|
El plan de alfabetización de adultos en el Paraguay
En "ABC Color" de hoy, 26 de diciembre de 2008, pág. 13, podemos leer que el Presidente Lugo ha confirmado el plan de alfabetización de adultos en el Paraguay, y que en el año entrante se realizará una campaña para llegar a 180.000 paraguayos.
El periódico en cuestión escribe, textualmente, que "el adoctrinamiento político de las clases populares, en el marco del Socialismo del Siglo XXI, impulsado por Hugo Chávez, es la sospecha que genera el programa de alfabetización de adultos que, tras concluir en Bolivia, se intensificará en 2009 en Paraguay. Curiosamente, luego de nuestro país figura en el cronograma implementar el plan en Nicaragua, otro gobierno afín a Chávez".
Sobre este plan, del cual se habla mucho, existe, actualmente, una gran confusión, debida al hecho de que se saben pocos datos ciertos y, por lo tanto, no sería prudente dar juicios sobre lo que no se conoce.
De seguro se puede decir que, por falta de comunicación (y puede ser solo por esto...), este plan está generando, en la opinión pública y en los gremios de los educadores, una cierta desconfianza y más que una sospecha.
La Iglesia no tiene ninguna responsabilidad política, ni en favor de este Gobierno (como de cualquier otro Gobierno), ni tampoco en contra de un Gobierno constitucionalmente elegido por voluntad popular.
Por lo tanto, mi tarea es mucho más sencilla y no tiene ninguna pretensión. Se trata solo de clarificar algunos términos concernientes al tema de la alfabetización, y leerlos a la luz del Magisterio de la Iglesia.
Es un aporte al tema tan cuestionado. Luego, la conciencia de las personas en cuestión tendrá una ulterior posibilidad de expresar un juicio sobre este proyecto, su compatibilidad con la doctrina de la Iglesia y los verdaderos intereses del pueblo paraguayo, a partir de los más desamparados y desprotegidos que, para muchos, constituyen una masa anónima de maniobra, para intereses muy contrarios a la auténtica e integral liberación de los hombres.
Emilio Grasso
26/12/08
**************
ALFABETIZACIÓN, REFLEXIÓN Y ANÁLISIS:
CAMINO OBLIGADO DEL DESARROLLO
DE LOS PUEBLOS *
por Emilio Grasso
Juan Pablo II, en el Mensaje para la Cuaresma 1995, trata del analfabetismo, este "mal oscuro que priva a un gran número de pobres de muchas posibilidades de progreso, de superación de la marginación y de una verdadera liberación"[1].
Sobre la base de numerosos testimonios procedentes de diferentes continentes, como también de los encuentros realizados en muchos viajes apostólicos, el Papa llega a la conclusión de que "allí donde existe el analfabetismo reinan más que en otras partes del mundo el hambre, las enfermedades, la mortalidad infantil y también la humillación, la explotación y los sufrimientos de todo tipo"[2].
Un derecho de todos
Ya el Concilio Vaticano II había considerado el analfabetismo como un tormento de la humanidad, unido a hambre y miseria[3], reconociendo "el derecho de todos a la cultura y civilización, de acuerdo con la dignidad de la persona, sin discriminación de raza, sexo, nación, religión o condición social"[4].
A la luz de este derecho, el Concilio ponía el empeño en una lucha contra el analfabetismo, que priva al hombre del derecho-deber de dar una "cooperación verdaderamente humana en el bien común"[5].
El empeño contra el analfabetismo, como aquel contra otras miserias de nuestro tiempo, es uno de los campos en los que se puede establecer una cooperación en gran escala a la que todos los hombres, sin exclusión, están llamados y en primer lugar los que llevan el nombre de cristianos.
Campo, pues, que favorece el ecumenismo, tan necesario especialmente en los países donde es fuerte la división entre cristianos, ya que permite conocer mejor y estimar a los demás y allanar el camino hacia la unidad[6].
Instrumento de progreso económico
Por su parte, Pablo VI había planteado la relación existente entre crecimiento económico, progreso social y educación de base.
