CRISTO SE HA DESIGNADO COMO LA VERDAD Y NO COMO
LA IDIOSINCRASIA DE UN PUEBLO
En su artículo "La lucha esencial", publicado en "La Nación" del 23 de mayo de 2009 (pág. 19), Alberto Vargas Peña plantea un problema que me parece de vital importancia no solo para el desarrollo del Paraguay, sino también para la supervivencia de la Iglesia católica misma en este país. Esta, en efecto, no puede reducirse a la tan decantada idiosincrasia paraguaya, so pena de perder su dimensión propia de Iglesia católica, o sea, universal, degradándose de hecho en una de las tantas sectas que viven en una "isla rodeada de tierra". Dicha isla, de la cual hablaba Augusto Roa Bastos, hoy, en el siglo XXI, en el tiempo histórico de la modernidad y la posmodernidad, existe solo en la fantasía de quien no quiere enfrentarse con una realidad en continua evolución.
El artículo de Alberto Vargas Peña es muy interesante, y toca diferentes puntos que exigirían una respuesta adecuada y documentada.
Teniendo presente lo que he dicho, tomo esta afirmación del columnista en cuestión, en la que me parece oportuno profundizar.
Escribe Alberto Vargas Peña: "La información católica comienza por el catecismo, un sistema de imponer verdades reveladas en las que hay que creer sin analizarlas ni discutirlas. La base condiciona el resto. Esa es la razón por la cual el paraguayo nunca deja de creer en alguna afirmación propalada por alguien al que respeta o tiene fe".
Ahora bien, no cabe duda de que, en general, la situación de hecho es la que describe el autor del artículo. Sería interesante examinar el porqué de esta situación. La cuestión toca el meollo de la relación entre fe y cultura.
La relación entre fe y razón, sin embargo, no es tan sencilla como aparece en el artículo de Vargas Peña.
Afirmar que la fe no brota de la razón, no quiere decir que la excluya, y que no busque, por medio de la razón, una comprensión de sí misma cada vez más profunda.
Incluso el Catecismo de la Iglesia Católica (n.º 158) recuerda la clásica expresión de san Agustín: "Creo para comprender y comprendo para creer mejor".
El discurso de Ratisbona
En su discurso de Ratisbona del 12 de setiembre de 2006, que una lectura parcial y superficial ha reducido a una polémica con el Islam, Benedicto XVI ha desarrollado el tema de la relación entre fe, razón y universidad.
En este discurso, Benedicto XVI ha afirmado: "La fe es fruto del alma, no del cuerpo. Por tanto, quien quiere llevar a otra persona a la fe necesita la capacidad de hablar bien y de razonar correctamente, y no recurrir a la violencia ni a las amenazas. ... En esta argumentación contra la conversión mediante la violencia, la afirmación decisiva es: no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios".
Y un poco más adelante, el Papa recuerda: "La fe de la Iglesia se ha atenido siempre a la convicción de que entre Dios y nosotros, entre su eterno Espíritu creador y nuestra razón creada, existe una verdadera analogía, en la que ciertamente - como dice el IV Concilio de Letrán en 1215 - las diferencias son infinitamente más grandes que las semejanzas, pero sin llegar por ello a abolir la analogía y su lenguaje. Dios no se hace más divino por el hecho de que lo alejemos de nosotros con un voluntarismo puro e impenetrable, sino que, más bien, el Dios verdaderamente divino es el Dios que se ha manifestado como Logos y ha actuado y actúa como Logos lleno de amor por nosotros".
Fe y razón
Este discurso de la relación entre fe y razón constituye uno de los fundamentos de todo el pensamiento de Benedicto XVI.
En una de sus primeras obras, el teólogo Ratzinger afirmaba que, al final de una larga historia, el cristianismo primitivo hizo su elección y su trabajo de purificación de manera determinada y audaz, "pronunciándose por el Dios de los filósofos contra los dioses de las religiones". Dicha elección significaba la opción por el Logos contra toda clase de mito, la desmitización definitiva del mundo y de la religión. La posición cristiana fue descrita con vigor por Tertuliano en una expresión audaz y magnífica: "Cristo se ha designado como la Verdad y no como la Costumbre". A la idolatría de la consuetudo romana, de las tradiciones de la ciudad de Roma, que había hecho de sus costumbres la norma última del comportamiento, se opone el derecho exclusivo de la verdad. El cristianismo se ha alineado de manera decisiva al lado de esta y, por la misma razón, se ha opuesto a una concepción de la religión reducida a no ser nada más que un sistema de ceremonias, susceptible de recibir cierto sentido solo a precio del esfuerzo de la interpretación. En conclusión: la fe cristiana en Dios representa, en primer lugar, una decisión por la primacía del Logos. Afirmar esto quiere decir que el Pensamiento, la Libertad y el Amor no se encuentran solo al final de un comportamiento, sino también en el comienzo. El Logos es la potencia que crea y abraza cada ser. De aquí procede, al mismo tiempo, lo esencial de la noción de creación: el modelo según el cual comprendemos la creación no es el artesano, sino el espíritu creador, el pensamiento creador. De esta manera, la idea de libertad aparece como el signo característico de la fe cristiana en Dios. Es una libertad creadora que, en su momento, crea otras libertades. Por consiguiente, no es una conciencia que incorpora todos los seres, ni una materialidad única que da cuenta de la realidad total. En la cumbre de todo, la fe pone una Libertad que piensa y que, pensando, crea otras libertades, haciendo así de la libertad la estructura del ser (cf. J. Ratzinger, Foi chrétienne hier et aujourd'hui, Mame, Paris 1969, 80-95).
Más allá de nuestra idiosincrasia
El artículo de Vargas Peña constituye, no cabe duda, un precioso estímulo para la Iglesia en el Paraguay a fin de que, saliendo de su "isla rodeada de tierra", anuncie el Evangelio de Jesús, y no renuncie a la novedad de este mensaje para agradar a todos, traicionando de tal manera a Dios y al pueblo que le pertenece y espera una palabra de verdad.
Volvamos a los grandes documentos del Magisterio de la Iglesia y, con coraje evangélico, pongamos en práctica lo que ha escrito Pablo VI en la Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi: "Para la Iglesia no se trata solamente de predicar el Evangelio en zonas geográficas cada vez más vastas o poblaciones cada vez más numerosas, sino de alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación" (n.º 19).
Si nos falta este coraje, hemos renunciado al diálogo con la cultura de nuestro tiempo, y merecemos el trato ridículo con que nos miran.
Emilio Grasso
08/06/09
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