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Otra marcha inútil



La Confederación de los Religiosos del Paraguay (Conferpar) ha proclamado, para el día viernes 11 de abril, desde las 9.00 hasta las 21.00, un acto ecuménico bajo la denominación de "Oración por la patria soñada".

En el horario de la mañana y durante la tarde, los estudiantes saldrían desde lugares establecidos, para peregrinar hasta la Catedral.


Estarán invitados los candidatos a la presidencia de la República del Paraguay, para que escuchen, de forma directa, el pensamiento y las peticiones de la ciudadanía.

Habrá cánticos, oraciones, proyecciones y otras actividades, que servirán para que todos puedan expresar su idea acerca de la patria soñada (cf. "Última Hora", 3 de abril de 2008, 14).

Invitar a los diferentes candidatos a la presidencia quiere decir, por deducción lógica, invitar también a los que los sostienen y apoyan.

Afirmar que todos pueden expresar su idea acerca de la patria soñada significa decirlo todo, si se entiende el sueño en su sentido bíblico, como debería ser durante una manifestación religiosa; pero significa decir una gran confusión, si se escucha el sueño de todos en su sentido humano, porque, se sabe bien, cuál es el sueño del hombre (motos, mujeres, música rock).

Convocar una manifestación, en este momento, e invitar a los candidatos presidenciales, que están llenando al pueblo de promesas engañosas y mentirosas, haciéndolo soñar con un cambio, sin decir cuál será su precio y quién va a pagar el precio de este cambio, no tiene nada que ver con un acto religioso, y tampoco con un acto verdaderamente político, donde se tendrían que presentar programas políticos concretos que, por el contrario, faltan (sobre esto todos concuerdan). Esto es puro populismo y demagogia. ¡Cómo si ya no bastasen todo el populismo y la demagogia que se muestran en estos días!

Los intelectuales del campesinado


Gramsci, un gran filósofo y político, uno de los pocos marxistas estudiado y conocido enAntonio Gramsci América Latina, que pagó con la vida en las cárceles fascistas la fidelidad a sus ideas y a su compromiso político, hablaba, en la Italia preindustrial del comienzo del siglo pasado, de los curas y religiosos católicos como de los intelectuales del campesinado.

Sin entrar en la cuestión del papel de los intelectuales, se puede decir que también en el Paraguay Gramsci tiene razón, aunque no sea conocido. En efecto, el pueblo más humilde repetía (hoy, gracias a Dios, mucho menos), en guaraní, la expresión "pa'íma he'i" (el padre ya lo ha dicho), que indicaba el papel intelectual de los curas y los religiosos.

Ahora bien, ellos, si no quieren traicionar al pueblo más humilde, y si desean hablar de la realidad con un sentido de inteligencia creativa y explicativa (que no sería sino ser ministros del Logos - la Palabra eterna - la Inteligencia de Dios), deberían desatarse de la mentalidad mundana, y empezar una obra no de repetición de lo que se hace y se dice (el pueblo lo quiere...), sino de liberación del pueblo de tantos engaños y tanta demagogia, despertando su inteligencia.

El fin de las utopías


Después de la caída del muro de Berlín, se ha hablado del "fin de la edad de las utopías". Pero, este fin no coincide con el fin del sueño de sabor bíblico. Al contrario, allá donde "los oasis de la utopía se secan y se extiende un desierto de banalidad y confusión"[1], empieza el espacio propio del sueño bíblico.

Para Bernhard Häring, el discurso y el compromiso por la paz no constituyen una utopía, sino más bien un eutopía. Esto quiere decir que no se refieren a un lugar inalcanzable, sino al lugar del deseo, de nuestro tender hacia lo absoluto, porque es Él mismo, Cristo, nuestra paz[2].


La elevación de la experiencia onírica en el Nuevo Testamento es única, y quien se acerca a ella, después de haber conocido la de la antigüedad, tiene la impresión de dejar un mundo sucio y, a pesar de toda la religiosidad, muy profano, para entrar en la calma pureza de un santuario, cuyo porticado está constituido por el Antiguo Testamento, en el cual están puestos en evidencia la fuerza purificadora de la fe bíblica en Dios, la superación del estrecho horizonte individual y el acercamiento entre sueño e historia de la salvación.


El Dios bíblico y las exigencias de su Reino ponen en guardia contra experiencias oníricas, que no refuerzan la fidelidad al Dios libertador. Para la sabiduría divina, "predicciones, visiones y sueños son tan vacíos... A menos que te sean enviados como una visita del Altísimo, no les prestes atención. Porque los sueños engañaron a mucha gente; los que confiaron en ellos fracasaron" (Sir 34, 5-7).