"Puede afirmarse - escribía Pablo VI en la Populorum progressio - que el crecimiento económico se corresponde totalmente con el progreso social suscitado por aquel, y que la educación básica es el primer objetivo en un plan de desarrollo. Porque el hambre de cultura no es menos deprimente que el hambre de alimentos: un analfabeto es un espíritu subalimentado. Saber leer y escribir, adquirir una formación profesional, es tanto como volver a encontrar la confianza en sí mismo, y la convicción de que se puede progresar personalmente junto con los otros". En esta visión es lícito afirmar que "la alfabetización es para el hombre un factor primordial de integración social y de enriquecimiento personal, mientras para la sociedad es un instrumento privilegiado de progreso económico y de desarrollo"[7].
Conmemorando la Populorum progressio a veinte años de distancia, Juan Pablo II escribía en la encíclica Sollicitudo rei socialis: "Es importante, además, que las mismas naciones en vías de desarrollo favorezcan la autoafirmación de cada uno de sus ciudadanos, mediante el acceso a una mayor cultura. Todo lo que favorezca la alfabetización y la educación de base, lo que la profundice y la complete, es una contribución directa al verdadero desarrollo"[8].
Escándalo para el mundo moderno
Juan Pablo II ha vuelto varias veces sobre el flagelo del analfabetismo, de modo particular en los discursos pronunciados en los varios viajes apostólicos, y en las diferentes cartas escritas al Director General de la UNESCO con ocasión del Día Internacional de la Alfabetización, que esta Agencia Internacional de la ONU para la Ciencia y la Cultura celebra ya desde 1967.
Juan Pablo II afronta el problema del analfabetismo, que incluye entre las "situaciones particularmente dolorosas de marginación"[9], con relación a una sociedad que supone la cultura. En esta visión, el analfabetismo constituye una suerte de esclavitud cotidiana[10]. Unido a la falta de alimentos, a la mala nutrición, al elevado nivel de mortalidad infantil y a la poca esperanza de seguir viviendo, se da lo que llamamos pobreza absoluta. Esta situación que se encuentra por debajo de cualquier definición racional de la decencia humana, constituye un escándalo para el mundo moderno[11].
Este escándalo quebranta un derecho fundamental de la persona humana. "Toda persona - escribe el Papa al Secretario General de la ONU - privada de la posibilidad de aprender a leer, a escribir o a contar se encuentra lesionada en su derecho fundamental a la educación. Queda en situación de desventaja en sus relaciones con la sociedad. El analfabetismo constituye una gran pobreza; con frecuencia es sinónimo de marginación para hombres y mujeres que quedan al margen de una buena parte del patrimonio cultural de la humanidad, e impedidos para desarrollar plenamente sus capacidades personales y su cualificación profesional"[12].
Aquí Juan Pablo II parece que tiene principalmente presente la definición de alfabetización como alfabeto menor o instrumental.
En este caso se denota el leer-escribir-contar (o como dicen los ingleses las tres erre, de la pronunciación de la letra inicial de las tres palabras reading, writing, reckoning) justamente como habilidad instrumental.
El alfabeto mayor
Junto a esta primera noción de alfabeto menor se ha desarrollado la noción de alfabeto mayor o funcional. En este caso se denota también la capacidad de introducirse socialmente con una actividad productiva. Esta última acepción traiciona un sentido sobre todo económico, pero puede venir rectificada para incluir en ella otros significados más ricos en el plano humano; en todo caso, permanece en la órbita de una perspectiva funcionalista, para la cual el fin fundamental de la educación es insertar a las jóvenes generaciones en el cuerpo social, de manera que compartan sus valores y puedan contribuir a su desarrollo[13].
El problema del analfabetismo, hoy, se pone en estrecha relación con el del desarrollo. Donde los modos de producción son todavía arcaicos, y la sociedad es fuertemente tradicional, a menudo faltan los incentivos a la necesidad de leer y la alfabetización es estéril, porque, a falta de ocasiones de ejercicio, las capacidades apenas aprendidas son olvidadas y sucede el fenómeno del analfabetismo de vuelta y del semianalfabetismo. Es importante, por tanto, que el adulto tenga la posibilidad y el estímulo de seguir instruyéndose, utilizando y desarrollando las nociones adquiridas.
