La noticia de que el Presidente de la República "se vio obligado a confesar que fue papá siendo obispo" (cf. "Última Hora", 14 de abril de 2009, 1) recorrió el mundo.
Me parece inútil añadir comentarios a todo lo que se está diciendo.
Tomo solo dos declaraciones, entre las tantas, que me permiten hacer una reflexión sobre la corrupción y la mentira.
Estas son las declaraciones que me permiten reflexionar: "El líder del bloque oficialista Juan Denis, dijo que habría que preguntarse quién es el padre de los años de corrupción que vivió el país" ("ABC Color", 15 de abril de 2009, 3).
Por su parte, el Partido Patria Querida, a través de un comunicado de prensa, afirma: "Lugo ha lesionado la confianza de toda la ciudadanía, de quienes lo votaron y de quienes no lo hicieron, al ocultar un hecho cuya relevancia conocía, al punto de haberlo negado durante toda la campaña electoral. ... Lamentamos que algunos miembros del gabinete hayan calificado como un acto de valentía, lo que a lo sumo puede catalogarse como algo inevitable, que apunta apenas a ahorrarle al responsable un mayor desprestigio" ("ABC Color", 14 de abril de 2009, 8).
La revolución de las conciencias
A este punto, cito a un autor a quien he amado tanto en mi juventud: Georges Bernanos.
Me parece que sus intuiciones, escritas alrededor de los años de la Segunda Guerra Mundial, son válidas hoy más que entonces.
La primera consideración de la que debemos partir es que "es necesario que el orden exista en las conciencias, antes que en el texto de las leyes promulgadas. Es mil veces mejor un pueblo corrupto que un pueblo hipócrita".
En la crisis político-moral del País todos somos capaces de quejarnos. Pero, una vez más cito a Bernanos: "En la crisis de la poesía, lo que importa no es tanto criticar a los malos poetas, cuanto escribir buenos versos".
La "revolución de las conciencias" exige tiempos largos, paciencia, fatiga, riesgo de fracasar y cada vez tener que recomenzar desde el principio.
La conciencia siempre lo pone todo en discusión y nunca permite dormir el sueño de los justos.
La gran tentación consiste siempre en querer bajar los proyectos y las revoluciones de lo alto, sin esperar la maduración de las conciencias.
En el tiempo de las muchedumbres oceánicas y de las aclamaciones plebiscitarias, maniobradas por los aparatos de la manipulación del consenso público, Bernanos amonestaba: "El mito de la organización - remedio fácil y provisorio contra el desaliento de los caracteres que retrasa los efectos, sin desgraciadamente destruir sus causas - y el gregarismo más fuerte - providencia de los ambiciosos y de los intrigantes que no viven y no prosperan sino en la apariencia y en la simulación - no solo han destruido las voluntades, sino que han matado también las conciencias".
Son el hombre y el sagrario de su conciencia el centro de toda auténtica revolución. La ley, de por sí, puede favorecer, pero puede también hacer precipitar una situación. Demasiado preocupados por las leyes nuevas, nos arriesgamos a caer de una esclavitud a otra.
No digo que la ley o el sistema de gobierno sea indiferente. En absoluto. Ninguna ley o institución, sin embargo, puede sustituir la vigilancia de la conciencia.
Rechazar el conformismo de los mediocres
Vuelvo una vez más a Bernanos, releyendo cuando escribe: "Bajo la protección de leyes liberales, hechas por hombres libres, los hombres mediocres logran solo hundirse, cada día más, en una mentalidad y costumbres serviles. La libertad de pensamiento, por ejemplo, es una cosa importante. Pero, si los ciudadanos se contentan con el hecho de que esta libertad está garantizada para ellos en la Constitución, para dejar de pensar de una vez por todas, en otras palabras, para justificar su conformismo, para hacer propias, poco a poco, todas las opiniones favorables al desarrollo de sus negocios, la libertad de pensamiento se reducirá, muy pronto, a una fórmula explotada por los impostores".
Y "sin duda, los hombres mediocres, que viven desde hace largo tiempo en el clima de la libertad, no dejarán de ponerse a gritar, como si fuesen desollados vivos, al aprender que serán echados bruscamente del rincón al cual ya se habían acostumbrado. De esto no infieran que lucharán mucho más del tiempo estrictamente necesario para efectuar la operación consistente en trasladarse del acuario democracia al acuario dictadura".
Y aquí es necesario prestar mucha atención; los pasos son extremadamente delicados, porque "cuando un pueblo conformista pasa de un conformismo a otro, se puede estar ciertos de que no dejará nada inexplorado".
El transformismo acontece cuando lo contingente, lo inmediato, el interés, el negocio, la
conquista del poder por el poder matan cada ideal y también cada diferencia. Péguy en Nuestra juventud nos recordaba: "Lo que interesa, evidentemente, es que los republicanos triunfen sobre los monárquicos y los monárquicos sobre los republicanos, pero esto tiene poca importancia, no cuenta para nada frente a la necesidad de que los republicanos se mantengan republicanos, los republicanos sean verdaderamente republicanos... los monárquicos sean y permanezcan monárquicos".
En el fondo, me parece que permanecen sensatos y profundos la intuición y el análisis de Tomasi di Lampedusa, cuando pone en boca de Tancredi la celebérrima expresión: "Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie".
Porque, como explica el protagonista de la gran novela El Gatopardo, el Príncipe de Salina, hasta cuando un pueblo se cree perfecto y su vanidad es más fuerte que su miseria y quiere seguir durmiendo, ¿por qué motivo tendría que abrirse a un mensaje de liberación profunda, si es rico, sabio, civilizado, honesto, si es por todos admirado y envidiado, en una palabra, si es perfecto?
Si no queremos colaborar en hacer nacer algo "nuevo" que, con toda probabilidad, será más terrible que lo viejo, entonces, es oportuno que comencemos por lo profundo de nuestras conciencias; que nunca temamos "a los que solo pueden matar el cuerpo, pero no el alma", y que siempre amemos la verdad, cueste lo que cueste, y la verdad nos hará libres.
En nosotros, entonces, no resonarán las palabras que el deprimido Príncipe de Salina pronunció: "Todo esto no tendría que durar, pero durará siempre. El siempre de los hombres, naturalmente, un siglo, dos siglos... Y luego será distinto, pero peor. Nosotros fuimos los Gatopardos, los Leones. Quienes nos sustituyan serán chacalitos y hienas, y todos, gatopardos, chacales y ovejas, continuaremos creyéndonos la sal de la tierra".
He aquí, por qué, volviendo a Bernanos, es mil veces mejor una persona o un pueblo corrupto que una persona o un pueblo hipócrita.