LA LITURGIA: UNO DE LOS EJES CENTRALES
DEL PONTIFICADO DE BENEDICTO XVI
En su discurso a la Curia romana para el intercambio de felicitaciones, con ocasión de la Navidad (21 de diciembre de 2009), Benedicto XVI ha llamado la atención de cómo, de modo particularmente profundo, se ha impreso en su memoria el recuerdo de las celebraciones litúrgicas que se han realizado en África, en el contexto de su viaje apostólico por la inauguración del Sínodo de África mediante la entrega del Instrumentum laboris.
"De modo particularmente profundo - ha dicho el Santo Padre - se grabó en mi memoria el recuerdo de las celebraciones litúrgicas. Las celebraciones de la santa Eucaristía fueron auténticas fiestas de la fe. Quisiera mencionar dos elementos que me parecen especialmente importantes. Ante todo, reinaba una gran alegría compartida, que se manifestaba también mediante el cuerpo, pero de modo disciplinado y orientado por la presencia del Dios vivo. Así he indicado ya el segundo elemento: el sentido de la sacralidad, del misterio presente del Dios vivo, plasmaba, por decirlo así, cada uno de los gestos. Está presente el Señor, el Creador, Aquel a quien todo pertenece, de quien procedemos y hacia quien estamos en camino. De modo espontáneo me venían a la mente las palabras de san Cipriano, que en su comentario al Padre Nuestro escribe: 'Recordemos que estamos bajo la mirada de Dios dirigida hacia nosotros. Debemos agradar a los ojos de Dios, tanto con la postura de nuestro cuerpo como con el uso de nuestra voz'. Sí, teníamos conciencia clara de que estábamos en presencia de Dios. De esto no deriva miedo o inhibición, ni una obediencia exterior a las rúbricas; y mucho menos tratar de llamar la atención ante los demás o gritar de modo indisciplinado. Más bien, reinaba lo que los Padres llamaban sobria ebriedad: estar llenos de una alegría que a pesar de todo se mantiene sobria y ordenada, que une a las personas desde el interior, llevándolas a la alabanza comunitaria de Dios, una alabanza que al mismo tiempo suscita el amor al prójimo, la responsabilidad recíproca".
No cabe duda de que Benedicto XVI haya hecho de la liturgia uno de los ejes centrales de su pontificado.
En el prefacio al primer volumen de su Opera omnia que ha salido últimamente (se prevé que salgan dieciséis tomos), el Santo Padre ha querido empezar con el tomo sobre la liturgia, escribiendo en propósito: "El Concilio Vaticano II inició sus labores con la discusión del esquema sobre la liturgia, que luego fue solemnemente votado el 4 de diciembre de 1963 como primer fruto de la gran asamblea de la Iglesia, con el rango de una constitución. ... Comenzando con el tema liturgia, se puso inequívocamente a la luz el primado de Dios, la prioridad del tema Dios. Dios ante todo, así nos lo dice el inicio de la constitución sobre la liturgia. Cuando la mirada de Dios no es determinante, todo lo demás pierde su orientación. Las palabras de la regla benedictina: 'Por lo tanto, no se anteponga nada a la obra de Dios', tienen valor para la vida de la Iglesia y de cada uno en el modo que le corresponde".
Sin el domingo no podemos vivir
En la homilía de su primera Misa celebrada fuera de Roma, como Papa, en Bari, el 29 de mayo de 2005, Benedicto XVI, en sintonía con el Congreso eucarístico que se concluía, quiso "volver a presentar el domingo como Pascua semanal, expresión de la identidad de la comunidad cristiana y centro de su vida y de su misión. El tema elegido, Sin el domingo no podemos vivir - afirmó el Papa -, nos remite al año 304, cuando el emperador Diocleciano prohibió a los cristianos, bajo pena de muerte, poseer las Escrituras, reunirse el domingo para celebrar la Eucaristía y construir lugares para sus asambleas. ... Fue significativa, entre otras, la respuesta que un cierto Emérito dio al procónsul que le preguntaba por qué habían transgredido la severa orden del emperador. Respondió: 'Sine dominico non possumus'; es decir, sin reunirnos en asamblea el domingo para celebrar la Eucaristía no podemos vivir. Nos faltarían las fuerzas para afrontar las dificultades diarias y no sucumbir. ... El domingo, día del Señor, es la ocasión propicia para sacar fuerzas de Él, que es el Señor de la vida. Por tanto, el precepto festivo no es un deber impuesto desde afuera, un peso sobre nuestros hombros. Al contrario, participar en la celebración dominical, alimentarse del Pan eucarístico y experimentar la comunión de los hermanos y las hermanas en Cristo, es una necesidad para el cristiano; es una alegría; así el cristiano puede encontrar la energía necesaria para el camino que debemos recorrer cada semana. ... Cristo nos atrae a sí, nos hace salir de nosotros mismos para hacer de todos nosotros uno con Él. ... El Cristo que encontramos en el Sacramento es el mismo aquí, en Bari, y en Roma; en Europa y en América, en África, en Asia y en Oceanía. El único y el mismo Cristo está presente en el pan