Con toda razón la UNESCO subrayaba al respecto: "Los que viven en la necesidad, preocupados por el porvenir, sin nada que perder y sin esperanza acerca del futuro, es poco probable que estén motivados a la instrucción. ¿Qué debería inducirlos a dedicar centenares de horas - las que son necesarias para aprender a dominar el alfabeto - sustrayéndolas a la dura lucha por la vida? Para hacerlo, la gente tiene que estar motivada y esto puede ocurrir solo si entrevé la posibilidad de mejorar sus condiciones de vida. La lucha contra el analfabetismo, pues, es también y al mismo tiempo lucha por el desarrollo, la justicia, una mayor igualdad, el respeto de las culturas, el reconocimiento de la dignidad humana de todos, el derecho de cada uno a tener una función económica, social y política en la sociedad y a los beneficios que derivan de esto. Justo esto la hace difícil, pero también esencial y digna de ser combatida"[14].
La UNESCO, en 1962, en esta óptica de relación entre analfabetismo y subdesarrollo (porque pobreza y analfabetismo no solo van al mismo paso, sino que se fortalecen recíprocamente), poniendo el acento sobre la promoción del individuo y la correlativa participación al desarrollo del propio país, daba una definición más amplia y más articulada del término alfabeto, que, como se ha dicho ya, se llama mayor o funcional.
Para la UNESCO, en este sentido, alfabetizada es "una persona que ha adquirido los conocimientos y las competencias indispensables para el ejercicio de todas las actividades, donde la alfabetización es necesaria para desempeñar eficazmente una función en su grupo y en su comunidad, y cuyos resultados alcanzados en la lectura, en la escritura y en la aritmética son tales, que le permiten seguir poniendo estas aptitudes al servicio de su mismo desarrollo y del desarrollo de su comunidad y participar activamente en la vida del propio país"[15].
A esta noción de alfabeto mayor se refiere Juan Pablo II en su alocución en la sede de la UNESCO de París, donde afirma que analfabetismo "significa la ausencia de toda instrucción - incluso de la más elemental -, ausencia dolorosa no solo desde el punto de vista de la cultura elemental de los individuos y de los ambientes, sino también desde el punto de vista del progreso socio-económico. Hay índices inquietantes de retraso en este campo, ligado muchas veces a una distribución de los bienes radicalmente desigual e injusta: pensemos en las situaciones en las que, al lado de una oligarquía plutocrática, poco numerosa, existen multitudes de ciudadanos hambrientos viviendo en la miseria. Este retraso puede ser eliminado no mediante sanguinarias luchas por el poder, sino sobre todo mediante la alfabetización sistemática lograda por la difusión y la popularización de la instrucción. Es necesario un esfuerzo en este sentido si se desean lograr enseguida los cambios que se imponen en el terreno de lo socioeconómico. El hombre, que ‘es más' gracias también a lo que ‘tiene', y a lo que ‘posee', debe saber poseer, es decir, disponer y administrar los medios que posee, para su bien propio y para el bien común. La instrucción es indispensable para ello"[16].
El analfabetismo, en efecto, constituye como una barrera invisible a la apertura al mundo de la cultura tanto profana como religiosa[17]. Dirigiéndose a los Obispos del nordeste del Brasil, con fuerza el Papa repite que "no existe posibilidad ni elección de desarrollo, de integración social (y por tanto de victoria sobre la marginación), ni de auténtica liberación, si no se inicia a eliminar el analfabetismo, a dar instrucción, educación de base, cultura. La historia antigua y reciente de muchos pueblos confirma la verdad de esta convicción"[18].
En la óptica del alfabeto mayor, objetivo de la alfabetización será hacer que sea "cada ser humano más hombre en sí mismo y respecto de los otros, y también para los otros; gracias a ella puede llegar a desarrollarse total y armónicamente, a nivel espiritual, cultural y material, y aprender a poseer esa riqueza fundamental, desarrollarla y disponer siempre de ella para su bien y el de la comunidad"[19].
Alfabetización y desarrollo integral
La alfabetización, pues, tiene que ser conjugada siempre con una visión integral del hombre.
En su Mensaje de 1999 al Director General de la UNESCO, Juan Pablo II afirma que "al proporcionar a cada ser humano los medios para acceder a una cultura general, la UNESCO le ofrece así la posibilidad de llevar una vida digna, construir su futuro y asumir su parte de responsabilidad en el seno de la sociedad. La lucha contra el analfabetismo es el camino obligado del desarrollo de las personas y los pueblos, que reciben así instrumentos de reflexión y análisis, y que pueden defenderse más fácilmente de los discursos sectarios, integristas o totalitarios"[20].
