FUNDAMENTOS MÍSTICOS DE LA GRAN MISIÓN CONTINENTAL
En el Mensaje Final de la Conferencia de Aparecida, leemos: "Convocamos a todos nuestros hermanos y hermanas, para que, unidos, con entusiasmo realicemos la Gran Misión Continental. Será un nuevo Pentecostés que nos impulse a ir, de manera especial, en búsqueda de los católicos alejados y de los que poco o nada conocen a Jesucristo, para que formemos con alegría la comunidad de amor de nuestro Padre Dios. Misión que debe llegar a todos, ser permanente y profunda" (Mensaje Final, 5).
Ahora bien, para que esta Misión Continental no fracase, debemos hacernos el interrogante: "¿Dónde y cómo encontramos a Jesucristo en nuestros días?".
Este interrogante está en consonancia con las preguntas que ya se planteaba Von Balthasar, uno de los más destacados teólogos del siglo XX: "¿Dónde está entonces esta columba immaculata?", "¿cuál Iglesia? y ¿quién puede ayudarme en la Iglesia?".
El anuncio desconcertante de que "Jesús es el Cristo" deja indiferentes a los hombres de hoy, si en estos hombres el anuncio no llega hasta el vacío creado en su corazón por una espera, una esperanza, un deseo. El anuncio dirigido a hombres "satisfechos" no puede conseguir respuesta.
Si falta este deseo de liberación total, esta sed de relación personal, esta sensación de cansancio por todo lo que muere...; entonces, el anuncio de que en un punto de la historia se ha cumplido la liberación, y que este Punto es también la posibilidad del inicio de nuestra liberación, es un anuncio que no entra en contacto con un hombre que no-nos-escucha.
Hacer surgir esta sed de relación es la tarea primaria que corresponde a la Misión Continental. Esta sed no se crea, no se suscita, si no somos portadores de una fuente con la que estamos en continuo diálogo, que toca las profundidades secretas del otro y hace resonar un canto que se creía que ya no existía.
El peligro de la burocracia eclesial
Una Iglesia que se desvanezca dentro del mundo que la rodea, una Iglesia que pierda la dimensión mística de la relación interpersonal, que ya no sepa leer el Cantar de los Cantares y que ya no predique el gesto de la Magdalena, sería una Iglesia que solo podría agregar palabras y motivaciones, razones y discusiones, que, sin embargo, no desencadenarían la exaltación del amor.
Von Balthasar, en un célebre escrito, se quejaba de una Iglesia que se había vuelto "la Iglesia de los diálogos permanentes, de las organizaciones, de las consultas, de los congresos, de los sínodos, de las comisiones, de las academias, de los partidos, de los grupos de presión, de las funciones, de las estructuras y de las nuevas estructuraciones, de los experimentos sociológicos, de las estadísticas".
Una Iglesia que, según Von Balthasar, ha perdido en gran medida su rostro místico.
En una famosa entrevista, el entonces Card. Ratzinger afirmaba: "¡Qué ocurrencia! Tendríamos una Iglesia demasiado organizada. Imagínese que solamente en mi arzobispado había 400 funcionarios y empleados, todos bien retribuidos. Ahora bien, sabemos que cada oficio tiene que justificar su propia existencia produciendo documentos, planificando nuevas estructuras, organizando asambleas. Sin duda, todos tienen la mejor intención. Pero con harta frecuencia ocurría que, con tantas 'ayudas', los párrocos se sentían más cargados que aliviados".
Para mí, la principal tarea a la que está llamada la Misión Continental es la de releer el Cantar de los Cantares, no en la paz de los claustros medievales, sino en el corazón de la conflictividad del mundo en que estamos, donde la vida de los hombres se consume en soledad, conflictos, desesperación, pobreza, explotación, abandono, vacío de cielo y vacío de tierra.
La locura de la Magdalena, fundamento de la misión
El amor de la mujer que "desperdiciaba" el aceite perfumado de nardo genuino de gran valor (cf. Mc 14, 3); que lloraba arrodillada mojando los pies de Jesús y los secaba con sus cabellos, despertando sospechas en el fariseo que estaba mirando (cf. Lc 7, 36-39); de la que habían salido siete demonios y que se iba por ciudades y aldeas con otras mujeres, con los Doce y con Jesús (cf. Lc 8, 1-3), ha sido predicado por la Iglesia como el amor de la Magdalena, la mujer que abre el sendero, indica el camino; la mujer a la que el Resucitado envía en misión (cf. Jn 20, 1-18).
Este amor loco, desconcertante, escandalizante, flexible, en comparación con otros esquemas y reglas del tiempo; este amor que significa la primacía de la persona, de la relación personal por sobre todas las reglas de comportamiento en boga; que impone las razones del corazón sobre las razones de la inteligencia, es la clave que se debe volver a descubrir para afrontar la temática de la Misión Continental.
Este amor está llamado a transformarse en Silencio y en Música. Pero, "en el principio existía la Palabra" (Jn 1, 1), y silencio y música están llamados a ser plenitud de Dios y no vacío de Palabra.
Citando a Kant, el Card. Kasper recordaba que los conceptos sin intuiciones son vacíos; las intuiciones sin conceptos son ciegas. Si la teología se limita a interpretar las fórmulas y los conceptos transmitidos, se ofrecen fórmulas doctrinales que suenan a vacías.
La locura de la Magdalena es posible solo partiendo del encuentro desconcertante con un hombre que, en su humanidad, dice más que su humanidad; y dice más, porque es realmente más. No engaña, como un experto jugador de póker, porque su amor no se detiene ante la muerte, sino que va más allá de la muerte. Es el amor que muere, pero, después del silencio que interpela la fe y llama al amor, resucita.
Sin una experiencia mística, fundada en la escucha-contemplación de la Palabra dada en la Iglesia, la objetividad de las verdades de fe y de moral queda como algo que no interesa.
Esta objetividad no liberará de la ilusión gigantesca del espíritu humano replegado sobre sí mismo; como si una experiencia de sí que trasciende todo lo que está al frente fuese ya experiencia del Dios viviente.
Una experiencia mística que no se abre al Tú, queda encerrada en el Yo.
La autenticidad última de una experiencia mística será dada por la misión. "Como la Esposa del Cantar, la Iglesia, en la persona de la Magdalena, parte a la búsqueda de Cristo. Si lo encuentra resucitado, es en un acto de fe. Más aún: de Aquel al que ha vuelto a encontrar nace una nueva generación de fieles, de manera que a su séquito Cristo no quiere llevar solamente a María, la Nueva Eva, al Paraíso, sino que reabre las puertas también a la Primera Eva" (V. Saxer, Un sermon médiéval sur la Madeleine, en "Revue Bénédictine" 80 [1970] 30).
Esta nueva generación de fieles comprobará que la relación mística es auténtica.
Fuera de esta experiencia siempre nueva y siempre antigua, queda solamente el vacío de nuestro desfalleciente bronce que resuena o címbalo que retiñe.
Emilio Grasso
13/07/09
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