LA TIRANÍA DE LOS LUGARES COMUNES
Palabras que, por querer decirlo todo, no dicen nada
Wikipedia es una enciclopedia on line, plurilingüe, de contenido libre, redactada por voluntarios en forma de colaboración. Hoy es uno de los sitios de consulta del web más populares.
En esta enciclopedia, podemos encontrar no una definición científica y fundada, sino lo que puede ser un pensamiento común, que se forma alrededor de una suerte de inteligencia colectiva, que nace de la utopía de la democracia absoluta del saber y de la colaboración de las inteligencias múltiples.
Por las características susodichas, es interesante leer la definición que encontramos de la expresión lugar común: "El lugar común es una palabra, frase o idea considerada como un vicio del lenguaje por ser demasiado sabido o por su uso excesivo o gastado. Presenta una o varias de las siguientes características:
ü Demuestra poca imaginación de quien la expresa.
ü Evidencia ser copia o idea robada de alguien más.
ü Frecuentemente usada en el discurso político como herramienta de la demagogia para engañar o maquillar la verdad.
ü Simplifica una idea o concepto que quizá merecería matizarse".
Existe una larga y consolidada tradición de diccionarios de los lugares comunes: en ella, en el Paraguay, se inserta también Helio Vera con su Diccionario Contrera y el Diccionario del paraguayo estreñido.
La obsesión de la novedad
El drama de nuestro tiempo es que se ha roto aquella relación entre la memoria y el futuro, que permitía a san Agustín hablar de una "hermosura tan antigua y tan nueva".
Si es verdad, como ha repetido varias veces Juan Pablo II, que "no hay futuro sin memoria", es verdad igualmente que la memoria no es el recuerdo que nos encierra en el pasado, y nos hace nostálgicos de un tiempo que no es el nuestro y ya no volverá.
La memoria no nos permite la ingratitud hacia quien, en el bien y en el mal, nos ha entregado una herencia, con la que tenemos que confrontarnos. Pero, esta memoria no nos hace detener en los recuerdos; no nos encierra en el pasado; no nos ofrece el olvido del presente; no nos hace irresponsables hacia el futuro.
El tiempo propio que nos pertenece no es el nostálgico recuerdo del pasado, ni tampoco el sueño de un futuro que debe realizarse según nuestros proyectos.
Benedicto XVI, en su homilía del Jueves Santo (9 de abril de 2009), nos dona el significado de la palabra hoy, que caracteriza el fundamento de la vida cristiana.
"Ha sido 'hoy' - declara el Papa - cuando Él se nos ha entregado para siempre en el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. Nuestro hoy se encuentra con su hoy. Él hace esto ahora. Ahora tenemos el encargo de hacer lo que Él ha hecho. El alimento que el hombre necesita en lo más hondo es la comunión con Dios mismo. Al agradecer y bendecir, Jesús transforma el pan, y ya no es pan terrenal lo que da, sino la comunión consigo mismo. Esta transformación, sin embargo, quiere ser el comienzo de la transformación del mundo. Para que llegue a ser un mundo de resurrección, un mundo de Dios. Sí, se trata de transformación. Del hombre nuevo y del mundo nuevo que comienzan en el pan consagrado, transformado, transustanciado. La sangre de Jesús es su amor, en el que la vida divina y la humana se han hecho una cosa sola, para que lleguemos a ser realmente consanguíneos de Jesús, llenos de su paz y, así, también en comunión unos con otros".
Actualmente en el Paraguay existe un lugar común, el cambio, que todos repiten como loros y que ha llegado a ser tan inflacionado, que ya no dice nada o, si se prefiere, lo dice todo y lo contrario de todo.
Este tan decantado cambio se parece demasiado a la clásica operación de aquel gatopardismo político, por el cual se cambia algo para que nada cambie.
El criterio de la Cruz
La misión de la Iglesia está sometida hoy a un fuego concéntrico de lugares comunes.
Es el ilusorio repetirse del encuentro con un Eldorado o una tierra sin mal, que nos libera del peso del compromiso en la tierra donde nos encontramos. Es el orgullo desmesurado de creernos los hombres nuevos, la nueva humanidad, sin manchas y sin arrugas.
La Iglesia, para que su misión continúe siendo la misión de Cristo, hijo de Dios e hijo del hombre, tiene que liberarse de todo lugar común, de la repetición automática e impersonal de palabras pasadas o contemporáneas, y someter a continua crítica purificadora su lenguaje, sus expresiones, su vida, su continuo realizarse.
Analizando nuestra sociedad, el "padre" de la sociología italiana, Franco Ferrarotti, escribe que el pensamiento, el lenguaje, el actuar del mundo de hoy se van caracterizando, cada vez más, como pensamiento donde un Absoluto impersonal se encuentra con la impersonalidad de los mecanismos de la automatización. En su huida hacia un optimismo propio de la adolescencia, en las regiones indistintas de su irresponsabilidad, el hombre moderno está marcado por su incapacidad de comprender el drama de la elección, con el que tiene que confrontarse. El grito del Cristo que muere, grito de una persona que sufre y que ha pasado a través de la noche del sudor de sangre, a este mundo le aparece como el grito incomprensible de una fiera herida. Este no puede ser comprendido, porque no entra en los esquemas refinados de todo racionalismo impersonal y automático, que tiende a lo máximo de la perfección y lo absorbe y engloba todo en el subseguirse de operaciones que marchan a velocidad cada vez más vertiginosa.
Así, desde una vertiente sociológica, se propone de nuevo lo que Von Balthasar, en un famoso ensayo teológico, llamaba "el caso auténtico" del mensaje cristiano: la cruz de Jesucristo.
La asunción de la cruz de Jesús, que es también la cruz del mensajero del Evangelio, es el criterio de juicio con el cual la misión de la Iglesia y los lugares comunes que la acompañan tienen que confrontarse.
Todo el resto puede tener valor propedéutico o valor de consecuencia. Pero, es la cruz, y solo esta, la única realidad discriminante, sin apelación, entre la misión de Jesús y nuestras misiones. Nos libera de la tiranía de la búsqueda del número y del consenso, porque nos pone dramáticamente frente al núcleo ineludible, con el cual se confronta nuestra fidelidad al Evangelio.
La misión tiene necesidad, hoy como nunca, de ser liberada de toda sumisión a otras potencias para hacer resplandecer, en la necedad y locura de la predicación de Cristo crucificado, la sabiduría y la potencia de Dios, que son las únicas que salvan y liberan al hombre de todos los mecanismos anónimos, impersonales, globalizados, que lo tragan, lo muelen y lo transforman en una cosa amorfa entre tantas cosas sin nombre.
Emilio Grasso
08/06/09
|