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HACIA LA MISIÓN CONTINENTAL:

SIGNIFICADO Y CONTENIDO DE LA PALABRA AUTÉNTICA


En el Documento de Aparecida leemos: "Dios nos ha dado el don de la palabra, con la cual nos podemos comunicar con Él por medio de su Hijo, que es su Palabra (cf. Jn 1, 1), y entreEl Documento de Aparecida nosotros" (n.º 25).

En efecto, según la fe en la creación, todas las cosas llevan el carácter de la palabra, son palabras que existen. Cada acto creador lleva en sí la estructura de la palabra: "Por la fe, sabemos que el universo fue formado por la palabra de Dios" (Hb 11, 3). El Verbo por medio del cual todo ha sido hecho (cf. Jn 1, 3) lo "sostiene todo con su palabra poderosa" (Hb 1, 3). La manera de ser de las cosas, y mucho más del hombre, posee el sello de la palabra.

Los distintos aspectos de la palabra

La palabra es el instrumento con el cual el hombre puede comunicarse con los demás. No es el único, porque el hombre puede comunicarse con gestos, con la mímica, con movimientos corporales, con el silencio... Sin embargo, la palabra es siempre la forma propia y más perfecta de comunicación. Es importante, entonces, que sea una palabra viva, enriquecida por otras expresiones en las que la entonación, la acentuación, el ritmo, la mirada, los gestos, ofrezcan a la palabra una riqueza, una variedad, una claridad, una plenitud que no se pueden encontrar en ningún otro medio.

En ella podemos distinguir un triple aspecto:

  1. La palabra tiene un contenido. Significa o representa algo: nombra un objeto, formula un pensamiento, un juicio, cuenta un hecho.
  2. La palabra es una interpelación. Se dirige a alguien y quiere provocar en él una respuesta, una reacción. Obra como una llamada, como una provocación.
  3. La palabra, por último, es un descubrimiento de la persona, una manifestación de su actitud interior, de sus disposiciones.

En la civilización actual la palabra ha padecido una crisis profunda, porque muchas veces no está relacionada con un hecho, no representa ningún contenido. Ya no es una palabra visible, que se puede tocar, experimentar (cf. 1Jn 1, 1-3). La consecuencia de esta crisis es el rechazo de la escucha de la palabra, que en la Iglesia se manifiesta con el rechazo de la predicación.

La palabra es un desvelamiento de la persona

En su forma auténtica, la palabra es un desvelamiento de la persona, una manifestación de su actitud interior, de su disponibilidad. El otro no queda como un desconocido. A través de la palabra conocemos la realidad más profunda del otro.

A través del lenguaje el hombre se despierta a sí mismo, encuentra su identidad y, en ella, su puesto en el conjunto de la realidad. Entre aprender el lenguaje y llegar a ser persona, existe una conexión creatural, íntima, esencial.

El modo auténtico de la existencia es aquello en que el hombre vive con decisión según sus posibilidades únicas e irreductibles.

Ha escrito Heidegger - en su obra fundamental El ser y el tiempo - que la existencia anónima es la de todos y de ninguno: es la existencia en la cual el "se dice" o el "se hace" dominaMartin Heidegger totalmente. En ella, todo está nivelado, hecho oficial, convencional e insignificante, porque nunca se sabe quién es la persona que juega su vida en aquella palabra. Nadie habla en primera persona, nadie usa el pronombre "yo". El lenguaje se convierte en habladurías inconsistentes, en las que se busca no comprometerse nunca, hablar de cosas que no interesan.

Una existencia tan vacía busca naturalmente llenarse y por esto está morbosamente inclinada hacia lo nuevo; la curiosidad es, pues, su otro carácter dominante: curiosidad no por el ser de las cosas, sino por su apariencia visible, que por esto lleva consigo el equívoco. El equívoco es el tercer distintivo de la existencia anónima que, dominada por la habladuría y la curiosidad, acaba por no saber ni siquiera de qué se habla o a qué se refiere el "se dice".

Indudablemente, en la vida de todos los días, constatamos que estos análisis han pintado fielmente la realidad, cuando observamos cuántas son las personas que viven verdaderamente y cuántas las que son vividas, que se dejan llevar como sobre una escalera móvil. Y, sin embargo, cualquier teoría que quiera reducir la libertad del hombre a una variable sin importancia decisiva, resulta necesariamente inadecuada.

Jesucristo: un lenguaje en primera persona

Jesucristo vive una existencia auténtica, porque su lenguaje nunca es un lenguaje anónimo. Jesús acaba con el lenguaje impersonal de los que se referían a la Ley afirmando: "Está escrito". A esta fórmula Jesús opone: "Yo te digo".

Hablando en primera persona, Jesús mostró al hombre el camino para salir de la existencia anónima, de la falsedad de las relaciones, del círculo siempre igual de una existencia determinada por el "se dice" y "se hace". Si el actuar de Jesús puede ser todavía hoy paradigmático, si su persona pudo evitar ser anulada en la masa, es porque su persona es la del Hijo de Dios, del Verbo.

Jesús se comporta de manera diferente porque es realmente diferente. Su palabra dice más, porque Él es más.

Diciendo "Yo Soy", Jesús no solamente afirma su propia identidad y libertad con relación a los escribas, sino que también afirma solemnemente su propia divinidad. "Yo Soy" es el nombre con el que Dios se reveló en el Éxodo (cf. Ex 3, 14). En Isaías es el título propia y exclusivamente divino (cf. Is 43, 10-13). Son, entonces, prerrogativas divinas las que Jesús se aplica - y que Juan le reconoce - cuando a la pregunta: "¿Quién eres tú?", responde: "Antes de que Abraham existiera, Yo Soy" (Jn 8, 58). "Os lo digo desde ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, creáis que Yo Soy" (Jn 13, 19).

La misión continental se podrá realizar si la acogida de esta palabra significa renunciar a su propia voluntad, para realizar la voluntad de Dios. "Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra" (Jn 4, 34). "He bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado" (Jn 6, 38).

Estamos llamados a hacer que Dios hable por medio nuestro, que Dios llene al hombre y el hombre hable con autoridad, en primera persona. Hablar en primera persona exige del hombre la cruz, la renuncia a sí mismo porque solamente Dios puede decir: "Yo te digo", solamente Dios puede romper el círculo de la existencia anónima. De ningún otro mortal común se podrá decir completamente que ha logrado sustraerse a los condicionamientos, a las habladurías, a la curiosidad, a la ambigüedad. Es por esto por lo que el elogio que Jesús ha sabido inspirar en los fariseos mantiene toda su fascinación, en un mundo en que la existencia es pensada a partir del punto de vista de los demás: "Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con franqueza y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas" (Mt 22, 16).

Emilio Grasso

31/07/09
 
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