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VINO A SEMBRAR CIZAÑA ENTRE EL TRIGO Y SE FUE


El domingo pasado, después de la misa, un hombre, que estaba sentado en el primer banco y que yo nunca había visto antes, se acercó al Monitor y le dijo al oído que el sacerdote, en suEl Evangelio homilía, tiene que comentar el Evangelio. En efecto, yo había hablado sobre la primera lectura, de los Hechos de los Apóstoles. Después de esta rápida queja salió, pero, seguramente no contento, volvió a entrar en el templo, se dirigió a un grupo de unas cuatro personas y les repitió que tenían que ayudar al sacerdote para que no persevere en sus errores: no se refería especificadamente al contenido de la homilía, sino al hecho de que esta había sido construida alrededor de la primera lectura en vez del Evangelio. Los feligreses interpelados tampoco lo conocían y, cuando me contaron el hecho, me aseguraron que el señor en cuestión debía de venir de afuera.

Puesto que "todo lo que han dicho en la oscuridad será oído a la luz del día, y lo que hayan dicho al oído en las habitaciones será proclamado desde las azoteas" (Lc 12, 3), es mejor no ignorar esta queja y darle una respuesta pública, fundada en los documentos de la Iglesia.

Desde el punto de vista canónico, el objeto de la homilía son los misterios de la fe, expuestos partiendo del texto sagrado, y las normas de vida cristiana (cf. can. 767 §1); la integridad de la palabra de Dios, las verdades de fe que han de creerse y vivirse (cf. can. 386 §1 y 528 §1). El ministerio de la palabra, en general, "se debe fundar en la Sagrada Escritura, en la Tradición, en la liturgia, en el magisterio y en la vida de la Iglesia" (can. 760). Para la Iglesia católica no vale el principio "solo la Escritura" (sola Scriptura), y tampoco "solo el Evangelio". El objeto de la homilía supera el solo Evangelio.

Las normas litúrgicas, por su parte, están muy claras. La Instrucción General del Misal Romano - aprobada por el Papa Juan Pablo II el Jueves Santo del año 2000 - después de declarar que laMisal Romano homilía "es muy recomendada, pues es necesaria para alimentar la vida cristiana", dicta en el número 65: "Conviene que sea una explicación de algún aspecto de las lecturas de la Sagrada Escritura, o de otro texto del Ordinario, o del Propio de la Misa del día, teniendo en cuenta, sea el misterio que se celebra, sean las necesidades particulares de los oyentes".

Se deduce sin posibilidad de duda que detenerse sobre "algún aspecto de las lecturas" ya cumple la recomendación. No es necesario que la homilía sea una explicación detallada de cada una de las lecturas. Tampoco hace falta que el aspecto sobre el cual va a concentrarse la predicación sea una afirmación del Evangelio. No se habla de "Evangelio", sino de "lecturas de la Sagrada Escritura"; puede tratarse también de un pasaje de la primera lectura, del Salmo, de la Epístola.

Además la Instrucción continúa planteando tres alternativas, como lo indican las conjunciones "o... o". Quien predica no está obligado ni siquiera a atenerse a las lecturas, sino que puede también dejarlas de lado para hablar de un texto del Ordinario. Puede ser la señal de la cruz, la confesión de los pecados, un artículo de la profesión de fe, las palabras de la consagración, el Padre Nuestro y así siguiendo. O bien puede referirse al Propio del día: antífonas, oraciones, prefacio.

¿Qué es, entonces, lo que tiene que dirigir la elección de los textos a comentar en la homilía? A continuación la Instrucción lo indica. Se requiere, por un lado, tener en cuenta que se trata de una misa ("el misterio que se celebra"), y, por otro, ajustarse a "las necesidades particulares de los oyentes".

Incluso un documento más reciente de la Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos, la Instrucción Redemptionis Sacramentum, escrita, muy elocuentemente, "Sobre algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía", confirma las disposiciones precedentes y no formula ninguna obligación de atenerse al solo Evangelio. Vale la pena leer todo el número 67: "Sobre todo, se debe cuidar que la homilía se fundamente estrictamente en los misterios de la salvación, exponiendo a lo largo del año litúrgico, desde losLa Instrucción Redemptionis Sacramentum textos de las lecturas bíblicas y los textos litúrgicos, los misterios de la fe y las normas de la vida cristiana, y ofreciendo un comentario de los textos del Ordinario y del Propio de la Misa, o de los otros ritos de la Iglesia. Es claro que todas las interpretaciones de la sagrada Escritura deben conducir a Cristo, como eje central de la economía de la salvación, pero esto se debe realizar examinándola desde el contexto preciso de la celebración litúrgica. Al hacer la homilía, procúrese iluminar desde Cristo los acontecimientos de la vida. Hágase esto, sin embargo, de tal modo que no se vacíe el sentido auténtico y genuino de la palabra de Dios, por ejemplo, tratando sólo de política o de temas profanos, o tomando como fuente ideas que provienen de movimientos pseudo-religiosos de nuestra época".

Volviendo a considerar estas directivas y pensando en los reproches que recibí, lo más llamativo me parece la referencia en los textos a "las necesidades particulares de los oyentes".

Es el que tiene el cargo pastoral, y de manera especial el cura párroco, quien juzga mejor de estas necesidades particulares. Al contrario, quien viene de afuera, y por primera vez, está en una posición un tanto incómoda para apreciar cuáles sean: no conoce el recorrido por donde está andando la parroquia y no puede darse cuenta de la continuidad en los temas de la predicación "a lo largo del año litúrgico". La prudencia cristiana tendría que invitarle a no pronunciar juicios temerarios, como el de decir que el sacerdote se está equivocando y necesita la ayuda de los fieles. Siempre es una buena norma, asimismo, no hablar a espaldas de la persona, sino primero ver directamente a quien está involucrado: "Si tu hermano ha pecado, vete a hablar con él a solas para reprochárselo. Si te escucha, has ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma contigo una o dos personas más, de modo que el caso se decida por la palabra de dos o tres testigos" (Mt 18, 15-16).

Se trata de normas tan evidentes y repetidas que un fiel sentado en el primer banco del templo, el domingo, no puede desconocerlas.

Su reproche, en vez de estar fundado en las disposiciones de la Iglesia, es fruto de su propio pensamiento, de manera que él se hace legislador y juez, estableciendo sus propias normas. A la ignorancia se suma la soberbia.

Vino de afuera, como los perturbadores que molestaban a Pablo. Dirigiéndose a personas buenas y comprometidas, y desapareciendo, se parece mucho a ese hombre que vino a sembrar cizaña entre el trigo, "y se fue" (Mt 13, 25).

Michele Chiappo

23/05/09

 
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