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FE Y POLÍTICA




 
Mons. Lugo Fernando MéndezDesde algunos meses, los principales órganos de la prensa internacional siguen publicando artículos, entrevistas y comentarios acerca de la noticia que a Mons. Fernando Lugo Méndez, Obispo Emérito de la diócesis de San Pedro (Paraguay), ha sido infligida la pena de la suspensión a divinis, a norma del canon 1333 § 1 del Código de Derecho Canónico, considerado el hecho de que, a pesar de que hubiese recibido ya una Admonición Canónica, Mons. Lugo ha declarado públicamente la intención de aceptar la candidatura a Presidente de la República del Paraguay, para las elecciones de mayo de 2008.

En el Decreto de suspensión a divinis, está afirmado claramente que Mons. Lugo “permanece en el estado clerical y continúa estando obligado a los deberes a él inherentes”.

De su parte, los Obispos del Paraguay, a través de un comunicado, han expresado su adhesión y apoyo a las decisiones tomadas por la Sede Apostólica.

Correctamente, los Obispos del Paraguay no entran en un campo no suyo, es decir el del derecho constitucional, para decidir, en base al art. 235 de la Constitución de la República del Paraguay, que inhabilita a los ministros de cualquier religión o culto a ser candidatos a los cargos de Presidente o Vice Presidente, si Mons. Lugo está habilitado o no para presentarse como candidato presidencial.

Mons. Lugo, miembro de la Sociedad del Verbo Divino, fue nombrado Obispo en 1994 a la edad de 45 años. Dimitió de su cargo, de repente, en 2005 aduciendo motivaciones de salud.

La Agencia Aciprensa sostiene, al contrario, que Mons. Lugo fue obligado a dar aquella dimisión.

El 29 de marzo de 2006, Mons. Lugo fue el indiscutido protagonista de unaParaguay importante marcha ciudadana, que juntó a amplios sectores de la oposición, insurgida frente a un fallo de la Suprema Corte de Justicia, acusada de parcialidad y favoritismos con respecto al Partido Colorado, en el poder desde hace sesenta años sin solución de continuidad.

Al momento actual la situación permanece confusa y altamente conflictiva.
Hoy, la Iglesia misma paga caro la responsabilidad de no haber construido ningún bagaje cultural-ético-racional-dialógico.
 
A pesar de que todos continuamente se llenan la boca con la palabra “pueblo”, el pueblo es el gran ausente en la elaboración de un proyecto y de una praxis política.

Muchas veces, Mons. Lugo ha declarado que solo la conquista del poder político puede dar solución a los problemas que el país sufre.

Vuelve a ponerse de moda la recurrente y acrítica distinción entre país legal (el palacio habitado por los malvados y que los buenos deben conquistar) y país real (el pueblo bueno que una vez llegado al poder, finalmente, restablecerá un orden de justicia-libertad-legalidad-igualdad).

A esta visión se añade otra, que considera la política como relación entre un leader carismático y el pueblo.

Acerca de este punto, Mons. Lugo ha entrado inmediatamente en tensión y conflicto con las fuerzas de la oposición, encontrando dificultades para tomar parte en la compleja dialéctica entre los partidos y los mecanismos de elección de los candidatos.

Con su postura, Mons. Lugo declara, de hecho, la incapacidad del laicado de asumir sus propias responsabilidades en un campo de su propia competencia. Leyendo los periódicos y escuchando las radios, parece que está ignorado del todo el claro Magisterio de la Iglesia, según el cual “no corresponde a los pastores de la Iglesia intervenir directamente en la actividad política y en la organización de la vida social”.

El preciso servicio a la verdad y a la caridad con respecto a un Obispo, que “libremente aceptó el nombramiento y recibió la consagración episcopal”, “un servicio aceptado libremente para siempre”, no constituye ninguna “injerencia vaticana” y, con mayor razón, tampoco un apoyo a las fuerzas del partido de gobierno.

ParaguayAl contrario, esta intervención se pone como precisa tutela de la vocación de los laicos a quienes les pertenece, en el campo de su responsabilidad, construir la respuesta posible, y nunca definitiva y tanto menos salvífica, a las exigencias puestas por el estímulo del anuncio del Reino.

Todos los tipos de intervención como los de Mons. Lugo denotan una situación de suplencia, que puede asumir formas de patología crónica. Ellas, si no están contrastadas restableciendo los exactos términos de la cuestión, dejan en una situación de irresponsabilidad e infantilismo al laicado, que tiene necesidad de paternalismos protectores.

En el respecto de las debidas distinciones, en el Paraguay se pone con urgencia la necesidad de restablecer la correcta dialéctica entre fe y política, sin caer en las tentaciones siempre al acecho de nuevas formas de clericalismo o de laicismo.

Se pone, además, la urgencia de una clarificación de la teología de la vida consagrada, del sacerdocio y del obispado, en relación con compromisos libremente y definitivamente asumidos.

                                                                                                       E. G. 




10/03/07
 
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