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 Unos de los recuerdos más bellos de mi juventud es el momento en que, el domingo por la mañana, se pasaba por el local de Carlos, el peluquero que tenía su salón en la plaza principal cerca de la Iglesia. Allá, esperando nuestro turno, se hablaba de varias cosas y cada uno expresaba su parecer. Naturalmente, el argumento principal de nuestras discusiones caía casi siempre en los partidos del domingo. Cada uno proclamaba, como verdad absoluta, lo que le pasaba por la cabeza en aquel momento y, después de una semana pasada a escuchar lecciones cargadas por parte de nuestros profesores, se quedaba contento de poder descargarse disparando la primera macanada que se le ocurría.

A veces, sonriendo, pienso en los tiempos pasados y vuelvo al salón de Carlos.

Ayer me escribió un muchachito, uno de aquellos santos varones que escribe sobre pastoral y cosas similares, que, sin embargo, nunca logró ir más allá de su precioso ombligo, centro único de su eterna contemplación.

Él quería que le dijese cuál es el problema principal encontrado en mi actividad pastoral. El pobrecillo se ha escandalizado cuando le he respondido que el problema principal, también en mi querida Ypacaraí, siempre ha sido actuar para que se llegue a saber reconocer la diferencia entre el Templo, donde se anuncian y celebran los misterios de la historia de la salvación, y el salón de una peluquera, donde cada uno dice lo que quiere y la verdad proclamada es el chismear de la calle.

En la Peluquería, todos están llamados a escuchar a todos; todos están unidos en la ideología de la "dictadura del diálogo".

En la Peluquería, la única fuente de verdad son las expresiones anónimas: "se dice"; "todos lo dicen"; "siempre se ha dicho".

En un tiempo de frustraciones y confusiones, ocurre que no se hace esta distinción entre Templo y Peluquería.

Si la fe llega de la escucha - como afirma san Pablo -, crear las condiciones de la escucha, exteriores e interiores (en un tiempo en que el hombre tiene miedo del silencio y hace del ruido la habitación donde vive), es la condición preliminar e irrenunciable para cualquier discurso.

Naturalmente, para ser respetados debemos ser los primeros en respetar a todos.

Mi querido peluquero sabe bien que, cuando voy a cortarme el pelo, no impongo en su salón el silencio y la escucha de la voz del celebrante.

No entro con la cruz y el turíbulo.

 Si pido que el Templo no se reduzca a Peluquería, debe ser muy claro que no quiero reducir la Peluquería a Templo.

Solo en el respeto recíproco se construye la ciudad de los hombres, donde existe un lugar para todos y para diferentes actividades: también para la de la peluquera.

Sería muy triste que las peluqueras hiciesen la homilía, mientras los sacerdotes pasasen su tiempo entre permanente, ruleros y planchita.



E. G.



 

 
14/12/2007
 
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