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LA SEÑAL DE DIOS NO ES UN MILAGRO CLAMOROSO


Leemos, en "ABC Color" del 4 de octubre de 2009, que "con alabanzas, músicas y el rito de consagración, se inauguró anoche el imponente y millonario templo que construyó el Centro Familiar de Adoración en el barrio Herrera. ... La imponente obra puede albergar cómodamente a 10.000 personas sentadas. Estiman su costo en 11 millones de dólares. Abarca una superficie construida de 48.000 metros cuadrados, 18.000 más que la sede del Congreso".

Acto seguido, domingo 6 de diciembre de 2009, el periódico nacional "La Nación" publicaba, en las primeras seis páginas, un inquietante dossier que tenía como título: "Nueva religión ya suma 30 templos en Paraguay. Qué hay detrás de Pare de sufrir".

En el dossier se evidencia cómo "la Iglesia Universal Reino de Dios (IURD) recluta a millones de desesperados con la promesa de la prosperidad económica". Como en todas estas manifestaciones, hay "momentos de adoración: gente pobre y sufriente va a las ceremonias del Pare de sufrir", aplicando "la así llamada teología de la prosperidad. Es decir: quien más dinero done a Dios, más bendiciones obtendrá. Los diezmos significan fidelidad y las ofrendas, el amor del siervo hacia el Señor".

En el mismo dossier se afirma que "la IURD recaudó más de 4.000 millones de dólares entre 2001 y 2008".

Estos son solo dos ejemplos que evidencian el desafío lanzado por las sectas, desde hace mucho tiempo, contra la Iglesia católica. El fenómeno se hace cada vez más imponente en todo el continente latinoamericano, y exige un exhaustivo estudio multidisciplinar que tenga presentes, en particular, el aspecto bíblico-teológico de la lectura de la Sagrada Escritura y el núcleo irrenunciable del mensaje cristiano.

Las sectas se dirigen de modo particular a los hombres afectados por graves enfermedades, desesperados por falta de recursos, fracasados en sus sueños más queridos, en condiciones de sufrimiento físico y espiritual.

El lema, muy significativo, Pare de sufrir, indica la promesa de una alegría y un gozo, de una paz y una serenidad a los cuales todos aspiran.

Una lectura fundamentalista, y sin sentido teológico, de algunos pasajes de la Sagrada Escritura - separados de todo el contexto de la unidad de toda la Sagrada Escritura, y proclamados al fin de satisfacer las expectativas angustiosas del oyente, pronto a todo con tal de que termine su estado de sufrimiento -, crea el ambiente de la ilusión que constituye, como justamente diría el viejo Karl Marx, un verdadero "opio de los pueblos".

Muy diferente y totalmente otra cosa es el mensaje central que Cristo ha confiado a su Iglesia, y que tantas veces, por querer seguir las modas del tiempo, tenemos vergüenza de proclamar: el Dios todopoderoso se ha hecho débil, carne, para enriquecernos con su riqueza y llamarnos a participar de su vida divina.

San Pablo no tiene miedo de proclamar el núcleo central e irrenunciable del mensaje cristiano: "Mientras los judíos piden milagros y los griegos buscan el saber, nosotros proclamamos a un Mesías crucificado: para los judíos ¡qué escándalo! Y para los griegos ¡qué locura! Pero para los que Dios ha llamado, judíos o griegos, este Mesías es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues las locuras de Dios tienen más sabiduría que los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres" (1Co 1, 22-25).

Este mensaje - el único que salva, no engaña y no defrauda, porque no es sabiduría humana sino locura de Dios y, por eso, "verdad que nos hace libres" (cf. Jn 8, 32) - nos lo ha recordado, una vez más, el Pastor Supremo de la Iglesia, en la Nochebuena: "La señal de Dios, la señal que se da a los pastores y a nosotros, no es un milagro clamoroso. La señal de Dios es su humildad. La señal de Dios es que Él se hace pequeño; se convierte en niño; se deja tocar y pide nuestro amor".

Es un mensaje anunciado a todos.

Es un mensaje de libertad y responsabilidad que se dirige a lo profundo más profundo de nuestro corazón, y se presenta en la verdadera grandeza de un Dios pobre y humilde.

Este es el mensaje evangélico que debemos redescubrir y proclamar con libertad y coraje, sin imitar la lógica del poder y de los medios ricos; lógica que puede ser de izquierda o de derecha, que, sin embargo, siempre permanece en una visión mundana, que nada tiene que ver con la lógica y la señal de la pobreza y humildad, que resplandece en la Nochebuena para los hombres que ama el Señor.

Emilio Grasso


12/01/2010
 
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