EVANGELIZAR LA VIDA:
LA TAN DECANTADA HORA PARAGUAYA
Hace algunos días, volviendo a casa, me avisaron que un señor, responsable de uno de los tantos departamentos inútiles que la burocracia crea, me había buscado, dejando su número de teléfono.
Es mi costumbre, cuando es posible, no postergar un compromiso.
Cuando uno posterga una obligación, sin una verdadera y urgente necesidad, al final, sobre la marcha, nacen nuevos compromisos y fácilmente uno se olvida de los precedentes.
Para evangelizar la cultura de un pueblo, se exige el coraje de empezar por las cosas más pequeñas, a fin de que - como dice el Evangelio - al final de los tiempos el Señor pueda decir a cada una de las ovejas a nosotros confiadas: "... Ya que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré mucho más. Ven a compartir la alegría de tu patrón" (Mt 25, 23).
Por esto, llamé enseguida a ese señor que me había buscado. Me contestó la secretaria diciéndome que en aquel momento estaba ocupado, pero que me llamaría dentro de un ratito.
Por lo poco que conozco de la famosa hora paraguaya y de lo que significan palabras como "ratito", le pregunté si se trataba de un ratito o de un ratón.
La secretaria insistió que el responsable me devolvería la llamada enseguida.
Después de 23 minutos, mientras estaba yendo a visitar a un enfermo, me avisaron que ese señor del que estoy hablando había resucitado.
Tomé el teléfono y escuché lo que deseaba y, al final, le expliqué la diferencia entre ratito y ratón y que cualquier discurso empieza siempre con la fidelidad a las pequeñas cosas.
Los hombres no son islas
La puntualidad no es algo que pertenece a la idiosincrasia de un pueblo. Es una de las expresiones de una cultura que tiene fundamento en la fe, en el creer que Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza y que "el Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre" (Gaudium et spes, 22). Por esto, cada hombre merece nuestro respeto.
Justificar la falta de puntualidad en nombre de la idiosincrasia paraguaya es una de las tantas estupideces que se repiten, sin comprender lo que se dice. Y es también una postura racista, que hace del paraguayo un hombre inferior a los demás, incapaz de vivir respetando la palabra dicha, como si viviese solo, solito, como "una isla rodeada de tierra". Los hombres no son islas - es el título de uno de los libros más bellos de Thomas Merton -, y no ser una isla quiere decir vivir con los demás, sin hacer del propio yo y la propia libertad el único absoluto, frente al cual toda rodilla debería doblarse, porque todos tendrían que estar a nuestro servicio, como si nosotros fuéramos los señores absolutos del tiempo y de la vida del mundo entero.
Cuando la libertad del yo se hace absoluta, ya no existe una verdad objetiva que tenga valor para todos. Cada uno tiene su hora y su verdad, y la consecuencia es la disolución de cualquier posibilidad de vida social. Se cae en lo que se llama la dictadura del relativismo, donde faltan valores absolutos de juicio, porque cada uno tiene su libertad, sus valores, su hora.
Para los que no conocen la idiosincrasia paraguaya, me permito citar el ya clásico tratado de paraguayología de Helio Vera: En busca del hueso perdido. El mismo, al hablar de la hora paraguaya, escribe: "El tiempo propio se expresa, entre otras cosas, en la célebre hora paraguaya, que puede ser una hora antes o una después. O tal vez dos. Pero nunca será la hora señalada, aun para la reunión más solemne, rubricada por una tarjeta repleta de escudos y letras doradas. El lenguaje popular se burla de la puntualidad. Un ñe'ênga muy conocido dice precisamente: estamos sobre la hora, he'i relo'ári oguapy va'ekue (estamos sobre la hora, dice el que está sentado sobre un reloj). ... Nadie tiene derecho a indignarse ante la hora paraguaya. Que alguien llegue tarde a una reunión, o al día siguiente, no es un rasgo deliberado de descortesía. Ni un insulto. Ni siquiera un olvido involuntario. Se trata simplemente de que los horarios implacables no pertenecen a nuestra cultura".
Y Aníbal Romero Sanabria, en su Más paraguayo que la mandioca, habla de la hora paraguaya como del cuarto pecado capital del paraguayo. Escribe a propósito: "La hora paraguaya (las 8:00 hs. no son las 8:00 hs., son las 8:30 hs. o quizás las 9:00 hs.). No hay mucho que hablar, hasta en los actos oficiales se establece una hora antes ‘porque ya sabemos luego que van a venir más tarde'. Ningún empresario podrá hacer así su agenda, ninguna administración del tiempo podrá ser estructurada. Espero que con el Mercosur: ¡la hora sea la hora!!!".
¡Esperamos! Nunca debemos perder la esperanza, que es una virtud teologal. Eso, sin embargo, no nos dispensa de evangelizar al hombre paraguayo en su cultura, teniendo el coraje de "alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación" (Evangelii nuntiandi, 19).
Benedicto XVI y la hora italiana
A los que te miran por encima del hombro como para decirte: "¡Pobrecillo!... Tú no conoces la idiosincrasia paraguaya. ¿Qué puedes comprender de nuestra cultura?"; y, después, hipócritamente, empiezan a cantar: "Bienvenido, hermano extranjero...", quiero solo recordar que la falta de puntualidad es algo que pertenece no solo a los paraguayos (¡por favor, dejemos el racismo!...), sino a todos los seres humanos.
Pertenece también a los italianos y, de manera muy especial, a los romanos. Yo, ciudadano romano, conozco bien esta mala costumbre.
Termino con esta pequeña anécdota, que la Agencia de prensa Reuters lanzó el 25 de abril de 2005, a las 14:30 hs.: "Benedicto XVI llegó con algunos minutos de retraso para la primera audiencia con sus connacionales y, después de haber pedido disculpas, bromeando añadió: ‘Puede ser que ya me haya italianizado'".
Es solo una anécdota. Pero sería oportuno sacar de este pequeño hecho una gran enseñanza y no hacer como ciertos muchachitos que absolutizan sus faltas; no saben aceptar ninguna observación; no saben pedir disculpas; se ponen furiosos y ya no te dirigen la palabra.
Mientras que sean muchachitos, no existe ningún problema.
Lo grave sería si llegan a asumir una responsabilidad seria, sobre todo en el campo de la educación. Entonces se plantearía verdaderamente el problema de la posibilidad del nacimiento y el desarrollo de una dictatura del relativismo.
Si faltan la fidelidad y el cambio en las pequeñas cosas, es inútil esperar el cambio en las grandes.
Y la cultura del opareí seguirá dominante, aunque se cambie el color de la remera.
Emilio Grasso
14/08/09
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