Discurso pronunciado con ocasión del Homenaje al Comandante de la Policía Nacional, en el Liceo Nacional Jhugua Jhú (Ypacaraí)
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Publicamos el discurso pronunciado por el P. Emilio durante el encuentro comunitario de Homenaje al Comandante de la Policía Nacional, Comisario General (D.A.P.) José Visitación Giménez Duré, organizado por los representantes de diferentes instituciones de la comunidad de Jhugua Jhú (en Ypacaraí), su lugar de origen y de sus primeros estudios.
El encuentro se ha realizado el 19 de setiembre de 2009 en el local del Liceo Nacional Jhugua Jhú, cuyo director es el Lic. Isidro Candia Argüello.
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En su raíz etimológica, las palabras política y policía tienen algo en común, que da sentido a la estrecha relación existente entre las dos.
La palabra política deriva de la palabra griega politiké, mientras que la palabra policía deriva de politeía.
Las dos provienen del griego pólis y tienen en común el contexto de la ciudad. Pero, mientras política significa el arte de gobernar la ciudad, el Estado, por policía entendemos aquella actividad administrativa dirigida a la tutela del orden público.
Ahora bien, debemos puntualizar que - como escribe Benedicto XVI en su primera encíclica Deus caritas est - la tarea principal de la política es el orden justo de la sociedad. Y un Estado que no se rigiera según la justicia - añade el Papa citando a san Agustín - se reduciría a una gran banda de ladrones. La justicia es el objeto y, por tanto, también la medida intrínseca de toda política.
La Iglesia - afirma el Papa - no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. La sociedad justa no puede ser obra de la Iglesia, sino de la política. La Iglesia desea simplemente contribuir a la purificación de la razón y aportar su propia ayuda, para que lo que es justo, aquí y ahora, pueda ser reconocido y después puesto también en práctica.
En este punto, política y fe se encuentran. Sin duda, la naturaleza específica de la fe es la relación con el Dios vivo, un encuentro que nos abre nuevos horizontes, mucho más allá del ámbito propio de la razón. Pero, al mismo tiempo, es una fuerza purificadora para la razón misma. A partir de la perspectiva de Dios, la libera de su ceguera y la ayuda así a ser mejor. La fe permite a la razón desempeñar del mejor modo su cometido y ver más claramente lo que le es propio. Por lo tanto, a la Iglesia le corresponde contribuir a la purificación de la razón y reavivar las fuerzas morales, sin lo cual no se instauran estructuras justas, ni estas pueden ser operativas a largo plazo (cf. Deus caritas est, 28-29).
La sociedad justa, de la cual hemos hablado, exige el valor de la libertad, como expresión de la singularidad de cada persona humana. Este valor es respetado cuando a cada miembro de la sociedad le es permitido realizar su propia vocación personal; es decir, puede buscar la verdad y profesar las propias ideas religiosas, culturales y políticas; expresar sus propias opiniones; decidir su propio estado de vida y, dentro de lo posible, el propio trabajo; asumir iniciativas de carácter económico, social y político. Todo ello debe realizarse en el marco de un sólido contexto jurídico, dentro de los límites del bien común y del orden público y, en todos los casos, bajo el signo de la responsabilidad (cf. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 200).
El respeto al valor de la libertad, formulado en las leyes del Estado, pertenece a una Institución fundamental que es la Policía Nacional, presente en todo el territorio del país. Sin la fuerza coactiva representada por la Policía Nacional, las leyes se hacen, pero, no se cumplen y se reducen a palabras sin sentido.
No pertenece a la Policía hacer las leyes. Esta tarea pertenece a otros órganos del Estado. A la Policía le pertenece hacer, por su fuerza coactiva, que las leyes sean respetadas.
En un país democrático - y la República del Paraguay es un país democrático -, la Policía Nacional, como proclama el art. 175 de nuestra Constitución, "tiene la misión de preservar el orden público legalmente establecido, así como los derechos y la seguridad de las personas y entidades y de sus bienes; ocuparse de la prevención de los delitos; ejecutar los mandatos de la autoridad competente y, bajo dirección judicial, investigar los delitos".
El art. 24 de la Constitución declara que "ninguna confesión tendrá carácter oficial. Las relaciones del Estado con la Iglesia Católica se basan en la independencia, cooperación y autonomía".
Estos principios de la sana laicidad crean el campo donde la Iglesia y las Instituciones del Estado pueden encontrarse y colaborar en el respeto recíproco.
Colaboración no quiere decir separación, tampoco ignorar la existencia y no tener estima por el trabajo hecho por las diferentes realidades. Esta sería una postura laicista, y no la sana laicidad que hemos invocado.
Colaboración no quiere decir tampoco clericalismo (de derecha o de izquierda), donde el Estado privilegia aparentemente a la Iglesia, pero de hecho la pone a su servicio.
Es por eso por lo que, una vez más, en su último discurso del jueves 17 de setiembre, el Papa Benedicto XVI dedicó toda su intervención a prevenir contra la secularización de los sacerdotes y la clericalización de los laicos, y a insistir que los sacerdotes deben favorecer la unidad y la comunión de todos los fieles, y por eso deben mantenerse apartados de la política, que es el campo de acción de los laicos (cf. Discurso a los Obispos de la Conferencia Episcopal de Brasil Noreste 2 de visita "ad limina Apostolorum").
Estamos todos, con misiones diferentes, al servicio del bien común, y, en fin, al servicio de las mismas personas.
Puede estar seguro, Señor Comandante de la Policía Nacional, que nunca faltará para usted y para todo el Cuerpo de la Policía Nacional la oración de la Iglesia que vive en Ypacaraí, para que ustedes puedan cumplir fielmente su misión, a fin de que el hombre paraguayo viva en la seguridad y bajo la protección de la Ley. Una Ley que se acerque cada vez más a aquella justicia, sin la cual - volviendo a san Agustín -, "un Estado se reduciría a una banda de ladrones".
Sobre usted, sus colaboradores, sus familias y sobre todos los miembros de la Policía Nacional que trabajan en estas Comisarías, invoco, Señor Comandante de la Policía Nacional, la bendición del Señor de la Justicia y de la Paz.
Buen trabajo, queridas y estimadas Autoridades.
Que el Señor de la Vida las acompañe, ilumine y proteja, para que nuestro querido Paraguay se transforme en el jardín del Edén, donde a Dios y al hombre les esté permitido seguir paseando a la hora de la brisa de la tarde (cf. Gén 3, 8).
P. Emilio Grasso
Cura Párroco de la
Parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí
20/09/09
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