En este sentido, la relación entre alfabeto menor y alfabeto mayor es estrecha y ineludible. Sobre todo en las sociedades así llamadas tradicionales "los analfabetos son víctimas del desnivel que se crea entre sus tradiciones y las nuevas reglamentaciones a que deben adaptarse"[21]. Lo subraya con eficacia Juan Pablo II en el Mensaje para el Día de la Alfabetización de 1987: "Es necesario que la escritura y la lectura se conviertan para el hombre en instrumentos privilegiados, tanto en orden a la educación con miras a la reflexión y la madurez de sí mismo, como en orden al desarrollo de las facultades intelectuales necesarias, a fin de enriquecer las comunicaciones de todo orden entre los hombres y las mujeres"[22].
El alfabeto menor permitirá participar en la cultura y vida de toda la sociedad, y encontrar también mejor acceso a las realidades espirituales expresadas en los libros santos[23].
El proceso de alfabetización pone a "los jóvenes en grado de acceder a un conocimiento que libere al hombre, de buscar la verdad en sus diversas dimensiones para vivir de ella, de construir su personalidad de acuerdo con la dignidad y la grandeza propia del hombre según la ética personal y social que garantizan esta dignidad, la participación comunitaria y la apertura a los valores espirituales"[24].
La alfabetización, por tanto, no puede reemplazar de ninguna manera o manipular la libertad del interlocutor.
Esto, porque, como solemnemente recuerda el Concilio Vaticano II, "la dignidad del hombre requiere que actúe según una elección consciente y libre, es decir, movido e inducido personalmente desde dentro y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa"[25].
Una revolución pacífica
Ahora bien, la alfabetización, tanto como alfabeto menor cuanto como alfabeto mayor, no está llamada a sacar esta libertad al hombre, sino solo a reforzarla poniéndolo cada vez más en condición de dar su consentimiento a una opción u otra, dándole los instrumentos para comprender cada vez más y mejor cuál es la puesta en juego si se hace una elección u otra. Ya que, como afirma san Bernardo de Claraval, definido por dom Mabillon "último de los padres, pero no ciertamente inferior a los primeros"[26], "voluntad y libertad van juntas. Esto es lo que yo entiendo por libre albedrío"[27]. Entonces podemos concluir que la alfabetización no está llamada de ninguna manera a reemplazar la voluntad del individuo, sino que esta voluntad, reforzada cada vez más, está puesta en condición de hacer una elección, en una dirección u otra.
El conocimiento rompe cada vez más los equilibrios adquiridos; repone en continua discusión todas las formas de poder consolidadas; no permite el descanso de quien ya se considera llegado.
La alfabetización es, pues, también un peligro que se corre cuando se dan a otras personas todos los instrumentos, que las capacitan para adquirir un conocimiento cada vez mayor. En efecto, esto puede ser utilizado para edificar, pero también para destruir.
Éste es el riesgo del amor. Es el riesgo de Dios. Solo quien rechaza el proyecto de Dios rechaza el riesgo de la libertad, el riesgo de ser matado por aquel al que se han dado los instrumentos del conocimiento. No hay nada más revolucionario que la palabra, que la pluma, que el libro, que el conocer. Lo que Juan Pablo II llama "la pacífica, constructiva, fecunda, eficaz y libertadora revolución del libro y la pluma"[28].
El camino de esta revolución debe ser recorrido, pero hay que saber que es un camino ambiguo que se soluciona solo en la opción fundamental del hombre, cuya libertad ha sido liberada y se ha librado de la esclavitud de la ignorancia. Y es para dejar al individuo todo el peso de su responsabilidad y la libertad de su elección para lo que las campañas de la alfabetización deben evitar los riesgos de una explotación por objetivos políticos[29]. Para Juan Pablo II "la alfabetización tiene que tener como único fin la cultura y el desarrollo integral del hombre que debe ser alfabetizado. Este principio debería ser suficiente para evitar cualquier proceso de alfabetización que, por sus métodos y objetivos más o menos velados, tendiese a concienciar (hacer consciente, sensibilizar) a la persona que debe ser alfabetizada, si a este término se da el sentido de condicionarlo a una determinada ideología o esquema mental de tipo socio-político, disminuyendo su libertad de discernimiento y de opciones personales. Otra cosa es el concienciar entendido como el despertar de la conciencia de su misma dignidad de persona humana con sus derechos y deberes. Una alfabetización que viniera a conducir al alfabetizando, de modo tramposo, a un sometimiento ideológico no sería un proceso de liberación, sino de una nueva esclavitud, tanto más grave porque vestida de apariencias de liberación"[30].
