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La visión del Estado del pa'i Oliva
 


Miércoles 27 de febrero, en su rubrica cotidiana, el pa’i Oliva escribe: “Los laicos en la Iglesia Católica son el 99% del total de sus miembros. Por su número y su estado inserto en la vida, en tiempos de elecciones pueden tener una gran influencia” (“Última Hora”, pág. 36).

Un poco más adelante, el pa’i Oliva, hablando aún de los laicos, nota: “Su excesiva dependencia del clero”, y concluye pidiendo que el clero “les deje el lugar que ellos tienen y que no siempre obtienen”.

No entro en la cuestión de que la importancia del laicado no puede reducirse solo a los tiempos de las elecciones; como tampoco el compromiso político, que pertenece a los laicos y no alPa'i Oliva clero, puede reducirse solo al momento de las elecciones, que constituyen solo un momento, y no el más importante y el único, en la vida política de un país.

Lo que, en cambio, me parece extraño, para no decir ridículo, es que el pa’i Oliva, que justamente insiste tanto sobre esta importancia del laicado en la vida política del país, se haya hecho promotor de la candidatura de un clérigo al máximo cargo político-institucional del país, demostrando así, de hecho, toda su desconfianza en el laicado, en este 99% de la Iglesia, juzgándolo incapaz de tomar aquellas responsabilidades que les pertenecen.

El artículo del pa’i Oliva me recuerda la visión del Estado que pertenecía a Platón.

En el estamento más bajo estaban los campesinos, los artesanos y los comerciantes (el 99% del país).

Ellos tenían la capacidad de someterse, de modo conveniente, a las clases superiores.
Al contrario, la clase superior estaba constituida por los gobernantes, que son los que saben amar a la ciudad más que los demás, cumpliendo, con el celo necesario, sus obligaciones y, sobre todo, conociendo y contemplando al Bien.

¿Quién, mejor que un Obispo emérito, en un país con mayoría católica, puede contemplar al Bien?

En toda esta historia, lo que me parece verdaderamente triste es esta desconfianza total en el laicado.

El clericalismo, de derecha o izquierda no interesa, es una planta muy peligrosa que envenena a la Iglesia y produce, como reacción, un laicismo grosero y sin ningún respeto de los derechos de Dios y del hombre.

La sana laicidad, que es distinción y no separación de compromisos diferentes, es totalmente otra cosa que poner a un Obispo como Mesías Salvador del país.

Un laicado reducido a masa de maniobra electoral es verdaderamente un laicado despreciado, que no cuenta nada. Su dignidad está pisoteada, atropellada, ultrajada. Y todo esto es triste, muy triste.


                                                                                                                                              E. G.
                                                                   
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29/02/08
 
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