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MUJER Y VARÓN: ¿NATURALEZA O CULTURA?


En el Documento de Aparecida se lee: "Entre las realidades que debilitan y menoscaban la vida familiar, encontramos la ideología de género, según la cual cada uno puede escoger su orientación sexual, sin tomar en cuenta las diferencias dadas por la naturaleza humana. Esto ha provocado modificaciones legales que hieren gravemente la dignidad del matrimonio, el respeto al derecho a la vida y la identidad de la familia" (n.º 40).

En la visión del Magisterio de la Iglesia, la distinción sexual, que aparece como una determinación del ser humano, supone diferencias, pero en igualdad de naturaleza y dignidad (cf. Gaudium et spes, 49).

La persona humana, por su íntima naturaleza, exige una relación de alteridad que implica una reciprocidad de amor. Los sexos son complementarios: iguales y distintos al mismo tiempo; no idénticos, pero sí iguales en dignidad personal; son semejantes para entenderse; diferentes para completarse recíprocamente.

Vivir en la distinción

Por haber sido creados como seres sexuados y por ser imagen del Dios, comunión de las distinciones, estamos llamados a aprender a vivir en la distinción. Sin embargo, esto exige un largo proceso de aprendizaje y purificación, porque la diferencia, en cuanto comparación con una realidad desconocida, crea miedo y el miedo, a su vez, engendra conflictos. Esto se ha experimentado repetidamente en el curso de la historia.

La diferencia, en efecto, provoca en cada hombre, desde la infancia, dos formas simétricas de violencia instintiva, primitiva: por una parte, la de querer frente al otro, diferente, una inmediata unión; por la otra, la violencia de la irreducible oposición que ve en el otro a un enemigo. Son dos formas de violencia que se desatan sobre todo entre hombre y mujer, y es justamente por eso por lo que es difícil llegar a encontrarse en el amor. Muchas veces, en efecto, se encuentran sencillamente dos instintos, con su dinámica de atracción y repulsión, y a menudo en un mecanismo de violencia subterránea, pero no se encuentran dos libertades y no nace el amor.

La cultura en que nos encontramos inmersos no ayuda a situar la diferencia con claridad, a apreciarla y vivirla. Desde diferentes ángulos, la distinción sexual padece ataques que aspiran a crear procesos de homologación e indiferencia.

Uno de estos desafíos es la distinción que se hace hoy entre sexo y género. El sexo está determinado por la naturaleza, el género (gender), por la cultura: según la naturaleza he nacido hombre o mujer, sin embargo, la cultura puede permitirme que elija.

Algunos apoyan la existencia de cuatro, cinco o seis géneros, según diversas consideraciones: heterosexual masculino, heterosexual femenino, homosexual, lesbiana, bisexual e indiferenciado. De este modo, la masculinidad y la feminidad no aparecen en modo alguno como los únicos derivados naturales de la dicotomía sexual biológica. Cualquier actividad sexual resultaría justificable.

Si tuviéramos que resumir la ideología del género en una sola frase, convendría recoger de nuevo la famosa frase de Simone de Beauvoir: "La mujer no nace, se hace". Esto recuerda que la cultura se sitúaJean Paul Sartre y Simone de Beauvoir en el campo de la libertad y evoluciona, mientras que la naturaleza se sitúa en el campo de la necesidad y es fija. Según algunos filósofos contemporáneos, como Sartre y Simone de Beauvoir, la libertad es absoluta y no tiene relación con la naturaleza. Ya que el género pertenece a la cultura, esta se puede cambiar, haciendo que una mujer actúe como un hombre y decida aun transformarse en un hombre, un transexual, una lesbiana; y viceversa.

La diferencia, pues - el ser varón o mujer -, no formaría parte de la constitución del ser humano.

Por otro lado, la homosexualidad es una incapacidad de vivir la diferencia. Con respecto al riesgo de una relación con quien es diferente, que da miedo, uno se ampara en una relación con quien es igual y refleja su imagen. La relación homosexual es una relación narcisista y el narcisismo es indudablemente una de las características de la cultura de nuestro tiempo.

El rechazo de la diferencia se constata también en el feminismo extremo, que es una reacción al machismo y a una sociedad patriarcal: el varón ya no sirve tampoco para hacer hijos, porque existe el banco donde elegir cómo tiene que ser el hijo. Puede ser que la mujer busque al macho, pero no al hombre, porque solo le gusta la sexualidad genital, de cinco minutos. Pero la verdadera relación de ternura, amistad y cariño la desarrolla con otra mujer, de manera que, al final, podrá hacerse lesbiana.

El macho y el macho homosexual son dos caras de la misma medalla y son el correspondiente del feminismo extremo, como incapacidad de entrar en relación con el otro sexo. Por eso, los primeros que tendrían que luchar contra la mentalidad machista son los varones, que comportándose así pierden la ayuda de su vida - "una auxiliar a su semejanza" (Gén 2, 18) - y viven solos o cerrados en una relación homosexual. Así como las mujeres tendrían que combatir el feminismo extremo.

El varón necesita la relación social con la mujer y ella la relación con el varón.

María, la respuesta cristiana

La respuesta cristiana a la visión machista es María, Hija, Esposa y Madre de la Palabra.

La categoría de esposa es la categoría del amor y de la libertad. El consentimiento de María es un consentimiento nupcial de entrega libre, que lo abarca todo. Una mujer, en efecto, es madre si antes es esposa; si entrega al esposo, en una relación de reciprocidad, no solo su cuerpo, sino también su corazón, su interioridad. Afirmaba san León Magno que María, "antes de concebir corporalmente a su prole, divina y humana, la concibió en su espíritu". Un cristiano ama a la esposa como esposa y no como máquina para limpiar la casa o hacer hijos. La esposa es carne de su carne, no es la empleada doméstica explotada y no pagada.

María, antes de ser madre en su vientre, es madre en su mente; ha concebido en su mente, porque ha escuchado, ha contestado, ha memorizado, ha amado a la Palabra y la Palabra ha llenado su vientre.

La Iglesia, tradicionalmente, ha reconocido en María la esposa del Cantar de los Cantares. Ella es la tota pulchra, la más bella. Fijar nuestra mirada en María, pues, significa declarar que el amor que buscamos es el de Jesús. Todos, célibes y casados, somos para Él, aunque de maneras diferentes y, a veces, con una transparencia diferente: "Mi amado es para mí, y yo para mi amado" (Cant 2, 16).

Emilio Grasso

21/08/09
 
 
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