LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA:
ELEMENTOS Y REFLEXIONES PARA UNA RENOVADA
PASTORAL SOCIAL
La pastoral social tiene un ancho radio de acción, en las parroquias y las Diócesis del Paraguay.
En un País donde los problemas sociales, causados sobre todo por una inicua distribución de la riqueza, son considerables, la Oficina de la Pastoral Social Nacional de la Conferencia Episcopal Paraguaya ha juzgado oportuno interrogarse, y hacer preguntas a los muchos operadores pastorales de las diversas Diócesis sobre la acción que la pastoral social desarrolla, a la luz de la doctrina social de la Iglesia y del Documento de Aparecida. Luego, ha organizado un encuentro de formación para un grupo de operadores de la pastoral social de la región del Centro, sábado 3 de septiembre pasado, en las estructuras del Obispado de San Lorenzo.
El tema propuesto ha sido: "El proceso de formación de los discípulos misioneros hacia una renovada pastoral social", con referencia al Documento de Aparecida, y el objetivo indicado era el de profundizar en algunos principios, valores y directrices para una acción pastoral a partir de la doctrina social, aplicando el método de ver-juzgar-actuar al trabajo de la pastoral social diocesana.
Emilio, que ha participado de este encuentro como uno de los conferenciantes, ha desarrollado algunos puntos de la amplia temática, subrayando la importancia, para los operadores de la pastoral social, de comprender la naturaleza de la doctrina social de la Iglesia, teniendo en cuenta sus orígenes y fundamentos para llegar a ponerla en práctica, utilizando el método de ver-juzgar-actuar. Ha puesto en evidencia también la necesidad de entender la distinción entre caridad y justicia, que, muy a menudo, se confunden en su aplicación y, por consiguiente, la diferencia entre la pastoral social y la acción política.
La doctrina social de la Iglesia: disciplina normativa para los creyentes
Si se comprende que la doctrina social no es una ideología, sino que pertenece al sector de la teología y, en lo específico, de la teología moral, se puede entender cómo ella, a diferencia de las ciencias humanas, es una disciplina normativa y una doctrina que se debe poner en práctica. La aplicación de las líneas indicadas por el Magisterio social no depende de la jerarquía eclesiástica, sino que es una cuestión que se pone a los laicos, a su conciencia y a su libertad personal. No competen a la Iglesia "jerárquica" y, por lo tanto, a los Obispos la elaboración y la actuación de un programa político de inspiración cristiana, y menos aún la organización de un partido confesional.
Lo que, en cambio, compete a la Iglesia, a través de su doctrina social, es orientar a los laicos, dar a ellos el estímulo a trabajar, a formarse y a pasar de una pastoral "de la voluntad", donde se insiste en el deber hacer, a una pastoral "de la inteligencia", donde se cree en la inteligencia de cada hombre, en su libertad, en sus capacidades y en los dones que ha recibido y le permiten ser una persona capaz de asumir sus propias responsabilidades.
Teniendo en cuenta el contexto histórico y social en que se ha originado la doctrina social de la Iglesia, caracterizado por los cambios epocales traídos por la Revolución Industrial y la Revolución Francesa, la doctrina social de la Iglesia pone su fundamento en la dignidad del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios; principio afirmado ya en la primera encíclica social, la Rerum novarum del pontífice León XIII, y ratificado en los sucesivos documentos sociales.
Frente a las situaciones sociales de explotación, injusticia y pobreza, las respuestas y las soluciones deben llegar de la inteligencia, del juicio, del pensamiento crítico de cada uno y del propio actuar. Nadie tiene una solución unívoca y cierta de las múltiples problemáticas sociales, tampoco el Pontífice. Por esto, la jerarquía, como también el Magisterio social de la Iglesia, respetan las diferentes soluciones, recordando a todos, sin embargo, cuáles son los principios normativos para cada cristiano, e invitando a los laicos a comprometerse personalmente en la construcción de la justicia, sin excluir nunca aquella dimensión de la caridad, que ni la justicia puede satisfacer y que siempre tiene que subsistir en el cuerpo de la Iglesia.
Saber distinguir entre caridad y justicia
Por tanto, es esencial, para todos los operadores pastorales, saber hacer la correcta distinción entre caridad y justicia. Haciendo referencia a la encíclica Deus caritas est de Benedicto XVI, se ha ratificado la necesidad de hacer claridad acerca de este punto. La justicia no pertenece, en primera instancia, a la Iglesia, sino al Estado, que debe ser considerado según una sana laicidad. En efecto, un Estado que no se estructure según justicia, se transforma en una banda de ladrones, según una expresión de san Agustín citada en la encíclica misma.
Las cuestiones de justicia no pertenecer a la Iglesia, sino al Estado, y la necesaria distinción entre las dos instituciones es la mismo que existe entre fe y política, acción pastoral de la Iglesia y actuar político. Este último, que es esencialmente un actuar para que reine la justicia, pertenece a la política en el sentido más alto y noble del término; por tanto, este pertenece a la acción de los laicos, según diferentes opciones y programas.
La iglesia no está llamada a tener una propia propuesta política. Como claramente se afirma en la Octogesima adveniens de Pablo VI, no existe un proyecto político que derive directamente del Evangelio, sin la mediación de las ciencias humanas.
En tal sentido, los laicos católicos pueden estar en diferentes partidos políticos, porque pueden ser diferentes las soluciones de un mismo problema. Sin embargo, lo que se afirma como único principio directivo para los católicos en la acción política es el amor al hombre.