El misterio de la libertad del hombre
El proceso de alfabetización, por tanto, está llamado a potenciar la libertad de opción personal, a hacer cada vez más libre, como libertad de elección, esta opción. Cuál será, luego, la opción personal cada vez más liberada ya no pertenece al campo de la alfabetización. Pertenece al misterio de esta libertad liberada del hombre.
La lucha contra el flagelo del analfabetismo, unida a la lucha contra todos los demás flagelos que obstaculizan el pleno desarrollo de la libertad del hombre, ciertamente no puede ser, por tanto, la última y menos todavía la única palabra de la misión de la Iglesia.
Y si es condición necesaria para el desarrollo, ciertamente no es condición suficiente.
Lo demuestran los países donde se ha tenido la ilusión de que las masivas campañas de alfabetización, que sin embargo muchas veces han conseguido resultados sorprendentes, pudieran solucionar los problemas del subdesarrollo. Otros factores técnico-económico-socio-políticos entran en juego siempre, pero el principal permanece la libertad del hombre que no está determinada hacia un bien preestablecido, y siempre puede reponer en discusión parámetros de desarrollo adquiridos.
El derrumbamiento de todas las ideologías del progreso y en particular de la marxista, que marca en gran parte la crisis de la modernidad, nos llama a un análisis más profundizado de la realidad del hombre. Realidad no reducible a la sola categoría del conocer.
Hay un misterio de la libertad del hombre que escapa de cada planeamiento y puede contradecir cada conocer. Hay un misterio de una fractura profunda en el interior del hombre entre el conocer y el querer, pero también el misterio de un rechazo radical de lo que se ha conocido, justamente como tal.
Liberados para amar
La alfabetización lleva al conocer, pero el conocer solo, por sí mismo, no libera, no lleva al desarrollo[31] sin un precio personal y social que pagar. Y es quizás aquí el nudo de la cuestión: el tratar de entender cuál sea el precio que pagar, ver quién quiera pagarlo, y si realmente lo quiera pagar. Porque no existe históricamente posibilidad alguna de liberación y libertad sin un correspondiente que pagar. Y es justamente este correspondiente que permitirá al hombre gustar y defender el regalo de la libertad como algo que le pertenece, completamente suyo, solo e inajenablemente suyo.
Luego, esta libertad cada vez más plena, este conocer cada vez más profundo, podrá llevar a plenitud de vida o a abismo de muerte en la medida en que sabrá hacerse libertad para los demás, libertad para amar, libertad para entregarse en el desafío y en la aventura de un amor que se entrega sin saber qué es lo que le espera, más allá de su donación hasta la muerte. Porque el amor es verdadero amor no cuando calcula y se ofrece según una ley de marketing, sino cuando gratuitamente dona en abundancia lo que gratuitamente ha recibido y dejado fructificar.
* Publicado en E. Grasso, Mundo de campesinos, campesinos del mundo. Pautas para una pastoral campesina, Centro de Estudios Redemptor hominis, San Lorenzo (Paraguay) 2007, 43-55.
[1] Juan Pablo II, Mensaje para la Cuaresma de 1995 (7 de septiembre de 1994), en Insegnamenti, XVII/2, 225. En este artículo, los textos de los discursos pronunciados por el Santo Padre son tomados de Insegnamenti di Giovanni Paolo II, I-XXVIII, Libreria Editrice Vaticana 1979-2006, los que serán citados como Insegnamenti.
[2] Juan Pablo II, Mensaje para la Cuaresma..., 226.
[3] Cf. Gaudium et spes, 4.
[4] Gaudium et spes, 60.
[5] Gaudium et spes, 60.
[6] Cf. Unitatis redintegratio, 12.
[7] Populorum progressio, 35.
[8] Sollicitudo rei socialis, 44, cit. también en Juan Pablo II, Mensaje para la XXII Jornada Internacional de la Alfabetización (20 de agosto de 1988), en Insegnamenti, XI/3, 415.