En la experiencia onírica del Nuevo Testamento, en el centro de cada cosa y de todo está Dios, y su reino se encuentra en el primer lugar. En realidad, todos los sueños relatados en el Nuevo Testamento no son sino variaciones de un único tema, Cristo[3].


El sueño de Martin Luther King


A cuarenta años de distancia de su muerte, recordamos el sueño de Martin Luther King; el sueño de su discurso más conocido y más a menudo citado, pronunciado frente al LincolnMartin Luther King Memorial, el 28 de agosto de 1963, como momento central de la marcha sobre Washington por los derechos civiles: sueño que no puede morir junto con el profeta.


"Tengo un sueño frente a mí (I have a dream), que un día, sobre las rojas colinas de Georgia, los hijos de los que un tiempo fueron esclavos y los hijos de los que un tiempo poseyeron esclavos sabrán sentarse juntos a la mesa de la hermandad"[4].


Ese sueño hunde sus raíces en la promesa de Dios, que nunca faltará a la palabra. Pero, hunde sus raíces también en el fluctuar de la libertad del hombre. Si cierto pensamiento utópico tiene necesidad de sofocar la libertad del hombre para realizar la promesa, el sueño bíblico, al contrario, necesita siempre la libertad del hombre para cumplirse. Y por eso, permanece siempre, hasta el final, atado a la debilidad y al ondeo de esta libertad.


Los hijos de los que un tiempo fueron esclavos, y los hijos de los que un tiempo poseyeron esclavos se sentarán juntos a la mesa de la hermandad, pero podrán también seguir jugando en una dialéctica interminable de esclavo-patrón, exactamente porque la libertad de cada uno de nosotros siempre puede destruir, en cualquier momento, la mesa de la hermandad.


La tentación de sofocar esta libertad está siempre al acecho. Solamente en el fiat (hágase tu voluntad) preventivo y total a la Cruz que cierra el camino, en la aceptación de una libertad impresionante que trastorna todo proyecto, y clava y vacía de todo poder aun al que permanece más todavía el Todopoderoso, hay la posibilidad única, histórica y metahistórica, de que el sueño encuentre su cumplimiento.


Fe y política
 
La Iglesia tiene un discurso suyo que no es el del mundo. La fe no coincide con la política.

La política, aun en sus expresiones más altas, no salva al hombre.

Si no queremos desaparecer como sal sin sabor, debemos volver a encontrar el coraje de un discurso nuestro y recordar a todos, sin distinción, que los proyectos del hombre no son los del Señor y nuestros caminos no son los suyos (cf. Is 55, 8).


Es al proyecto de Dios al que debemos volver, no al nuestro, escuchando a Él y no perdiendo tiempo para escuchar los sueños de cada uno.

¿Quién es ese imbécil que no sabe qué sueña el hombre, y que para conocer esto pierde el sueldo correspondiente a un día laborable?


Al hombre que pide milagros y ciencia, es decir, el poder y las piedras que se convierten en pan o las riquezas del mundo, la Iglesia, y los religiosos en primera fila, deberían encontrar el coraje de predicar no a un Mesías que busca el poder, sino al Mesías que renuncia al poder; al Mesías crucificado, escándalo y locura (cf. 1Cor, 22-25).


Quizás, permaneceremos más solos de lo que somos y que tenemos miedo de reconocer. Pero, por lo menos, no habríamos vendido nuestra alma, ni a los sacerdotes y a los jefes del pueblo que hicieron crucificar a Jesús (cf. Lc 24, 20), y tampoco al pueblo desilusionado, que esperaba en el Mesías que lo liberara del poder de Roma (cf. Lc 24, 21) y por esto lo hizo crucificar prefiriendo a Barrabás a Él (cf. Lc 23, 20-23).


En el fondo, no tenemos que olvidar, sobre todo nosotros los que nos hemos consagrado al Señor en la pobreza, en la castidad y en la obediencia, lo que dice el Evangelio: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si se pierde o se disminuye a sí mismo?" (Lc 9, 25).
 

Emilio Grasso



08/04/08

 

[1] J. Habermas, cit. en J. Fest, Il sogno distrutto. La fine dell'età delle utopie, Garzanti, Milano 1992, 78.
[2]
Cf. Valentino Salvoldi intervista Bernhard Häring, Cittadella, Assisi 1993, 91.
[3] Cf. A. Oepke, ὄναρ
, en Grande Lessico del Nuovo Testamento. A cura di G. Kittel - G. Friedrich, VIII, Paideia, Brescia 1972, 664-665.
[4] M. L. King, Io ho un sogno. Scritti e discorsi che hanno cambiato il mondo, Sei, Torino 1993, 102.

 
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