el coraje de desvelar la mentira subyacente (¡Nunca debemos ser argeles!...), entonces lo que es pequeño llega a ser grande, enorme, una cultura, una estructura de pecado.

Es la fidelidad en las pequeñas, pequeñitas cosas la que nos permite ser fieles en las más grandes.

Emilio Grasso

25/08/09

 
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