LA POLÍTICA TRANSFORMISTA
COMO OCUPACIÓN DEL PODER
Escribe el destacado columnista Alberto Vargas Peña en "La Nación" (Paraguay) del 6 de marzo de 2010 (pág. 19): "Los ministros que manejan mal sus ministerios y la gente que se aprovecha de sus cargos, o dilapida o utiliza en su provecho el dinero público, es señalada en todas partes y dan la idea que el PLRA es un partido calcado de la ANR y que hará siempre lo que enseñó la ANR. Se ha utilizado, y lo utilicé yo, el termino "clonado" para definir la situación actual, porque de lo que se ve, más parece que son colorados los ministros y funcionarios liberales del gobierno, actuando, de consuno al parecer, siguiendo las pautas de los funcionarios de la ANR que pasaron por los mismos ministerios".
Me ha llamado la atención la expresión "situación actual", que subraya algo radicalmente diferente de lo que acontecía en otros tiempos. Según lo que escribe Alberto Vargas Peña, parece que la "situación actual" es radicalmente diferente de otras situaciones y, sobre todo, que se pone en antítesis con la situación original de nacimiento de los dos principales partidos históricos del país.
Volver a los orígenes
Ahora bien, una auténtica reforma de cualquier institución exige volver atrás, al punto de partida, a lo que el sociólogo italiano Francesco Alberoni llama el estado naciente, y purificar todo el proceso histórico que se ha desarrollado en el tiempo, y ha hecho de la institucionalización del estado naciente algo totalmente diferente de lo que estaba presente en el punto inicial del nuevo movimiento.
Una auténtica reforma no reniega las intuiciones presentes en el estado naciente, sino que las desarrolla, teniendo presente las diferentes condiciones históricas. No se trata, por lo tanto, de una transformación de la identidad presente en los orígenes, sino de una actualización de la misma, que la haga presente en el tiempo presente, para no dejarla relegada a un mero recuerdo histórico.
En lenguaje político, la palabra transformismo nace en Italia, a partir del gobierno de Agostino Depretis, del año 1876.
La palabra se ha utilizado para indicar un nuevo tipo de práctica parlamentaria, consistente en una continua negociación de votos entre la mayoría y la oposición, en la corrupción elevada a recurso político fundamental y determinante. Más en general, en el transformismo se individualizarán el síntoma de un estado patológico de todo el sistema parlamentario, la causa de su ineficiencia e ineficacia como centro neurálgico del sistema político, de su incapacidad para dar vida a alineamientos definidos y compactos, mayorías estables, oposiciones responsables (cf. Diccionario de Política. Bajo la dirección de N. Bobbio, II, 1588-1589).
Volviendo al artículo de Alberto Vargas Peña, hay que definir una cuestión preliminar e ineludible: solo si en el estado naciente de los dos principales partidos políticos del Paraguay, que han caracterizado la historia del país ya desde el fin de la Guerra de la Triple Alianza, están presentes fundamentos, ideales, programas, visiones, proyectos, métodos de gobierno diferentes, es posible hablar, en la situación actual, de lo que nuestro columnista llama una clonación de un partido por parte del otro y, al mismo tiempo, de una posibilidad de liberarse de esta clonación, para poder desarrollar una identidad originalmente diferente.
Si, al contrario, los dos partidos nacieron diferentes solo por una contraposición que tenía como única finalidad la ocupación del poder, con una política clientelar y prebendaria (ocupación del poder para enriquecerse y buscar cupos o zoquetes varios), entonces la clonación y el transformismo ya están presentes en el estado naciente, y no tiene ningún sentido hablar de diferentes identidades y contraposiciones ideales y programáticas.
He puesto solo los términos generales de la cuestión, sin permitirme formular un juicio, que pertenece a los históricos y analistas políticos. Yo no tengo esta competencia.
En el origen de los partidos políticos
El artículo de Alberto Vargas Peña me ha estimulado a hacer esta reflexión, porque me ha traído a la memoria una página del clásico libro de Harris Gaylord Warren (solo ahora traducido al español): Paraguay y la Triple Alianza. La década de posguerra: 1869-1878.
Leemos en la página 263: "Había una dura lucha por el poder entre los dirigentes paraguayos; entonces se perfilaron con sus rasgos característicos los grupos que habían de convertirse en los partidos políticos. Los calificativos de lopista, legionario o liberal eran de difícil aplicación. Los lopistas se volvían liberales; los liberales, colorados; los legionarios se unieron a los lopistas para organizar el Partido Colorado. La conveniencia y no la convicción, el interés y no el patriotismo, determinaban la afiliación política; aunque muchos hablaran despectivamente de los legionarios, veintitrés legionarios fueron socios fundadores del Partido Colorado en 1887, cuando el mismo se fundó; dos ex legionarios fueron presidentes colorados antes de 1904".
Si la afiliación política está determinada solo por el interés y la conveniencia (hasta el punto que ha entrado en el hablar común la expresión de izquierda caviar...), entonces todo se reduce a una mezcla y a una clonación de un pensamiento y modelo único: la ocupación del poder y la búsqueda del poder al solo fin de manejar y conservar el poder mismo.
Actuando así, el poder ya no se pondrá al servicio del pueblo, sino que serán los instintos peores, que se anidan en el corazón de cada uno de nosotros, los que determinarán los programas políticos, al fin de perpetuar, si fuese posible, la ocupación del mismo poder.
Emilio Grasso
08/03/2010
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