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La esperanza no nos abandona...
pero la traición de nuestra vocación
pesará tremendamente sobre la Iglesia en el Paraguay (*)
Por Emilio Grasso
Italia y Paraguay, en el mes de abril, tendrán en común el hecho de que los respectivos ciudadanos estarán llamados a ir a votar, para la renovación de los diferentes órganos de Gobierno.
La doctrina de la Iglesia sobre la distinción (que no es separación) entre el plano político y el más apropiadamente evangelizador ha sido aclarada, muchas veces, en numerosos documentos del Magisterio.
Puesto que escribo este artículo para una revista misionera, remito a la Encíclica Redemptoris missio de Juan Pablo II, que constituye un documento fundamental de referencia. En el n.° 58, se confirma que la misión de la Iglesia no es la de actuar directamente en el plano económico, técnico, político; ni es la de contribuir materialmente al desarrollo; sino que cosiste esencialmente en ofrecer a los pueblos una evangelización cada vez más profunda, despertando las conciencias por medio del Evangelio. La Iglesia da su contribución proclamando la verdad sobre Cristo, sí misma y el hombre, aplicándola a una situación concreta.
He aquí toda la diferencia entre la acción evangelizadora-pastoral de la Iglesia, que es una llamada ininterrumpida y una formación permanente en los valores que descienden del anuncio del Evangelio, y la acción de la política, que es el arte, en el sentido más noble del término, de encarnar, aunque siempre de una manera precaria y no exhaustiva, estos valores evangélicos.
En este sentido, la política es laica (cosa muy diferente de un "fundamentalismo laicista"). Y son los laicos, en su responsabilidad, los que están llamados a asumir sus propios deberes en los campos de su competencia.
Cuando será publicado este artículo, todavía no se sabrá qué resultado habrán logrado las elecciones políticas en el Paraguay.
Pero, cualquiera que sea su resultado, seguramente ellas crearán problemas en el contexto de la Iglesia paraguaya.
En efecto, un Obispo emérito, Mons. Fernando Lugo, ha tomado la decisión de presentarse como candidato presidencial.

Es indudable que el país sufre graves injusticias, una corrupción generalizada, un estado endémico de pobreza y que vive con una clase dirigente de nivel ínfimo. Pero, ¿cuál es la función de un Obispo? ¿De un sacerdote? ¿De un religioso, que es también misionero?
Debemos tener el coraje de la verdad ("solamente la verdad nos hace libres") y dejar de repetir a lo infinito, sin sentido crítico y sin colocar la expresión en los debidos contextos, que "la política es la forma más alta de ejercer la caridad". Si esto fuese verdad, sin ulteriores explicaciones, todos deberían tener el coraje de dejar la vida religioso-misionera y/o sacerdotal, para entrar en la política.
Es ridículo escribir que el "abandono del ministerio episcopal, lejos de significar infravaloración del Evangelio y los sacramentos, es más bien llevar a la práctica y sembrar en los surcos de la historia concreta, la verdad, la justicia y la fraternidad que Cristo Jesús trajo a los hombres1.
El otro motivo alegado, o sea, la falta de laicos preparados y honestos en política, es un argumento que suena a nuestra vergüenza, en un país en su inmensa mayoría católico, donde casi todos los jóvenes pasan por nuestras parroquias, asociaciones, escuelas católicas, oratorios, etcétera. Por honestidad, tendríamos que preguntarnos, más allá de la libertad de respuesta de cada uno, qué es lo que enseñamos y qué testimonio damos.
La política es una cosa seria. Y el haber estado Obispo de una Diócesis pobre no constituye absolutamente ningún mérito, para la conducción de un Estado que quiere entrar, con pleno derecho, en la modernidad.
En un discurso en Ecuador, Mons. Lugo ha afirmado recientemente que, si será elegido presidente, nombrará como Ministro de la economía a una ama de casa. Esto trae a la mente las famosas palabras, que Majakovskij puso en boca de Lenin: "¡Hasta a las cocineras les enseñaremos a dirigir el Estado!".
Todos sabemos cómo ha fracasado la revolución leninista. Las cocineras no llegaron a dirigir el Estado, y una nueva clase se apoderó no solo del poder, sino también de la pobre olla de millones y millones de agricultores y obreros.
Es triste que nosotros los sacerdotes y misioneros juguemos con la piel de los pobres. Pero, es más triste aún que, abandonando nuestra vocación de los orígenes, vayamos creando en los más pobres la ilusión de un cambio.
La esperanza no nos abandona. Pero, esta traición de nuestra vocación, que es traición de Dios y de los pobres, quienes pagarán por ella el precio más duro, pesará tremendamente en el futuro sobre la Iglesia en el Paraguay.
*Publicado en "Missione Redemptor hominis n.° 83 (2008) 1.
Numerosos artículos sobre este mismo tema se pueden encontrar clicando aquí.
1 S. NÚÑEZ, Consideraciones y respuestas a Mons. Livieres Plano, en "ABC Color" (31 de enero de 2008) 5.
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