eucarístico de todos los lugares de la tierra. Esto significa que solo podemos encontrarlo junto con todos los demás. Solo podemos recibirlo en la unidad. ¿No es esto lo que nos ha dicho el apóstol san Pablo en la lectura que acabamos de escuchar? Escribiendo a los Corintios, afirma: 'El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan' (1Co 10, 17). La consecuencia es clara: no podemos comulgar con el Señor, si no comulgamos entre nosotros. Si queremos presentarnos ante Él, también debemos ponernos en camino para ir al encuentro unos de otros. ... La resurrección de Cristo tuvo lugar el primer día de la semana, que en la Escritura es el día de la creación del mundo. Precisamente por eso, la primitiva comunidad cristiana consideraba el domingo como el día en que había iniciado el mundo nuevo, el día en que, con la victoria de Cristo sobre la muerte, había iniciado la nueva creación. Al congregarse en torno a la mesa eucarística, la comunidad iba formándose como nuevo pueblo de Dios. San Ignacio de Antioquía se refería a los cristianos como aquellos que han llegado a la nueva esperanza, y los presentaba como personas que viven según el domingo. ... '¿Cómo podríamos vivir sin Él?'. En estas palabras de san Ignacio resuena la afirmación de los mártires de Abitina: 'Sine dominico non possumus'. Precisamente de aquí brota nuestra oración: que también nosotros, los cristianos de hoy, recobremos la conciencia de la importancia decisiva de la celebración dominical y tomemos de la participación en la Eucaristía el impulso necesario para un nuevo empeño en el anuncio de Cristo, 'nuestra paz' (Ef 2, 14), al mundo".
Sin una pastoral del domingo, la Iglesia se reduce a una estación de servicio cualquiera o a un agregado de "sectas" más o menos de inspiración católica, donde cada uno intenta satisfacer sus necesidades fuera de la comunión con los demás. La Iglesia se reduce a una cualquier convivencia de amigos o asociados, que se reúnen sobre una base de orden psicológico-sociológico-cultural-generacional o por una razón consuetudinaria o de amistad.
Quien permanece el gran ausente es el Señor, y nosotros buscamos ocupar su lugar con nuestras iniciativas, nuestra creatividad, nuestras innovaciones, nuestra inutilidad.
Estar bajo la mirada de Dios
Y volvamos al comienzo de esta reflexión: sin aquella sobria ebriedad de la cual ha hablado Benedicto XVI, la celebración litúrgica pierde su sentido único: "Estar bajo la mirada de Dios".
No se trata de estar bajo la mirada del sacerdote o de los compañeros - para esto existen otros momentos - sino bajo la mirada de Dios, todos unidos, puesto que somos un solo cuerpo.
Nadie tiene la ilusión de que, en poco tiempo, se pueda volver a la Gran Tradición de la Iglesia, la pastoral del domingo, que está sumergida y ocultada bajo muchísimas tradiciones humanas, que han privilegiado aspectos transitorios que, muchas veces, no tienen ningún sentido bíblico-patrístico y auténticamente eclesial. Hemos olvidado lo que es esencial, para idolatrar nuestras obras, nuestras ideas, nuestra idiosincrasia.
Tendrán que pasar generaciones y generaciones, para que la auténtica enseñanza de Nuestra Santa Madre Iglesia pueda volver a penetrar en nuestros corazones.
Pero, quien ama empieza a sembrar, y tiene el deber de hacerlo, a pesar de que no vea el tiempo de la cosecha. Esta es la fe. Esto hace la diferencia entre la fe y la incredulidad:
"Los que siembran entre lágrimas cosecharán entre gritos de alegría. Se van, se van llorando los que siembran la semilla, pero regresarán cantando trayendo sus gavillas" (Sal 126, 5-6).
Ha escrito el Cardenal Antonio Cañizares Llovera, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos: "En definitiva, si queremos una Iglesia presente en el mundo, renovándolo y transformándolo conforme al querer de Dios, tal y como señala emblemáticamente la Gaudium et spes y el magisterio social de la Iglesia, es preciso que, primero y por encima de todo, sea una Iglesia que viva de Dios y de cuanto de Él viene, es decir, de cuanto entraña y acontece en la liturgia de la Iglesia. Es lo que nos enseña y recuerda la Constitución del Concilio Vaticano II Sacrosanctum Concilium. ... Tenemos necesidad - sin duda una grandísima necesidad - de este nuevo impulso. Así lo ve con una lucidez y claridad meridiana un hombre tan providencial de nuestros días, testigo de la esperanza grande y comprometido como pocos en hacer posible que surja con fuerza una humanidad nueva hecha de hombres nuevos, así como una nueva cultura y un mundo nuevo, dignos del hombre: el Papa Benedicto XVI. Él está haciendo de la liturgia uno de los distintivos más ricos y esperanzadores de su pontificado. En plena conformidad con nuestro Papa, sentimos y tenemos la necesidad y el deber de conducir la liturgia hacia una renovación profunda y verdaderamente conciliar".
Emilio Grasso
11/01/2010
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