La palabra "cisma" deriva del griego σχíσμα y literalmente significa "separación".
El Código de Derecho Canónico define el cisma como "el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos" (can. 751).
El cisma, por lo tanto, no concierne directamente al aspecto doctrinal, sino solo a la comunión con el Papa y los miembros de la Iglesia que a él están sujetos.
Recogiendo la doctrina del Concilio Ecuménico Vaticano II y la expresada en el Código de Derecho Canónico, el Catecismo de la Iglesia Católica así proclama: "El Papa, obispo de Roma y sucesor de san Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles. El Pontífice Romano, en efecto, tiene en la Iglesia, en virtud de su función de Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, la potestad plena, suprema y universal, que puede ejercer siempre con entera libertad" (n˚. 882).
Desde el comienzo, la historia de la Iglesia fue marcada por el drama de los
cismas. Sin duda ningún cisma será el primero ni tampoco el último.
Queda el hecho de que cualquier cisma rompe gravemente la unidad del Cuerpo del Señor, y no es algo que se pregona sin calcular todas las consecuencias.
Leo, en "La Nación" - 29 de enero del 2008, pág. 19 -, que el jefe de campaña de la Alianza Patriótica para el Cambio, Miguel Ángel López Perito, señala que "si la Iglesia persiste en apoyar la impugnación a Fernando Lugo se arriesga a un cisma grave porque el candidato tiene mucho apoyo en los sectores católicos".
Un jefe de campaña, cuando habla, tendría que calcular bien las palabras, el impacto que tienen, sus consecuencias. No es un muchachito de dos años que lloriquea para conseguir lo que quiere.
Este jefe de campaña tendría que conocer que existe una diferencia sustancial entre derecho canónico y derecho constitucional.
Debería saber que en el Paraguay no compete a la Iglesia impugnar o no impugnar a un candidato presidencial, y tampoco declarar su elegibilidad o inelegibilidad.
Este principio de sana laicidad es un bien precioso.
La Iglesia no puede anular su historia, su doctrina, su derecho, el valor de sus palabras, el significado de las mismas. No puede cambiar, como caña al viento, solo porque tiene miedo de la reacción de pocos o muchos ciudadanos. La Iglesia de Cristo Jesús no puede tampoco tener miedo de un cisma.
Si alguien, en su conciencia libre y soberana, quiere seguir a un Obispo rebelde al Papa, que lo haga. Es su derecho no solo constitucional sino, sobre todo, su derecho de hombre libre que debe escuchar siempre la conciencia "que es el primero de todos los vicarios de Cristo" (Catecismo de la Iglesia Católica, 1778).
Sería más interesante que un jefe de campaña electoral hablase de programas políticos, y dejase a la Iglesia la libertad de instruir a sus fieles sobre lo que es un cisma en el cuerpo eclesial y cómo prevenirlo.
La Iglesia no puede hacerse esclava de las estadísticas.
Si para gloriarse del número de las personas que la siguen, del tan famoso y decantado poder de convocatoria, debiese traicionar a la Verdad del Señor, la Iglesia se reduciría a una de las tantas subseccionales de partido, pequeñas sectas que mueren antes de nacer.
No es de un cisma del que la Iglesia debe tener miedo, sino fundamentalmente de faltar a la fidelidad a Cristo Señor.
Sería bueno que un jefe de campaña electoral aprenda que la Iglesia tiene su doctrina y su lenguaje y, sobre todo, que ella no tiene miedo.
Si Mons. Lugo, en su conciencia que nadie juzga y que es libre y soberana, ha hecho su elección, que la siga.
Las puertas de la Iglesia tienen que estar siempre abiertas para quien quiera entrar y sobre todo, para quien quiera salir.
No es por la amenaza del miedo de un cisma que la Iglesia, y sobre todo el Papa, va a cambiar su posición.
Él también tiene una conciencia que debe respetar frente a Dios.