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HACIA LA V CONFERENCIA DEL EPISCOPADO

 
LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE


La globalización económica en el Documento de Participación

   

 El Documento de Participación, “Hacia la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe”, pone de relieve el tema de la globalización como un desafío para la Iglesia. La palabra globalización se encuentra incluso veinticuatro veces y los números de 112 a 123 conciernen exclusivamente a este tema.

Desde hace años, en varias sedes, los expertos que más entienden del fenómeno subrayan la complejidad de este proceso que presenta, al mismo tiempo, valores positivos y negativos.

“La globalización económica – afirma el Documento de Participación – es un fenómeno complejo que genera riquezas gracias a la intercomunicación mundial y a la elevación de los estándares de producción a parámetros internacionales, y genera, a la vez, de manera más o menos sistemática, pobrezas y marginaciones diversas que afectan gravemente a muchos pueblos. Entre quienes no logran sacar ventajas, porque no tienen la capacidad, los conocimientos y los niveles de formación que ella exige, la pobreza y el desempleo aumentan; también crece la distancia con quienes los poseen” (n.º 118).

La globalización de los mercados

El castillo de RambouilletEl proceso de la globalización de los mercados comenzó por una decisión política.
El 15 de noviembre de 1975, en el castillo de Rambouillet, cerca de París, se reunieron para una cumbre económica los jefes de gobierno de los seis países más industrializados del mundo: Estados Unidos, Alemania, Reino Unido, Francia, Japón e Italia.

Fueron dos las decisiones históricas tomadas en Rambouillet:

1. Lanzar el proceso de privatización (algunos bienes, actividades o empresas pasan de las manos del Estado a las de los particulares).

2. Avanzar hacia la liberalización de la circulación de los bienes, los servicios, los capitales.

Se forma, de esta manera, un mercado global de los capitales, del trabajo y de las mercancías.

Una consecuencia del mercado global de los capitales es que sus poseedores, a cualquier país que pertenezcan, pueden decidir invertir en cualquier mercado, según el interés que tienen en él por el continuo fluctuar de los títulos y de las tasas de interés.

Lo mismo ocurre con el mercado del trabajo. Se invierte donde los sueldos son más bajos y menos vinculantes las normas jurídico-sociales en defensa de los  trabajadores.

Hay que tener presente que, con el sistema de Internet, de hecho los mercados están abiertos las veinticuatro horas.

Otra consecuencia de la globalización y de los desafíos que impone el mercado a niveles cada vez más altos, es que las empresas tienen la necesidad de establecer acuerdos entre sí, que comportan un nivel cada vez más alto de concentración.

Entre las características que distinguen el fenómeno, subrayamos el de la “desestructuración” de las formas organizadoras de la empresa y de la relación entre esfera de la economía y esfera de la política.

De hecho, se realiza la separación entre el lugar en que se efectúa la producción y aquel en el que se toman las decisiones. El proceso laboral puede ser “deslocalizado” según las conveniencias. Ya no hay conexión entre el territorio y las grandes empresas, que se presentan como “un dragón con muchas cabezas”.

Economía y política

En consecuencia, cambia también la relación entre “política” y “economía”. Si la globalización nace en Rambouillet por una elección política, una vez encaminado este proceso, es la economía la que asume la primacía sobre la política. Esta inversión del nexo está grávida de consecuencias y es origen de buena parte de los problemas.

Nos encontramos cada vez más frente a mecanismos transnacionales, anónimos, estructuras que no responden a voluntades decisorias influenciables.

Justamente el Documento del CELAM recuerda que como toda “criatura” gestada por el hombre, la globalización será lo que nosotros hagamos de ella.

A las mismas conclusiones llega el Premio Nóbel de Economía Joseph Stiglitz en un artículo publicado en “Última Hora” (10 de septiembre de 2006, pág. 18).

Stiglitz escribe: “La globalización se puede cambiar y, de hecho, se va a cambiar. Tomar el control del proceso plantea la posibilidad de reformular la globalización, de modo que, al fin, cumpla con su potencial y su promesa: mejores estándares de vida para todos en el mundo”.

Por eso, el conocimiento de las interrelaciones entre economía y política permite intervenir en el fenómeno tomado en consideración.

Y es con respecto a eso, que el 11 de septiembre, inaugurando el Congreso de la Doctrina Social Cristiana, organizado por el CELAM, el Cardenal Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga precisó que “el nuevo reto para la Iglesia es sostener un diálogo con el mundo de la política”.

En este diálogo hay que recordar que “la sociedad justa no puede ser obra de la Iglesia, sino de la política. La Iglesia no puede ni debe sustituir al Estado. Pero ella tiene el deber de ofrecer, mediante la purificación de la razón y la formación ética, su contribución específica, para que las exigencias de la justicia sean comprensibles y políticamente realizables” (Benedicto XVI, Deus caritas est, 28).


 
                                                                                                        E. G.



08/03/07 

 
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