Organizar en concreto, en una determinada situación, una política que no vaya contra este principio del amor al hombre y contra la justicia pertenece al esfuerzo de la inteligencia y de la voluntad, a la responsabilidad, a la libertad y, sobre todo, a la conciencia de cada uno, que, como se afirma en el Catecismo de la Iglesia Católica, retomando una expresión del cardenal Newman, "es el primero de todos los vicarios de Cristo" (n.° 1778).
No existe, por ejemplo, un único proyecto político para concretar la opción preferencial, pero no exclusiva, por los pobres, elaborada particularmente en América Latina. Al contrario, hacer derivar del Evangelio una única alternativa política significa hacer una lectura fundamentalista de la Escritura, que no tiene posibilidad de existencia en el cuerpo eclesial.
Por eso, hacer la distinción, que no es separación, entre justicia y caridad, entre fe y político, política y Evangelio, no significa dar un juicio moral y afirmar que la una es buena y la otra no lo es. Denota, más bien, que justicia y caridad, aunque siendo unidas, ya que no hay caridad sin justicia, deben permanecer distintas para evitar, como frecuentemente sucede en el cotidianidad, que se ofrezca como caridad lo que, en realidad, se tenía que dar como justicia.
El método: ver-juzgar-actuar
El Evangelio indica lo que es bueno y justo y lo que no lo es, empuja a ver, a valorar y, en fin, a actuar, pero, no ofrece ninguna solución práctica, así como tampoco la dan las orientaciones, los principios y las directrices de acción de la doctrina social que derivan de la Sagrada Escritura.
Sobre esta base se ha desarrollado el método de ver, juzgar y actuar, particularmente difundido en América Latina.
Este método, que se originó en Bélgica por obra de Joseph Cardijn, ha sido particularmente aplicado por las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano de Medellin, de Puebla y recientemente de Aparecida, como se afirma en el n.° 19 del Documento conclusivo de esta última Conferencia.
Ver-juzgar-actuar significa partir de la realidad, estudiarla y conocerla, a través de preguntas y simples investigaciones, como hizo Joseph Cardijn viviendo con los jóvenes obreros y mineros de Bélgica, en los años 20, trabajando con ellos y observando la situación de pobreza e injusticia en la que estaban sumergidos.
Él intuyó que no era Dios el que tenía que solucionar las situaciones de iniquidad y de miseria, sino que los mismos hombres podían juzgar la realidad a la luz del Evangelio, después de haberla visto, y cambiarla actuando de manera consiguiente.
Este método, en efecto, toma en consideración la capacidad y la responsabilidad del hombre, al cual Dios ha dado todos los instrumentos y las cualidades necesarias. Dios, en efecto, ha creado al hombre haciéndolo heredero y administrador de toda la creación. Él, por tanto, posee los dones naturales de la inteligencia, de la voluntad, de la memoria, y los de la redención, ya que Dios se ha hecho débil, se ha entregado totalmente y, en Jesucristo, ha dado la totalidad de sí mismo hasta derramar su sangre. Ahora es el hombre quien debe responder, trabajar, utilizar los dones recibidos para actuar y construir. No se puede pedir a Dios o a la Virgen María que todo ande bien, que todo se solucione, cuando no se ponen en práctica todas las capacidades que el hombre tiene para actuar y solucionar sus propios problemas.
Ver la realidad significa aplicar toda la inteligencia, para llegar a juzgar y, luego, a actuar sobre la realidad misma para cambiarla. Pero, es necesario interrogarse, como invita Benedicto XVI en su Discurso inaugural en la Conferencia de Aparecida, sobre qué es la "realidad". No son "realidad" solo los bienes materiales, los problemas sociales, económicos y políticos, afirma el Papa. "Aquí está precisamente el gran error de las tendencias dominantes en el último siglo, error destructivo, como demuestran los resultados tanto de los sistemas marxistas como incluso de los capitalistas. Falsifican el concepto de realidad con la amputación de la realidad fundante y por esto decisiva, que es Dios. Quien excluye a Dios de su horizonte falsifica el concepto de "realidad" y, en consecuencia, solo puede terminar en caminos equivocados y con recetas destructivas. La primera afirmación fundamental ─ratifica el Santo Padre─ es, pues, la siguiente: solo quien reconoce a Dios, conoce la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y realmente humano. La verdad de esta tesis resulta evidente ante el fracaso de todos los sistemas que ponen a Dios entre paréntesis".
No hay una receta segura que marque cómo se debe proceder. Tampoco el mismo método la indica, porque no hay una respuesta única y cierta para todos los problemas, y darla sería, de todos modos, deresponsabilizar a los hombres.
Cada uno tiene que tratar de dar la propia respuesta para llegar, en el compartir, a una solución, a una forma de acción, aunque sabiendo que cualquier realización humana no se identifica con el Reino de Dios
Todo esto vuelve a llamar en particular a los operadores de la pastoral social en su actuar concreto, a sumergirse en las problemáticas humanas y sociales de las personas, a ver, amar y considerar con justicia y caridad la totalidad del hombre, hecho de alma y de cuerpo, pero, al mismo tiempo, a no olvidar de dirigir siempre la mirada al Cielo, ya que, para cada cual, es el Cielo la verdadera y definitiva patria.
(A cargo de Emanuela Furlanetto)
(Traducido del italiano por Luigi Moretti)
12/09/2011
|