[9] Juan Pablo II, La homilía de la Misa en Recife para los campesinos (7 de julio de 1980), en Insegnamenti, III/2, 178.
[10] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz (8 de diciembre de 1980), en Insegnamenti, III/2, 1631.
[11] Cf. Juan Pablo II, A los participantes a la XXI Sesión de la Conferencia de la FAO (13 de noviembre de 1981), en Insegnamenti, IV/2, 623.
[12] Juan Pablo II, Mensaje con ocasión del Año Internacional de la Alfabetización (3 de marzo de 1990), en Insegnamenti, XIII/1, 576-577.
[13] Cf. M. Laeng, Analfabetismo, en Enciclopedia Italiana di scienze, lettere ed arti. 1961-1978, Appendice IV, Istituto dell'Enciclopedia Italiana, Roma 1978, 121-123.
[14] Sfamare o alfabetizzare. 1990: Anno Internazionale dell'Alfabetizzazione. A cura dell'UNESCO, en "Popoli" (2/1990) 45.
[15] Lê Thành Khôi, Alphabétisation, en Encyclopædia Universalis, I, Paris 1990, 1023.
[16] Juan Pablo II, Discurso a la Organización de las Naciones Unidas para la educación, la ciencia y la cultura (2 de junio de 1980), en Insegnamenti, III/1, 1649-1650.
[17] Cf. Juan Pablo II, A los Obispos de Brasil de visita "ad limina" (5 de julio de 1990), en Insegnamenti, XIII/2, 54.
[18] Juan Pablo II, A los Obispos del nordeste del Brasil de visita "ad limina Apostolorum" (30 de setiembre de 1985), en Insegnamenti, VIII/2, 815.
[19] Juan Pablo II, Mensaje con motivo de la XV Jornada Internacional de la Alfabetización (8 de septiembre de 1981), en Insegnamenti, IV/2, 138-139.
[20] Juan Pablo II, Mensaje para la XXXIII Jornada Internacional de la Alfabetización (28 de agosto de 1999), en Insegnamenti, XXII/2, 230.
[21] Juan Pablo II, Mensaje para la XVI Jornada Internacional de la Alfabetización (25 de agosto de 1982), en Insegnamenti, V/3, 282.
[22] Juan Pablo II, Mensaje para la XXI Jornada Internacional de la Alfabetización (1 de septiembre de 1987), en Insegnamenti, X/3, 286.
[23] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la XVII Jornada Internacional de la Alfabetización (7 de septiembre de 1983), en Insegnamenti, VI/2, 410.
[24] Juan Pablo II, Mensaje para la XIX Jornada Internacional de la Alfabetización (7 de septiembre de 1985), en Insegnamenti, VIII/2, 594-595.
[25] Gaudium et spes, 17.
[26] Cit. en Pío XII, Doctor mellifluus (24 de mayo de 1953).
[27] Bernardo, Libro sobre la gracia y el libre albedrío, I, 2, en Obras completas de San Bernardo, I. Introducción general y Tratados, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1983, 433.
[28] Juan Pablo II, A los Obispos del nordeste del Brasil..., 817.
[29] Cf. Juan Pablo II, A los Obispos de Haití de visita "ad limina" (19 de agosto de 1988), en Insegnamenti, XI/3, 410.
[30] Juan Pablo II, A los Obispos del nordeste del Brasil..., 816. No entramos en esta sede en el análisis de las obras de Paulo Freire. Su hipótesis de educación se propone hacer adquirir al oprimido, al analfabeto, la conciencia de su condición y sus posibilidades de liberarse de ella ("concientización"). De aquí la elección de palabras-clave procedentes del mismo mundo del sujeto en cuestión y un método basado en el diálogo, para descubrir la necesidad de aprender a leer y escribir, para participar en la vida social y poder cambiar las situaciones encontradas, cf. P. Freire, Pedagogía del oprimido, Siglo Veintiuno de España, Madrid 1975; cf. P. Freire, La educación como práctica de la libertad, Siglo Veintiuno de España, Madrid 1976.
[31] Aquí habría que someter a un análisis semántico-histórico-fenomenológico la palabra "desarrollo", usada y abusada, para tratar de entender qué quiere decir y qué comporta.
26/12/08
|