EL PAPEL DE LA MENTIRA
PARA CONSEGUIR EL CONSENSO
En su columna del 3 de mayo de 2009 (pág. 24) en "ABC Color", Ilde Silvero reconoce, con honestidad, su desilusión por la figura moral del Presidente Lugo, aunque termina con un acto de confianza en las posibilidades del mismo: "Hubo una acción inmoral - escribe Ilde Silvero -, vino el reconocimiento público del error, se pide perdón, se trata de reparar el daño causado, existe un propósito de enmienda y, bueno, ahí vamos de nuevo".
El dolor de la mentira
Para mí, lo que interesa es toda la primera parte del artículo, bien resumido bajo el significativo título: El dolor de una mentira.
Escribe Ilde Silvero en el comienzo de su artículo: "Es cierto que el presidente Fernando Lugo nos vendió una imagen que, en ciertos aspectos, no se ajustaba a la realidad, pero no es el fin del mundo ni para creer que, por algunos desórdenes en su vida personal, todo el proyecto de cambio en nuestra convivencia política es un fraude. ... El descubrimiento de una vida privada no acorde a su entonces condición de obispo ha causado sorpresa, desencanto y dolor en muchos de quienes apostamos con entusiasmo por Lugo. Teníamos tanta fe en su integridad moral, en su personalidad intachable que, cuando aparece un hijo suyo y luego surgen otras mujeres que también reclaman a Fernando la presunta paternidad de sus hijos, es un golpe muy duro de encajar y la primera reacción natural es preguntarnos a quién hemos elegido en realidad. Estamos ante una crisis de confianza y de credibilidad".
Ahora, lo que se puede llamar el "affaire Lugo" tiene dos implicancias que debemos mantener distintas (aunque no separadas).
Existe una cuestión eclesial que interroga a la Iglesia entera, y que no se concluye con un necesario pedido de perdón y una invitación a una purificación.
Ante este tsunami que ha atropellado a la Iglesia, nada sería peor que encerrarse en un fortín asediado, confundiendo el problema con quien plantea el problema y pide respuestas.
Dejando de lado el aspecto eclesial, ahora me detengo sobre el aspecto político de la mentira.
En una conversación con Alexander von Humboldt, referida por B.L. Rayner, en su Life of Jefferson (Vida de Jefferson), encontramos esta celebérrima expresión de quién había sido el tercer Presidente de los Estados Unidos, siendo conocido, además, por el hecho de ser el autor principal de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos: "Cuando alguien asume un cargo público, debe considerarse a sí mismo como propiedad pública".
Para un hombre público, también el espacio privado llega a ser público. Esto no solo en la modernidad o en la posmodernidad, sino también en la antigüedad. Es archifamosa, a propósito, la afirmación de Plutarco en sus Vidas paralelas: "No basta que la mujer del César sea honesta; también tiene que parecerlo".
La mentira en política manipula el consenso
En el segundo volumen del Diccionario de Política, redactado bajo la dirección de Norberto Bobbio (entre otros), se habla del problema político de la mentira, tratando el tema de la manipulación: "El ejemplo más simple de manipulación de la información es la mentira. Proporcionando a B falsas informaciones acerca de hechos que son relevantes para sus opciones, A puede controlar ocultamente a B induciéndolo a una cierta conducta, mientras que B, tomando las informaciones por verdaderas, cree optar libremente. La importancia de la mentira en política, así como su eficacia con fines de manipulación, esto es, para conseguir el consenso del público o de otros actores políticos, han sido puestas de relieve y argumentadas por muchos pensadores políticos clásicos, como Platón y Maquiavelo".
En todos los tiempos y en todos los países, está siempre al acecho una concepción maquiavélica del poder.
No soy tan tonto como para juzgar el proyecto Lugo en categorías de un proyecto maquiavélico y no tengo tanta fantasía como para ver en Lugo al novel Príncipe del cual habla Maquiavelo.
Pienso, sin embargo, que no estaría de más reflexionar sobre esta página, donde se habla de la concepción maquiavélica de la política: "Hay en la concepción maquiavélica una fuerte convicción de que los hombres se dejan guiar más fácilmente por lo aparente que por lo real y, en consecuencia, su teoría política se escora hacia una definición de la práctica como una suerte de ilusionismo de apariencias, que resultan ser el objetivo del empleo de ciertos recursos técnicos. Ideas como la de que el Príncipe debería escapar a la mala reputación, cuando esto es posible, pero no necesariamente evitar el vicio que le da origen; la de que cuando la violencia es necesaria, debe administrarse de un solo golpe y los beneficios deben ser otorgados de una manera gradual, lo que crea una imagen de benignidad; la de que el gobernante debe evitar el odio y el desprecio de sus súbditos, etc., son ejemplos de otros tantos recursos técnicos tendentes a crear una apariencia beneficiosa a los intereses del manipulador. Astucia, cinismo y una cierta ansia depredadora se aúnan en la figura del zorro, cuya estrategia, ante el poder aplastante de circunstancias adversas, ante ese mundo que a cada instante amenaza con aniquilarle, solo puede ser una mezcla de fuerza, fraude, violencia y engaño capaz de ofrecer una imagen adecuada que asegure su posición. Parece que en esta visión de la política lo único que preocupa es el punto de vista del manipulador, cualquiera que este sea. La ventaja o desventaja lo son del zorro y de nadie más. Pero el mundo de la política ha exigido ya de él un sacrificio previo: debe someterse a una rígida disciplina y 'construirse a sí mismo' de acuerdo con las circunstancias; debe llegar a ser una invención, una ilusión más, no una persona. En este sentido, la primera víctima del Príncipe es él mismo"[1].
Se ha hablado mucho, hasta con curiosidad morbosa, de la falta de castidad. Se ha olvidado algo más importante, mejor dicho - como escribe Ilde Silvero - que se "vendió una imagen que, en ciertos aspectos, no se ajustaba a la realidad".
Ha afirmado Benedicto XVI en una de sus homilías: "Hablar para lograr aplausos; hablar para decir lo que los hombres quieren escuchar; hablar para obedecer a la dictadura de las opiniones comunes, se considera como una especie de prostitución de la palabra y del alma. La 'castidad' a la que alude el apóstol san Pedro (1Pe 1, 22) significa no someterse a esas condiciones, no buscar los aplausos, sino la obediencia a la verdad".
Aquí está la raíz de toda la cuestión.
Y El Príncipe, la gran obra de Maquiavelo, constituye precisamente un tratado sobre el Poder y no sobre el Estado.
Emilio Grasso
[1] R. del Aguila Tejerina, Maquiavelo y la teoría política renacentista, en Historia de la Teoría Política. Compilación de F. Vallespín, II, Alianza Editorial, Madrid 1990, 102-103.
08/05/09
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